¿De qué película hablamos?

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Todos seguimos el rescate de los niños tailandeses que quedaron aislados en una cueva. Los jóvenes jugadores del equipo Los Jabalíes Salvajes y su entrenador pasaron días antes de ser localizados por buceadores. Se encontraban desnutridos y muy debilitados tras haber agotado sus reservas. El rescate se complicaba porque la cueva estaba inundada por las primeras lluvias y la muerte de uno de los buzos profesionales que acudieron a la llamada dio idea de lo complejo de la operación de salvamento. Por fortuna, en un esfuerzo colectivo en el que trabajaron voluntarios de todas partes, se pudo rescatar a todos sanos y salvos en tres jornadas angustiosas. Los detalles de la operación nos conmovían tanto como nos intrigaban y, una vez más, asistimos a la capacidad seductora del relato humano para concitar la atención universal. Desde esos días, no ha habido nadie que no haya dejado de repetir que el asunto sería una gran película. Algunas productoras de Hollywood ya han mostrado su interés por contar la historia, y el departamento de Turismo de Tailandia pretende explotar el reclamo asociado a una historia de estas proporciones épicas.

Nos interesa, sobre todo, detenernos, una vez salvadas las vidas humanas, en ese tópico de que el relato merece una película. De alguna manera desvela lo que le pedimos a una película. Es habitual que en los telediarios, los locutores presenten alguna persecución entre policías y delincuentes como ‘de película’, que se hable de manera habitual de rescates de película, de atracos de película, de tormentas de película o de naufragios de película. Remiten a la espectacularidad del cine, ahora ya traspasadas las fronteras de lo físicamente posible gracias a los efectos digitales. Sin embargo, lo que nos atrae de esos episodios tan espectaculares, lo que nos conmociona, es que no forman parte de una película, sino que están interpretados por personas reales, con peligros reales, con tragedias adyacentes reales, con relatos íntimos reales. Es decir, llamamos ‘de película’ a lo que, precisamente, menos tiene que ver con una película de ficción. Es interesante ver cómo el cine de catástrofes ha dejado de tener ese poso tradicional de emoción para ser esclavo de la mera técnica. Sin embargo, es lo humano lo que nos toca por dentro, lo demás es fuego de artificio.

Por eso, al decir que el rescate de los niños tailandeses merece una película volvemos a caer en el error de base. Si uno repasa las películas que han tratado catástrofes naturales o episodios reales de gran heroísmo, se da cuenta de que la calidad del relato depende de algo más que la noticia real. Los alpinistas que quedaron varados en Los Andes y se comieron a los fallecidos para sobrevivir o el rescate de los mineros chilenos que permanecieron jornadas y jornadas aislados bajo tierra tuvieron sus versiones cinematográficas, similares a las que ahora se reclaman, y el producto fue, indefectiblemente, una película olvidable. Los ejemplos son numerosos, momentos que nos conmocionaron en las noticias no nos tocan para nada cuando son retratados en una película mediocre. Y volvemos pues al punto de partida. Lo que llamamos ‘de película’ es exactamente lo contrario. Es fácil pensar en la zafiedad sentimental patentada por Spielberg: no faltará ese buzo norteamericano que siempre se negó a tener niños, pero que, tras el rescate, corre a inseminar a su pareja, ganado por fin para la paternidad.

La grandeza del cine está en recuperar un episodio así y dotarlo de sentido. Si una película nos conmueve, es porque los personajes son de carne y hueso. Allá donde descubrimos que el entrenador y tres chavales pertenecen a una minoría indígena a la que Tailandia no concede los derechos de ciudadanía empezamos a comprender el hondo poder de la verdad humana digna de ser contada. Lo otro es meramente un suceso, una audacia, un episodio como suceden mil al día. Ojalá de este rescate maravilloso no rueden otra mediocridad de tv movie. Para hacer una película que merezca la pena habría que crear seres humanos, tratarlos con hondura y complejidad, sin brochazo. Lograr lo que grandes cineastas consiguieron con personajes anónimos, fruto de la ficción, pero que hoy resuenan en nuestra memoria como más reales que todos los episodios reales que un día atraparon nuestra atención en la sección de sucesos.