Si Edgar Neville volviera

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

De entre todos los miembros de lo que a mí me gusta llamar la Generación del 28, que componen entre otros Mihura y Jardiel Poncela, Edgar Neville fue el maestro cinematográfico. Su personalidad era demasiado desbordante para ceñirse a una sola especialidad, así que practicó la novela, el cuento, el artículo, el teatro y algunos derivados de estos placeres como la afición flamenca, todas las ‘fagias’ y una rara carrera diplomática que lo llevó a Hollywood en un momento de enorme florecimiento. De esa época es sabida su amistad con Chaplin, pero fue mucho más reseñable su problemático esfuerzo posterior a la hora de intentar armar unas películas que en España sonaran con la mejor música de aquella industria envidiada. Pues Neville lo logró y para cualquier aficionado al cine se destaca por un puñado de títulos tan inclasificables como gozosos. La vida en un hilo, La torre de los siete jorobados o El último caballo serían solo la punta de lanza de otra de esas carreras imposibles en nuestro cine. De buena familia y educación cara, su afición por la vida lo llevó a ser un glotón de lo gustoso y, a trompicones, logró algo parecido a la libertad. No fue flaco en nada, incluso dicen que tenía por costumbre cenar dos veces, porque con una sola se quedaba con hambre.

Emparejado durante años a Conchita Montes, tras una separación que entonces fue tolerada por ser quien era, rodó con ella películas que tenían un sabor cosmopolita. Si la comedia americana de los años 1930, bajo la corona de Lubitsch, simboliza el periodo más avanzado de ingenio, progresismo y alma libertaria, tratar de exportar ese momento único al cine español tras la guerra civil era una misión kamikaze. Quizá quien mejor definió a Edgar Neville fue otro genial hombre de teatro, Luis Escobar, cuando lo resumió como castizo internacional. Recientemente la editorial Reino de Cordelia ha publicado los cuentos completos de Neville, reordenados por José María Goicoechea tras los múltiples retoques, maquillajes y reescrituras del propio autor. Si algo define la escritura de Neville, también en teatro y cine, es la sensación de facilidad, una corriente de ingravidez que te hace pensar equivocadamente que el tipo redactaba sin el menor esfuerzo sus brillantes diálogos y resoluciones. Es posible que el esfuerzo no formara parte de su disciplina, pero pertenece a esos autores que convocan toda una vida en cada línea, y para hacer lo que hacía había que tener muy bien puesta la cabeza desde muy temprano.

Orondo y satisfecho, se burlaba de sus años atléticos. Recuerdo que un amigo me contó el empeño para que Tono, otro ejemplar de similar pelaje a Neville, se tomara en serio lo de adelgazar. Tienes que hacer deporte, le sugería. A lo que Tono contestaba que para él ya era hacer deporte atarse los cordones de los zapatos por la mañana, tal era su obesidad. Así, también Neville prescindió de los valores deportivos en su trabajo. No hay sudor en su fraseo, sino el silbido diletante de un gozador. Pero eso no significa que sus letras no contengan más talento que las de otros prestigios mejor defendidos. Luego, por supuesto, el humor ha jugado en contra de su estatus. Nadie que dedique su ingenio a lo divertido obtendrá la reputación de los solemnes. A cambio, será una alegría para sus lectores.

Lo mejor de los cuentos de Neville leídos hoy es escandalizarse en cada línea. Arrancas a leerlos y ahí está un pellizco contra las naciones, la música italiana, los deportistas, los feos, Dios, la mujer, el hombre, el político, el soldado y el padre de familia. No hay nadie que se sostenga en la peana cuando entra un humorista en la sala. Y entonces te recorre el espinazo un escalofrío porque piensas que quizá hoy una persona de verbo agudo está forzada a moderar su ingenio, como se hizo entonces para servir al régimen. Corremos el riesgo de perder el humor en democracia, no ya solo por las petulantes autoridades intelectuales de siempre, sino por la zafia incapacidad humana para soportar que se metan con uno. Ojalá que no suceda.