¿Por qué soñamos con dictadores?

Artículos de ocasión

Aún estaba reciente en la memoria colectiva el comportamiento de los vándalos rusos en partidos de fútbol europeo. Las batallas campales que desataron contra seguidores de equipos locales en cada ciudad que visitaban los erigió en los nuevos reyes de la amenaza. Sin embargo, cuando se preparaba el Mundial de Fútbol en su país, los pocos informadores autorizados que quedaban en la región dieron cuenta de que a los más violentos se les prohibía acercarse a estadios, se los vigilaba y se los mantenía a buen recaudo. Durante la celebración del Mundial se elogiaron las medidas de seguridad, tales que para muchos quedaban suspendidos los derechos civiles, sin que eso significara ningún problema. En cualquier democracia occidental, ante controles de la misma intensidad, se habrían evocado los derechos conquistados durante años, las garantías democráticas que nos hemos dado para vivir. Lo que me sorprende es que en las últimas épocas, anestesiados por la promesa de seguridad absoluta, miramos a nuestros países con nostalgia de esos tiempos de ordeno y mando.

No es tan sutil como para no percibirlo, pero cada día más se establecen paradigmas de los totalitarismos como sueños civiles. No hay más que ver ciertas reacciones ante casos judiciales. Estamos contaminados por la crónica de sucesos, que es la más reaccionaria de las intensidades mediáticas porque transmite a la gente sensaciones de inseguridad y miedo. Todos percibimos que en los últimos tiempos vuelve a criticarse al poder judicial cada vez que establece garantías procesales, que concede la libertad a quien aún no está condenado. Incluso se ven casos evidentes donde se criminaliza a abogados defensores de criminales, corruptos o delincuentes, negando que la grandeza de nuestro sistema es el derecho a la mejor defensa incluso del culpable y que nadie tiene que demostrar su inocencia, sino que es preciso establecer las razones de su culpabilidad de una manera clara y precisa antes de condenarlo. Ah, los medios, cómo pretenden acortar cada día los márgenes de lo que llamamos ‘democracia’, que no consiste en otra cosa que en la defensa de las garantías de las personas frente al linchamiento.

Son factores muy claros de que el sueño totalitario se sigue infiltrando en las costuras de la democracia. Lo vimos con China, que maneja la economía con mano de hierro, en algo que envidian los países rivales que se rigen por el liberalismo democrático. A la Unión Europea se le afea incluso que sea capaz de multar la obvia posición dominante del gigante Google. La democracia avanza a la pata coja y con las manos atadas a la espalda mientras los regímenes autocráticos dan grandes zancadas hacia sus intereses particulares. El resultado es que vemos una enorme nostalgia del totalitarismo incluso entre los votantes de las democracias. Como si el paraíso estuviera en aquellos tiempos del dictador paternalista. Uno de los espacios donde mejor se percibe esta deriva es en el maltrato a los refugiados y los exiliados económicos. Después de décadas de dotarnos de un entorno europeo donde las fronteras fueran meras líneas de demarcación geográfica, de nuevo irrumpe el deseo inoculado de levantar muros, barreras infranqueables, divisiones entre países que nadie pueda saltarse.

En este paso atrás se ha exigido la potencia de un relato falso. Entre otras cosas, la presión migratoria es menor que décadas atrás; sin embargo, la obsesión generalizada es la contraria. Volvemos a la tendencia de convertir los sucesos en noticia. Cuando uno mira la gradación de las noticias en los medios, se da cuenta de que cada vez hay menos espacio para el análisis de lo complejo y más para la explotación del suceso sangriento. Se dedican programas especiales a asesinatos de niños, desapariciones de jóvenes, cuando antes estos espacios sólo se concedían a asuntos trascendentales. Esas noticias son minoritarias, por suerte vivimos en entornos muy seguros, de enorme confianza ciudadana; sin embargo, se han empeñado en hacernos pensar lo contrario. Y su éxito es rotundo. Están convirtiendo a los ciudadanos de las democracias en seres asustados, temerosos, pusilánimes idiotas que creen que viven en mundos inseguros acosados por recién llegados que son asesinos y criminales. De esa patraña proviene parte de esta demanda colectiva de mano dura, de leyes que se salten los principios democráticos y, finalmente, el reclamo de nuevos dictadores.