Tranquilo, que el perro no hace nada

Palabrería

Facha. Temía a los perros desde niño y eso que sus padres tuvieron varios chuchos, animales grandes a los que había frecuentado, pero nunca amado. El recelo no era tanto hacia la raza o el tamaño –aunque para qué negarlo: influía, claro que sí; la pequeñez era un antídoto contra la aversión– como hacia la actitud del animal, si bien algunas fachas terribles lo predisponían a la huida.

Baldío. Su pesadilla era encontrarse cara a cara –cara a hocico– con un rottweiler con la dentadura de un tiburón y babas de ácido sulfúrico. Había vivido muchas veces la escena, en el cine y la tele, por supuesto, y en cada una de las ocasiones la taquicardia y la sudoración lo habían poseído. El argumento cambiaba mientras que la situación era la misma: en el asalto a una casa o a un almacén, el allanador se topaba, en el jardín o en el terreno baldío frente a la nave, con una pareja de tizones que lo contemplaban con un rostro nacido en el infierno y con la mandíbula forjada por Satanás.

Estúpido. Al echar a correr, las fieras lo perseguían con músculos dopados con chutes de adrenalina. Casi nunca se daban un festín porque el acosado lograba alzarse sobre la valla o el muro salvador. A pocos metros quedaba el revuelto de flemas, dientes y desgarradores ladridos que reclamaban sangre. Él se preguntaba si alguna vez padecería una situación semejante y se imaginaba en ese apuro cuando se encontraba por la calle a un pitbull o a un dóberman sin atar –¿habrían pasado de moda aquellas efigies negras de origen alemán?–, algo prohibido por las leyes y el sentido común. Odiaba a los macarrillas con la correa en el hombro, silbadores de felicidad y desdén mientras les rondaban los seres demoniacos, repartiendo horror entre los desprevenidos ciudadanos. Cuanto más estúpido era el tipo, más fiera la mascota.

Maxilar. Muchas veces se preguntaba de dónde procedía aquel miedo atávico y cuál era la razón por la que se protegía de la histeria de un, a priori, inofensivo pequinés (se lo imaginaba apresando al tobillo como un cepo para conejos, aunque se veía capaz de arrearle una patada). Concluía que era porque no podía confiar en los seres irracionales dotados con potentes dientes. ¿Cómo saber cuáles eran sus intenciones cuando lo enfilaban? ¿Era cierto que olían el miedo? ¿Y que se les calmaba dándoles unos golpecitos en el cráneo? ¡Bajo ninguna circunstancia tocaría una cabeza con maxilar de palmo y aún menos la aporrearía!

Zigzag. Sobre todas las cosas, detestaba una frase comodín que se le agarraba como una garrapata: «Tranquilo, que no hace nada». Se la decían cuando tenía la desgracia de entrar en la vivienda de unos amigos amantes de la especie, o cuando se apartaba del paso de un perro suelto, o este se le acercaba con el morro en alto con malvadas intenciones. Moverse en zigzag para evitar indeseados encuentros era un hábito arraigado.

Hocico. Cansado, urdió una treta para la que contó con la colaboración de un amigo del mismo club de miedosos. En una tienda de disfraces embolsó un hocico de goma y un rabo de tela, y en una especializada en animales, una correa y una cadena. Se acercaron a una plaza frecuentada por desapegados dueños de cánidos, donde les permitían correr libres aunque los carteles lo prohibían. Se fijó en un hombre y en una mujer, cada uno acompañados por perrillos. El amigo soltó la correa y el Hombre Perro se abalanzó sobre la señora, le puso las patas delanteras sobre el pecho y le lamió la cara. Asustada, se lo sacó de encima gritando mientras una de las ratas daba vueltas alrededor entre festiva y perturbada. El Hombre Perro fue hacia el señor y le olisqueó la entrepierna con gran pasión. Después se sentó y sacó la lengua. La pareja, fuera de sí, se dirigió al Hombre Perro y al cuidador exigiendo explicaciones sobre el comportamiento, a lo que el amigo bípedo les respondió: «Tranquilos, que no hace nada».