Gorbachov y Taubman

Arenas movedizas

Doy por hecho que todos sabemos quién es Gorbachov. No tanto que todos sepamos quién es Taubman, el autor de una interesantísima biografía (y no sé si ese es el adjetivo más indicado para el volumen de 850 páginas que ha editado Debate) en la que se retrata la vida y la época del último secretario general del PCUS y jefe de la Unión Soviética. William Taubman es profesor de Ciencias Políticas y autor de un extenso retrato biográfico del siempre inquietante Khrushchev, antecesor de Gorbachov, que le valió el prestigioso Premio Pulitzer. En esta ocasión, Taubman ha empleado unos cuantos años de su existencia en analizar y relatar la vida y obras –él confiesa que empezó en 2005– de un poliédrico e imprescindible personaje de la política mundial del final del siglo XX, el cual dijo entender el mucho tiempo dedicado a la confección del libro hablando de sí mismo en tercera persona: «Es difícil entender a Gorbachov». Atendiendo a la ejecutoria del político ruso y al relato de Taubman, esa afirmación se hace cierta.

Gorbachov fue elegido después de los tropiezos de Andropov y Chernenko, uno un duro partidario de la ortodoxia y otro un auténtico fósil, que duraron poco en su cargo y que invitaron a considerar interesante elegir un líder de una nueva era. Los que lo hicieron, y tal vez el propio elegido, jamás creyeron estar nombrando al último secretario general. La consideración que se estableció en Occidente fue que el hombre de la mancha en la cabeza podía significar una esperanza de cambio amén de un freno a la Guerra Fría y el progreso armamentístico. Lo dijo Thatcher después de haberlo conocido: «Me gusta Gorbachov». Su carácter reformista era una inusitada novedad en los líderes soviéticos y sus primeras medidas, así como la literatura, el relato de sus pasos, estaban teñidas de realismo. Reflexiona el autor acerca de la voluntad de un hombre que creía que se podía transformar una dictadura en una democracia, una economía planificada en una de mercado y un Estado unitario en una auténtica federación de repúblicas, y todo ello renunciando al uso de la fuerza, tan consustancial a la política rusa, la de antes y la de ahora (tal y como vemos en las actuaciones de Putin). Cambiar la obediencia servil de los rusos y demás pueblos, ejemplarizada en tiempos de los zares y del Partido Comunista, no parecía una tarea posible. Tal y como se desarrollaron los hechos, de una velocidad sorprendente habida cuenta del tamaño ciclópeo del territorio, la población y la Administración soviéticos, cabría preguntarse si cuando Gorbachov llegó al Kremlin tenía algún tipo de plan. Taubman sostiene que es posible que no lo tuviera, y que la sucesión de los hechos fuera dada por la realidad que se iba encontrando cada vez que abría los cajones sectoriales de un Estado en el que no funcionaba nada, casi todo era propaganda y la mentira asumida por todos iba llevando al país al derrumbe final. Es cierto que fue un reformador, pero dudo que tuviera claro el alcance de sus reformas. Para Occidente, como decía, Gorby fue un auténtico estadista, pero curiosamente en Rusia fue culpado de ser el causante del hundimiento de la URSS, cuyos ciudadanos, paradójicamente, deseaban en su mayoría desmantelar un sistema dictatorial, pero acabaron añorando el tiempo en el que eran una superpotencia. Incluso eligieron a un íntimo enemigo de Gorbachov para continuar el curso de las cosas: Boris Yeltsin.

Sabemos que en una de sus visitas a España, coincidiendo con la Conferencia de Paz en 1991, George Bush le pidió al Rey Juan Carlos que organizara un encuentro informal con el soviético para advertirle de algunos movimientos peligrosos que habían detectado, parecidos a los que también hicieron que los norteamericanos alertaran al dirigente del Kremlin del golpe de Estado que acababan de asestar ese mismo verano. El Rey organizó una cena a cuatro en la Zarzuela, él y González, Bush y Gorby. Al acabar, después de transmitirle su preocupación, en la foto de recuerdo en la escalinata de palacio, el presidente norteamericano acercó su cara al oído de Don Juan Carlos y refiriéndose al que estaba a la izquierda del Rey le susurró: «Este, el año que viene, no está aquí».

Efectivamente, así pasaron unos meses, había desaparecido la Unión Soviética.