‘Una mentira demasiado grande para fallar’

Arenas movedizas

Un caluroso día de junio de 1968, tras regresar a mediodía del colegio para comer en casa, observé a mi padre muy intrigado frente al televisor marca Anglo que hacía poco había llegado a casa. Parece que lo estoy viendo con su camisa blanca, sentado en el sillón orejero del comedor: «¿Te acuerdas del presidente americano que mataron hace unos años y del que te he contado algunas cosas?», me dijo. Yo, que aún no había cumplido los once años, no me acordaba mucho, pero le dije que sí. «Pues acaban de matar a su hermano». Al que habían matado era a Robert Kennedy, cuando acababa de lograr la victoria en California para ser designado candidato demócrata a la Presidencia, cosa que tenía al alcance de la mano. Un sujeto llamado Sirhan Bishara Sirhan le disparó a bocajarro en la cocina del hotel Ambassador de Los Ángeles. Sirhan fue apresado, condenado a todas las condenas y hoy, más de cincuenta años después, sigue en la cárcel. Ni que decir tiene que en otros países, España sin ir más lejos, estaría desde hace décadas en la calle.

He leído un interesantísimo artículo de Enrique Zamorano en el que habla de la publicación de un libro de Lisa Pease, investigadora histórica de reconocida eficacia, titulado Una mentira demasiado grande para fallar, en el que la autora sugiere, merced a documentación hallada en archivos policiales a la que tuvo acceso, que el asesinato del segundo Kennedy fue producto de una conspiración, tal como se asegura lo fue el de JFK. Zamorano me ha metido el veneno en el cuerpo porque ya estoy loco por hacerme con un ejemplar. Aquella noche, sostienen Pease y los documentos que aporta (los cuales lleva investigando desde 1992), la Policía silenció testigos con pruebas de conspiración, alguno de ellos con la seguridad en su testimonio de haber visto a hombres armados abandonar la cocina, además de la duda de dos personas muy próximas al candidato de que el disparo mortal fuera el que realizó Sirhan. Según el relato de Pease, tras la muerte de Robert estaba la CIA. ¿Y qué interés podía tener la CIA en deshacerse de un hombre muy representativo de los sesenta, de la Nueva Frontera, compañero político privilegiado del presidente asesinado?…

Esa es la respuesta en la que creo que suelen flojear todas las teorías conspirativas: empieza a haber demasiada gente queriendo matar a demasiada gente o, cuando menos, demasiada gente con demasiados motivos para matar a una persona. Cuando está implicado todo un pelotón de mafiosos, espías, confidentes, policías, todos coincidentes en una dirección mortal, se hace muy difícil bloquear cualquier fisura o delación, especialmente las que pudieran producirse con el paso de los años. La explicación que brinda Pease, que no digo no tenga visos de verosimilitud, pero que dudo que se corresponda con la realidad, reside en el número de colectivos a los que la política de los Kennedy no les resultaba provechosa. Enfrentados a diversos sectores, eso es cierto, John y su querido e imprescindible Bobby pudieron enfurecer a poderosos grupos industriales y económicos, singularmente el militar-industrial, además de a propios compañeros sureños de su partido (la política decidida y radical por los derechos civiles cambió mucho la vida de los negros en los Estados del sur), pero se me antoja difícil que todos se pusieran de acuerdo para hipnotizar a un joven como Sirhan y hacerle disparar al senador con la idea de encubrir a los auténticos asesinos. Que a algunos le conviniera la muerte del otro Kennedy y que incluso unos cuantos se alegraran de ello no implica que organizaran su muerte de una manera tan aparatosa. Cuesta creer que tantos años después nadie se haya ido de la lengua, como en el caso del asesinato de John, donde, si leemos diferentes y sesudas teorías conspirativas, estaba implicada hasta la señora de los lavabos del hotel de Dallas en el que paraba el presidente y su elegante esposa. No obstante, el debate y la polémica renacen tras la publicación de este libro. A lie too big to fail, cincuenta años después, nos hace volver a aquel año en el que, aún vivo mi padre –pero desgraciadamente por muy poco tiempo–, me habló de la maldición de aquella familia americana volviendo yo de clase de Ciencias Naturales.