El mercado de las armas

Artículos de ocasión

Es interesante estudiar el mercado de las armas. Desde que viví en Estados Unidos y aprecié el poder que tenía el lobby del rifle, gracias al cual podía adquirir una pistola por correo como me recomendaban algunos compañeros de clase que hiciera, fui consciente de que las leyes y el acceso comercial dependen de la fuerza del dinero. A ratos, en España, país fabricante de armamento con gran tradición y calidad, saltan noticias un poco incómodas. Ya nadie recuerda la polémica por la fabricación de fragatas de guerra para Arabia Saudí en los días en que su Gobierno descuartizó a un periodista disidente. Fue interesante ver la pugna de un país por preservar la moral y vender armas. El ejercicio nos costó bastantes fracturas de amor propio, porque el empleo, en un país de enorme paro y precariedad, nos impide comportarnos como campeones del pacifismo, que ya nos gustaría. En ese ridículo andamos cada vez que nos enfrentamos al comercio de armas. Hace años, el Gobierno español de entonces tomó el toro por los cuernos y decidió que el mejor ministro de Defensa que podíamos tener era un vendedor de armas, un comisionista entre estas empresas del ramo y los gobiernos. De esta forma, el negocio quedaba al amparo de la unidad militar, así nos confiamos como ciudadanos en que nuestra defensa nacional y la venta de armas formaban parte de una misma rama de intereses. Lo cual no es cierto del todo, aunque pueda serlo en parte.

Hace unos años también fue escandaloso que el Gobierno de derechas que condenaba al poder venezolano le vendiera sin recato armas de ataque. Son esas contradicciones que estallan en nuestra cara cuando nos matan en nuestras propias ciudades con armas que fabricamos nosotros mismos. De esta contradicción te curas cuando vives en Estados Unidos, allí te enseñan que los negocios no tienen moral y el dinero manchado de sangre vale igual que el dinero limpio, si es que existe tal cosa. Durante años hemos asociado la venta de armas españolas con un ejercicio de equilibrio comisionista donde salían premiadas algunas intermediaciones de muy alta jerarquía nacional. Por eso resulta tan sano que en las últimas semanas vayamos conociendo detalles sobre el fraude en Defex, la empresa pública del ramo. Comisiones, robos, desviaciones particulares han llevado a la Audiencia Nacional a intervenir las cuentas, al SEPI a liquidar la empresa y a los investigadores a tildar al contubernio de organización criminal internacional. A la espera de las condenas y el juicio, será mejor no entrar en los detalles, pero lo extraordinario es haber logrado extraer del secretismo más absoluto un negocio que escapa a nuestro radar.

El Ejecutivo decidió liquidar la empresa tras las certezas del daño reputacional al país. Nacida en 1972 como empresa semipública dedicada a la exportación de armas, en 1990 amplió sus fines. Intrincada con empresas privadas, los intermediarios han hecho fortunas con el asunto. Esa esfera entre lo público y lo privado ha premiado, además, a algunos políticos elegidos a dedo, con ese concepto tan chusco del compañero de pupitre, que han ganado en comisiones lo que no llegaremos nunca a conocer. Como ejemplo, digamos que la alarma estalló, nunca mejor dicho, cuando los contables de Luxemburgo se extrañaron de una transferencia de nada menos que 41 millones de euros en la cuenta de Defex hacia una empresa privada. Países como Brasil y Angola figuran en las investigaciones, así como un hermano de Ignacio González y una sobrina del mítico doble agente Paesa, lo cual ha terminado por atraer las narices de la prensa. Ese gremio con tan mala prensa, valga el chiste, pero tan necesario para llegar a saber algo en nuestro mundo. Más aún cuando queremos saber, cuando tenemos derecho a saber lo que sucede también en esos sectores de los que nos preferimos mantener a distancia higiénica, como si no fueran parte de nuestra economía, de nuestra intrínseca manera de cuadrar el balance nacional. Mientras preparaba este artículo, un alto cargo de Defensa durante el mandato de Cospedal en la cartera ha encontrado acomodo en una empresa de armamento contra el criterio oficial de incompatibilidades y el anhelo social de frenar las más descaradas puertas giratorias. No hay remedio. Toda arma, tarde o temprano, se te dispara en el pie.