En las ciudades

Artículos de ocasión

Durante estos últimos cuatro años ha resultado algo chocante la agresividad con la que se ha tratado a los ayuntamientos renovados con nuevas políticas en las ciudades más populosas del país. Desde el primer minuto se percibió una agresividad inusitada por los símbolos, ya fueran las cabalgatas de Reyes, el carril bici o los planteamientos medioambientales. Se entiende en un contexto de enorme crispación política. Pero, después de décadas de inmovilismo y deuda pública destinada a infraestructuras erróneas, lo normal hubiera sido un poco más de cautela. Todos estábamos de acuerdo en que algo tenía que cambiar porque el camino que llevábamos recorrido era muy malo y apuntaba a la catástrofe. Es evidente que no todos los cambios iban a ser fáciles ni tan siquiera inteligentes. Pero convenía una cierta paciencia de la que por desgracia no se puede hacer uso por culpa de nuestro férreo calendario electoral. Veníamos de ciudades saturadas, sucias, caras, contaminadas, corruptas y abandonadas y estos son problemas que requieren reparación lenta e insobornable. Pero sin duda el problema más acuciante para estas ciudades capitaneadas por Madrid y Barcelona era la expulsión de jóvenes y nuevas familias de clase media por el precio de la vivienda en las almendras centrales.

Tampoco a la hora de resolver este conflicto ha habido juego limpio. Cada vez que se apuntaba hacia una propuesta novedosa se tildaba a los alcaldes de radicales y comunistas. Con un poco más de información habríamos sabido que las principales medidas para combatir el alza de precios no venían de capitales significativamente radicales, sino de ciudades tan consolidadas como Berlín, Ámsterdam o Londres. Son ejemplo vivo de los males que acosan a nuestras ciudades más importantes. Porque contienen los mismos atractivos turísticos y sociales. La gente se desplaza a esas ciudades por su calidad cultural, su pluralismo y la promesa de un futuro laboral. Esa presión turística y demográfica fomenta que los especuladores se hagan fuertes con un fondo de viviendas que acumulan de manera abusiva. Las medidas correctoras nunca llegan a ser suficientes, ni tan siquiera en Berlín, donde la población local se ha levantado en protestas y defiende un posible referéndum para expropiar viviendas de manos de empresas y ponerlas en dominio público. De este modo lograrían moderar un alza de precios inacabable y que comienza a expulsar a la población de sus centros ciudadanos.

En Londres, los jóvenes hace mucho tiempo que cambiaron de estrategia. Allí los precios están disparatados y el antiguo centro ya ha quedado rendido a los turistas y sus negocios de ocasión. Los ciudadanos locales se mantienen a distancia como si se tratara de la peste bubónica. Al contrario que en Madrid o Barcelona, las nuevas generaciones se alían para desplazarse hacia barrios desfavorecidos donde los precios de alquiler son más bajos. Es un viaje colectivo que cada diez años transforma barrios enteros con la semilla de libertad y creatividad que siempre impone la juventud. En nuestras ciudades, en cambio, los jóvenes, mucho más conservadores, pugnan por vivir en los mismos barrios de siempre y eso dispara el precio del alquiler y los condena a viviendas de vergüenza. Porque otra verdad que nadie quiere decir en voz alta es que en nuestras ciudades hay demasiada gente viviendo en lugares insalubres, diminutos y mal acondicionados. Las reformas no son suficientes y los tramposos, que juegan con el valor de llamada que tienen los centros de estas ciudades, siempre ganan la partida. Pero cada vez más se torna urgente tomar medidas. Por eso resulta tan penoso que con cada nueva idea se levante una manipulación de resistencia obstinada. No hacer nada es la peor de las soluciones porque provoca una falta de identificación de los ciudadanos con su ciudad. Y a eso lo sigue la sensación de tantísima gente que se siente expulsada, marginada. Es ese resentimiento oculto el que dispara el voto por opciones xenófobas y disparatadas. A esto se le une el negocio teledirigido del alquiler turístico, cuyas divisas engordan la bolsa norteamericana, y el resultado es una tormenta perfecta sobre el cielo de las ciudades más atractivas de Europa. En ese contexto, gane quien gane las elecciones, no acometer reformas es un veneno de muerte lenta. Hay que dar con la clave para devolver las ciudades a sus ciudadanos.