Amarse sin tocarse

Artículos de ocasión

Hace mucho tiempo que se viene denunciando la impostura que significa la actividad solidaria en las redes sociales. Allí uno le da a un clic para frenar la crisis ecológica, el maltrato animal y la contaminación de los mares. También uno le acaba por dar a un clic para protestar por una cosa y por la otra, para indignarse y para sentirse a gusto en sus zapatos por un rato. Pero la clave es precisamente la inanidad de esos gestos, que no dejan de ser más un calmante propio que un reactivo social. La actividad neuronal que requiere ese apoyo a una causa no supera la de una hormiga cuando avista una miga de pan. No digamos ya el efecto solidario que eso tiene, pese a que algunas batallas sociales se han reactivado a fuerza de clics, la realidad es que la mayoría de las veces todo queda en un arañazo a la chapa de los tanques antes de que vuelvan a aplastar a quien te pedía su ayuda. Y mejor aún, nuestra distancia sideral de las personas reales nos ha llevado a apoyar vía clic a verdaderos manipuladores, gentuza que llega a usar la enfermedad y el dolor, sea real o ficticio, para sacar los cuartos de los demás gracias a una puesta en escena habilidosa. Así que a menor implicación física, menor implicación moral, por más que los dueños del monopolio en las redes nos traten de convencer de lo contrario.

Pero hay algo más interesante en el manejo de la sociedad a través de las redes. Hace poco lo pudimos observar cuando el directivo de los Houston Rockets, Daryl Morey, se atrevió a apoyar desde su cuenta en Twitter a los jóvenes que protestaban en Hong Kong contra las autoridades chinas. De inmediato, los gobernantes de la superpotencia pusieron a su ejército en las redes a cargar contra la NBA. La ofensa tenía que ser remediada. El directivo retiró su mensaje de inmediato, pero algunos jugadores de baloncesto se implicaron, vía red social, con los estudiantes rebeldes. Entonces, las autoridades chinas decidieron sacar la artillería pesada contra el negocio de la canasta norteamericano. Se amenazó con boicot, retirada de compra, publicidad e inversión. Fue todo muy rápido. Sucedió en tres días. El resultado final de la contienda fue el siguiente: los norteamericanos se sintieron dueños de su palabra, fieles a su consigna de libertad de expresión y mantuvieron la firmeza en sus declaraciones, mientras los chinos festejaron la retirada de los mensajes críticos y las rectificaciones de ciertos directivos máximos del negocio.

A los pocos días se reemprendió la emisión de los partidos de la NBA en la televisión china, la polémica se zanjó y los jóvenes de Hong Kong volvieron a quedarse solos en su lucha contra el autoritarismo. Es decir, como la oleada de polémica fue una bobada mediática sin representación física, todo el asunto quedó como estaba. Unos y otros contentos pudieron regresar a su regocijo insustancial o a su extremada hipocresía. El mundo volvía a ser feliz y las cuentas en las redes sociales se llenaban de felicitaciones por el último triunfo deportivo de cualquiera o al luto por la muerte inesperada de quienquiera que tenga la mala fortuna de morirse inesperadamente, hoy en día en que todos podemos con un poquito de esfuerzo morirnos de manera previsible. A esto lo podemos llamar la ‘paz mediática’. Igual que llamamos ‘guerra mediática’ a la tonta sombra de una revuelta que pasará en pocas horas o días. Decidí hace mucho tiempo no indignarme en las redes ni por nada que sucediera en las redes. La solidaridad tiene que tener manos, ojos, oídos y carne real, tiene que tocarse y labrarse en el abrazo no fingido, sino físico. No hacerlo así nos convierte en tontos utilísimos, en la válvula de escape de una presión a través de un relato ficticio de dignidad y hermandad universal. La vida es orgánica y, por tanto, sus relaciones mediatizadas son penosas, tan solo sirven para llenar la parcela simbólica. Y en un mundo lleno de símbolos, deberíamos darnos cuenta de la importancia feroz que tiene la presencia, la humanidad, la calle y el contacto real.