La era audiovisual (y II)

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Durante la crisis del confinamiento personal por el coronavirus, la evidencia de la superficialidad de la cultura audiovisual se ha hecho dramática. Las muertes son números. Si uno tiene en cuenta la proliferación de vídeos e imágenes diarias, comprende que fuera de ese carril apenas hay existencia. Se calcula que cada minuto se suben aproximadamente 500 horas de vídeos a la plataforma YouTube, que es la mayoritaria en el sector. Es decir, la pirámide es abrumadora, pues uno necesitaría 3000 minutos por minuto para ver todo lo que se cuelga. Se trata solo de una aproximación al abismo, pues las imágenes vertidas superan con mucho esa cantidad si sumamos televisiones y otros medios. La sensación de pérdida y naufragio suele evitarse con una radical jerarquía que los algoritmos ofrecen al usuario, guiándole de manera interesada a través de las asociaciones de su gusto hacia el contenido patrocinado. La desconexión se ha convertido en una forma de ataraxia, imprescindible en tiempo de crisis y necesidad de reflexión. La primera función de cualquier plataforma o mecanismo de visionado, por vulgar que sea, es la de atenazar al espectador. Son mecanismos de reclusión. La captura de la atención es pues febril, con lo cual no hay tiempo para seducciones lentas, sino que la atracción ha de ser explosiva y evidente.

Ante tal cantidad de estímulos es muy sencillo que el teléfono móvil nos convierta en pequeños dictadores con decisiones que creemos propias tomadas a nuestro capricho. Pero los niveles de atención se han reducido tanto que ya condicionan la propia vida cotidiana. El déficit de calma relacionado con la imagen convierte en una tortura la mera permanencia ante una reproducción. Recuerdo que en Bande à part los protagonistas se proponían batir el récord de velocidad para visitar el Museo del Louvre. A la carrera, lo lograban hacer en menos de diez minutos. La idea era grotesca, pero al día de hoy se sabe que un visitante de museo no pasa más de veinte segundos de media delante de un cuadro. Veinte segundos. ¿Qué emoción profunda puede existir en ese acto? Todo es captura y superficialidad.

Si trasladáramos estas dimensiones a la información, nos daríamos cuenta de que el déficit de profundidad provoca un escándalo. Las formas audiovisuales han adoptado las funciones de maestro y consulta sin estar preparadas para ello. Con las escuelas cerradas y los jóvenes en sus casas, ha venido la definitiva impostura. Esa que dice que podrán seguir formándose por la navegación en la Red. En lugar de insistir sobre la necesidad de adquirir los conocimientos en solitario, con concentración y estudio profundo en la más perfecta soledad. La sobresaturación de una información en bucle, que apenas avanza, transmite la sensación de ocupar el tiempo más que la de enriquecerlo. La curiosa conclusión es que no existe una contrapropuesta. No ha nacido una revolución inversa ni las personas han solicitado aún un mecanismo de reversión en su deriva. Puede que la razón resida en que no se ha alcanzado el tope de ingravidez.

A pasos agigantados el pasado pierde importancia en nuestro conocimiento. Apenas nadie tiene tiempo ni espacio para indagar en lo anterior, pues lo simultáneo cobra una importancia desmesurada. Los gestos por encima del conocimiento. A esto se lo llama ‘presentismo’, que es la respuesta oficial a la crisis del futurismo. Se experimenta una penosa obligación de hacerse presente. Todo el mundo se oferta para llenarte el día, como si tuviéramos miedo de buscar por nosotros mismos soluciones vitales. Definitivamente entretenidos parecemos menos peligrosos, como niños que frente a la pantalla dejan de pedir, de incordiar. De ahí que la única sugerencia consista en la recuperación del tiempo propio, la pausa y el discernimiento. Hoy las cadenas son invisibles, pero atan igual de fuerte. Hay una peligrosa simulación de libertades de elección, que tienen que ver con tarifas planas y oferta embriagadora, donde todas las decisiones están tomadas de manera ajena a ti. Nunca antes fue tan imposible la resistencia, pues afrenta al sistema de valores. Frente a la gestualidad y la cosmética será necesaria la propia indagación. Hay que buscar donde no estamos invitados a buscar y retomar la propia dirección de nuestras vidas. No resulta sencillo bajo un ataque feroz, pero es el esfuerzo que compensa.