¿Es el virus reaccionario?

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Supongo que muchos de ustedes están hartos de la bienintencionada expresión que dice que el coronavirus no entiende de fronteras. La frase en sí misma es aceptable y bienintencionada. Tampoco las anginas entienden de fronteras ni la brisa del viento. Pero las personas sí. Y en tanto en cuanto un virus afecta a personas se alzan las fronteras, y vaya que sí se alzan. Pese a que nos preguntamos a menudo si en la reconstrucción tras esta tragedia humana seremos capaces de recomponer los valores elementales, no tenemos respuesta firme. Pero no está de más detenerse a analizar lo que el virus trajo de la mano, para que no nos fiemos de las buenas palabras y estemos alerta. Para empezar, el coronavirus sí entiende de fronteras. Ha disparado todas las fronteras del mundo, ha cerrado los países, ha suspendido las comunicaciones físicas, ha degradado el estatus de inmigrantes y refugiados y ha cancelado los tratados de libre circulación incluso en entidades tan potentes en la defensa de derechos como la Unión Europea. Luego las fronteras, por desgracia, no pierden su sentido con el virus, sino que se refuerzan. Al fin y al cabo, el miedo ha sido siempre el aliado de la indignidad, helo aquí de nuevo. Tanto miedo no se había visto nunca.

La segunda desgracia civil del virus es el ataque a la convivencia real. Ha generado, más allá de los centros hospitalarios, un distanciamiento obligado. Es preventivo, pero el peligro reside en que se transforme en estable. La peor de las consecuencias es que muchos, en su inocencia, creen que la relación por redes sociales sustituye a la relación personal. Nada es más falso. Precisamente ya empezábamos a ser conscientes de que la inclinación de la tecnología por apartarnos y distanciarnos era uno de los daños sociales más graves que padecíamos. Pues ahora ha llegado una legión de voluntaristas para mentir con la simulación de las relaciones sociales, educativas o artísticas a través del escaparate virtual. Ayuda, pero no sustituye. También el virus ha resultado ser un medio para ahondar en las desigualdades. Como todas las crisis económicas, exacerbará las distancias. Ya el confinamiento ha delatado que la casa propia, las condiciones vitales, el grado de conectividad y la seguridad laboral no son anécdotas en nuestra vida, sino una de las esencias. Como ha demostrado la acción política en Estados Unidos o Brasil, los líderes populistas carecen de interés en salvar las vidas de los pobres, para ellos no cuentan. Se dirigen a la población con renta, los acomodados, a los que protegen sin interesarles quiénes quedan atrás.

La otra gran desgracia civil del virus es la pérdida de derechos, consolidada no como una emergencia puntual, sino una vez más como la elección entre seguridad y libertad. Oponer ambos valores es la trampa vírica más peligrosa. Necesitamos las dos cosas en grado superior. Para remate, el virus genera desconfianza sobre el transporte público, la actividad colectiva y el comercio justo. Falta imponernos el burka después de luchar tanto contra él. De manera sutil, le dice a las personas: métete en tu coche propio, abandona la socialización, consume de las grandes multinacionales del envío a distancia, desprecia el comercio de cercanía. Si ese mensaje cala, estamos perdidos. De la misma manera que cuando estábamos poniéndole freno al consumo incontrolado del plástico nos llega un mensaje de involución, preservación, plastificación de la vida cotidiana. Hemos de recuperar el empuje anterior a la crisis en la pelea por disminuir el consumo de plásticos, de envases innecesarios, de envoltorios abusivos. De no hacerlo, el virus habrá servido precisamente para lo contrario de lo que vino a decirnos, que vivíamos con los intereses equivocados, con los valores invertidos, que estábamos equivocados. No será fácil que los apóstoles del miedo y el ultranacionalismo renuncien a utilizar la tragedia en su propio beneficio. El virus es su aliado. Solo si somos capaces de generar anticuerpos mentales para la ola reaccionaria que se nos viene encima habremos terminado por completo la tarea de desinfección. Conviene estar atentos, porque todas las buenas intenciones del inicio del contagio, la lectura hiperdramática del contexto, se desinflarán frente a los cantos de autoritarismo y degradación de lo público. El virus, como todo shock, es profundamente reaccionario.