Junto con Salman Rushdie o Arundhati Roy, es una de las voces más firmes de la literatura india en lengua inglesa. En Aprovechando el lanzamiento de su última novela en España, hemos charlado con él en Nueva York, donde vive. Éstas son las ideas que lo han convertido en un escritor universal. Por Fernando Goitia [Esta entrevista fue publicada en mayo de 2005]

Periodista, ensayista, profesor de antropología en la Universidad de Columbia… en dos décadas de carrera literaria, Amitav Ghosh (Calcuta, 1956) ha escrito seis sorprendentes novelas -la última, La marea hambrienta (ed. EMECÉ), se publica esta semana en España- en las que retrata como nadie la vitalidad y la tragedia de la India. Ha vivido en Bangladesh, Egipto, Sri Lanka, Irán, Inglaterra y, ahora, en Nueva York. En un restaurante en el Soho, Ghosh nos habla de los secretos de su escritura, de su país, de las armas nucleares, del fundamentalismo y de los imperios antiguos y de otros más contemporáneos. Bajo su aspecto afable, habita un escritor comprometido y combativo.

El Semanal. ¿Es verdad que rechazó el prestigioso Commonwealth Writers’ Prize?

Amitav Ghosh. Así es. Fue por mi novela ‘El palacio de cristal’. Ese libro surgió porque quería contar cómo afectó el imperialismo a la India. Cuando me seleccionaron, sentí que no debía participar. No podía aceptar un premio cuyo objetivo es limar la percepción de las consecuencias de la política imperial.

E.S. Una de ellas es que usted escriba en inglés. ¿No se siente incómodo?

A.G. No diría eso exactamente. Para mí, es una lengua adoptada. Yo no fui educado en bengalí, nunca tuve acceso a la literatura bengalí. Si me hubiera criado en Calcuta, tal vez no escribiría ahora en inglés. Es la lengua en la que mejor me expreso.

E.S. Los británicos, los españoles también, presumen de que la lengua es el gran legado dejado a sus ex colonias…

A.G. Cuando los japoneses conquistaron el sudeste asiático, decían: «El más grande es aquel que no teme la prosperidad». El imperialismo siempre inventa eufemismos para justificarse. La palabra Commonwealth [bienestar común] es uno de ellos. No hay nada parecido a un ‘commonwealth’ en la Commonwealth. Si lo llamaran Premio de la Explotación Global, tal vez lo hubiera aceptado.

E.S. ¿En serio?

A.G. Ni hablar [ríe]. Pero sería más sincero.

E.S. Usted ha analizado en profundidad el antiguo Imperio Británico. ¿Siente que la historia se repite?

A.G. La actualidad me recuerda poderosamente a aquellos tiempos. Su mensaje era: «Somos los buenos, os traemos la libertad». Y en el nombre de la libertad, te conquistan [ríe]. Es lo mismo que dice Bush. En la parte del mundo de la que provengo ya sabemos de qué trata eso de ser liberados de nosotros mismos. Conocemos la historia, no somos idiotas, y sabemos que ésa no es la solución.

E.S. Una vez dijo que la India es culpable de las mismas cosas que EE.UU., al fomentar el fundamentalismo y el terrorismo…

A.G. Verá, en los 80, Indira Ghandi y el Partido del Congreso impulsaron el fundamentalismo hindú, pero, a diferencia de EE.UU., la India nunca lanzaría una invasión. De hecho, ha sido un país continuamente invadido, que ha ido asimilando tradiciones diversas para dar lugar a una riquísima cultura caracterizada por el sincretismo y la tolerancia.

E.S. ¿Y el sistema de castas sociales?

A.G. Tras la independencia, la Constitución otorgó muchos derechos a los ‘dalits’ [parias]. Ha habido una tremenda transformación en los últimos 30 años. Nadie puede gobernar hoy sin contar con el apoyo de las castas inferiores.

E.S. En 1984 miles de sijs fueron masacrados e Indira Ghandi fue asesinada por uno de ellos. Hoy, el primer ministro, Manmohan Singh, es un sij. ¿Cómo se ha logrado ese cambio?

A.G. Ésa es una de las cosas más sorprendentes de la India. Vivimos unos años de terrible tensión social: fundamentalismo sij, musulmán, hindú… En poco tiempo hemos absorbido todo eso con relativa facilidad.

E.S. ¿Cómo se ha logrado reducir los fundamentalismos?

A.G. Con unidad de acción, con una conciencia común. La sociedad india es justo lo opuesto al fundamentalismo. Esas formas diferentes de ver el mundo, supuestamente condicionadas por la religión, se mezclan y crean algo muy específico, unificador. Las visiones religiosas, las creencias, están interconectadas. No puede prevalecer una visión concreta del mundo por encima de las demás.

E.S. Los fundamentalismos han jugado un papel básico en el conflicto de Cachemira entre la India y Pakistán…

A.G. Sin duda, pero hay que recordar que en el momento de la partición, en 1947, no existían los partidos fundamentalistas tal y como los conocemos hoy. No gozaban de la influencia que tienen ahora. La tragedia que atraviesa Pakistán es todavía una consecuencia de la partición.

E.S. ¿Qué quiere decir?

A.G. Cuando se funda un Estado confesional, islámico en este caso, marginas a una parte de la población. Esa premisa inicial es básica para entender la fuerza del fundamentalismo en Pakistán. A lo que se añade el impulso a su equivalente hindú en la India.

E.S. Ambos países se han acercado últimamente, ¿hay voluntad de caminar hacia la paz?

A.G. Sí. Yo estuve en Pakistán en 1998, cuando ambos gobiernos hicieron explotar varios artefactos nucleares. Fue muy instructivo. Los paquistaníes adoran las películas indias; el ‘cricket’… hay un enorme intercambio cultural, algo contra lo que no se puede luchar. La gente y los medios de comunicación modernos han derribado las barreras que la política ha intentado levantar. El acercamiento es real, responde a la voluntad popular, es real para esas familias que ahora pueden visitar a sus parientes del otro lado.

E.S. Pero el terror continúa. Hace poco hubo un ataque a la primera línea de autobús que une la Cachemira dividida…

A.G. Hay que ser paciente. Hay mucho odio acumulado durante décadas. No existe una solución militar. Y eso es algo de lo que ambos gobiernos se han dado cuenta. Curar las heridas lleva tiempo, espero que llegue el día en que el Gobierno estadounidense llegue a la misma conclusión. No hay una solución exclusivamente militar contra el terrorismo. La forma de combatirlo, en cualquier parte, es paciencia, trabajo policial y una importante actividad política.

E.S. ¿De qué manera la cuestión nuclear ha afectado al conflicto entre la India y Pakistán?

A.G. La bomba paquistaní fue una respuesta a la india. Hay que responsabilizar a la India de su existencia. Cuando Indira Ghandi inició el programa nuclear, fue un asunto de ‘marketing’, una muestra de que la India se estaba convirtiendo en un gigante que hay que tener en cuenta y ese tipo de cosas. Su decisión de iniciar una carrera nuclear fue un error de cálculo, en todos los sentidos: ecológico, político, estratégico y diplomático.

E.S. Asia se ha convertido en el continente nuclear: Rusia, China, Israel, Pakistán, la India y, ahora, Corea del Norte e Irán en la misma carrera.

A.G. Así es. Porque el mensaje actual no es de paz, sino de más violencia, de amenaza. Hay que tener armas de destrucción masiva para que no te ataquen. Lo contrario de lo que Bush pretendía, supuestamente. Es terrible. Y la culpa de todo la tiene el mundo desarrollado, Inglaterra, Francia, EE.UU. y Rusia, éstos son los países que desarrollaron armas nucleares y que exportaron su tecnología y rechazaron unilateralmente el desarme. Hasta que EE.UU. no comience a desarmarse, el resto del mundo tampoco tendrá razones para hacerlo. Y cada vez invierte más en armas de todo tipo.

E.S. ¿Cree que el fin de la Guerra Fría fue una oportunidad perdida?

A.G. Bueno, EE.UU. y Gran Bretaña dejaron de tener un adversario y hubiera sido más fácil intentar buscar la paz, pero ha ocurrido todo lo contrario. Eso se debe al sentimiento posesivo propio del capitalismo, algo relacionado con los imperios y la agresión a otros países. El capitalismo se basa en la avaricia a cualquier precio. Nosotros, los indios, que fuimos colonizados, siempre veremos el capitalismo como una cara del imperialismo. Y ese aspecto posesivo es algo que cada vez se cuestiona menos, que se asume como lo normal en el mundo actual.

E.S. En El palacio de cristal aparece la líder opositora birmana Aung San Suu Kyi, Nobel de la Paz en 1991. ¿La conoce?

A.G. Sí, en persona, fue una de las experiencias más conmovedoras de mi vida. Era domingo. Ese día miles de personas se reúnen en el exterior de su casa para escucharla. La Policía, el Ejército y los servicios secretos tienen gente alrededor. Enseñas el pasaporte, te graban en vídeo, te cachean, te interrogan y luego te llevan a un recibidor donde te hacen esperar y esperar. Y de repente aparece ella… Es una de las mujeres más bellas que he visto jamás. Transmite una ausencia absoluta de ‘terrenalidad’. Todo lo que escribí sobre San Suu Kyi en ‘El palacio de cristal’ está extraído de esa experiencia. Te sientes en presencia de alguien extraordinario.

E.S. Parece increíble que todo un régimen militar tema tanto a esta mujer, a una sola persona…

A.G. Es un peligro enorme para ellos, porque ha renunciado a tomar el camino de las armas. Ella ha llegado a la conclusión de que sólo a través de la paciencia, la persistencia y la fuerza de voluntad se acabará con este terrible régimen.

E.S. ¿Como si su forma de luchar mostrara la debilidad de sus oponentes?

A.G. Exactamente, porque es precisamente su amor, su fuerza y su silencio lo que les vuelve locos.

E.S. ¿Le recordó a Ghandi?

A.G. Es una seguidora suya, absolutamente; del Dalai Lama también. Es una profuna creyente del budismo.

E.S. Hay otro personaje en ese libro, una mujer que defiende la violencia para conseguir la independencia de la India y cuando conoce a Ghandi se transforma completamente…

A.G. Ése es el tipo de cosas que han hecho posible la India actual, que hacen que me sienta orgulloso de mi país; haber tenido líderes como Ghandi, que reconocía que la violencia podía servir para expulsar a los invasores, pero que era el método equivocado, una espiral impredecible. Que es mejor ir despacio, esperar. Construir, en lugar de destruir.

E.S. Y aun así corrió mucha sangre…

A.G. Sí, pero podríamos haber sufrido una guerra civil, matanzas, un verdadero horror y, sin embargo, fue algo pacífico.

E.S. En uno de sus ensayos habla de la «estética de la violencia», de cómo muchos escritores sacrifican la verdad o su propia historia en favor del espectáculo…

A.G. Creo que es un gran problema eso de pensar en una estética de la violencia. Como escritores, hemos de resistir la tentación de mostrar la brutalidad como algo heroico. Cuando uno pone la violencia en un espejo, el único resultado posible es más violencia.

E.S. Algunos críticos dicen que tiene tendencia a embarcarse en temas demasiado ambiciosos…

A.G. La razón por la que escribo novelas es porque son como la teoría del campo unificado de Einstein. La novela puede incorporarlo todo, sentimientos personales, emociones, personas, ciencia, política… es el único campo en el que puedes tratar cualquier aspecto de la experiencia humana. Tienen razón, mis novelas están llenas ‘del mundo’. Balzac y Tolstoi son buenas referencias. Balzac está lleno de todo, él quería representar el mundo, su época. Es lo que busco.

E.S. En La marea hambrienta hay un choque entre el mundo rural (bharat, como dicen ustedes) y el urbano. ¿Ha querido reflejar algún dilema de la India actual?

A.G. Creo que ése es el desafío del mundo actual. Hay un abismo entre el ámbito cosmopolita y el local. Sin embargo, para la propia supervivencia del mundo, ambos deben acercarse y contactar. Yo creo que se puede hacer y por eso tiene que ser posible en mi libro.

E.S. Usted representaría la superación de esa dicotomía…

A.G. [Ríe] Bueno, de alguna manera, sí que represento esa visión del mundo moderno. He estado en muchos lugares, pero también poseo una experiencia muy profunda de mi país. Mi trabajo viene de ahí, mi imaginación tiene su inspiración en esas raíces. Y al final es lo que da sentido a mi obra.

E.S. Hay un ambiente mágico en sus narraciones…

A.G. Es algo fácil de percibir en la India: los mitos, las leyendas, son parte importante en nuestras vidas. Los indios han vivido en esa tierra desde hace milenios. Cada lugar, cada elemento de la tradición, está investido de un significado profundo. Eso es lo que significa habitar un lugar de una manera honda e intensa.

E.S. ¿Y qué sería lo opuesto a eso?

A.G. Normalmente, quienes controlan la tierra no la respetan. No tiene un componente emocional para ellos. Aún hoy, para muchos blancos de EE.UU., Inglaterra tiene más significado que la tierra americana, pero para los indios norteamericanos es sagrada. Lo mismo pasa con muchos descendientes de españoles en América Latina. Para muchos, Madrid o Toledo tienen más valor que las montañas, los ríos, los valles o las selvas de México, Colombia, Argentina o Perú.