Peter Beard convirtió su propia vida en obra de arte. Sus fotografías y ‘collages’ lo hicieron tan famoso como su vida salvaje, sus incontables amantes y su arrolladora personalidad, que desplegaba tanto en medio de la sabana como en la pista de Studio 54. En abril falleció a los 82 años dejando atrás una leyenda y una obra cada vez más cotizada. Hablamos con el que ha sido su galerista y gran amigo durante más de 20 años. Por María de la Peña Fernández-Nespral

«Se fue a morir al bosque como los elefantes. Un final perfecto para una persona que tuvo todo menos una vida normal», cuenta Michael Hoppen (Sudáfrica, 1957), galerista de Peter Beard en Londres desde 1997. Así quiere imaginarse la muerte del que fuera uno de sus fotógrafos y artistas más queridos y populares, cuyo cuerpo fue encontrado por la Policía el pasado 22 de abril en las inmediaciones de su casa de Montauk -Long Island, Nueva York- después de llevar 19 días desaparecido. Tenía 82 años y padecía demencia. Y era uno de los fotógrafos más importantes de EE.UU. «En cada una de sus exposiciones -recuerda Hoppen- había colas para entrar hasta la madrugada. Siempre venía gente interesante, de todas las edades. Gente famosa, pero también gente extraña», añade.

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El eje de su trabajo son sus diarios, una combinación de fotografías y ‘collage’. Él los comparaba con un arrecife de coral. «Creados por acumulación accidental». Imágenes como esta se valoran hoy en más de medio millón de euros.

Peter Beard nació en la clásica familia rica neoyorkina. Era guapo, irresistiblemente atractivo y de porte aristocrático, pero un espíritu libre. Desde bien pequeño, lo dejó plasmado en sus diarios, al igual que su innata obsesión por la naturaleza.

Pasaba los fines de semana en los bosques de Tuxedo Park -propiedad de su abuelo, el inventor del famoso tuxedo’ (esmoquin)- y, más tarde, con 17 años, descubrió África de la mano del bisnieto de Charles Darwin, Quentin Keynes, en un viaje que cambiaría su vida.

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Beard trabajaba siempre en el suelo, sin ninguna rutina ni reparos para pedir a su galerista cualquier antojo a cualquier hora para sus ‘collages’. «¡Una vez tuve que ir a las 2.30 de la madrugada a pedirle un escarabajo a mi padrino, que los coleccionaba!», cuenta Hoppen.

Después de estudiar Historia del arte en la Universidad de Yale bajo la influencia del artista y profesor alemán Joseph Albers, volvió a África, al sur de Kenia, donde se compró un rancho al lado de la finca de Karen Blixen, la célebre escritora de Memorias de África. Allí encontró su paraíso, pero también otra de sus obsesiones, la destrucción por parte del hombre de la naturaleza. «A los animales los obligamos a vivir en espacios cada vez más reducidos. No hay equilibrio», denunciaba sin cesar. En Tsavo National Park, en Kenia, documentó la muerte de 35.000 elefantes y rinocerontes negros que plasmaría en uno de sus libros más conocidos The End of the Game ( ‘El final de la caza’).

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Peter Beard llegó a África con 17 años e instaló su casa junto a la famosa granja de Karen Blixen, la autora de ‘Memorias de África’ (en la foto). Desde allí combatió la destrucción de la naturaleza por el hombre.

«Hemos perdido a alguien único. Es raro conocer a gente como Peter Beard, con esa energía sin límite. Te divertías mucho con él porque siempre tenía una historia que contar. Al igual que su obra, era un espectáculo narrativo. Su trabajo documenta su vida; sus fotos y sus collages mezclados con fragmentos de sus diarios. Hoy en día sería una especie de resumen de su Instagram», describe Hoppen.

Lo obsesionaba la destrucción de la naturaleza. “Reducimos cada vez más el espacio de los animales. No hay equilibrio”

Coleccionista compulsivo, Beard se hacía con todo cuanto llamase su atención. «Ibas andando con él y recogía cosas del suelo. Era fascinante porque para la mayoría de la gente tan solo sería basura. No eran los medios que utilizaba, sino lo que hacía con ellos. Como colocaba una pluma, un paquete de cigarrillos o un recorte de una foto de una modelo en sus collages. La variedad de cosas era infinita. Producía increíbles composiciones», asegura su galerista.

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Beard usaba todo tipo de materiales para sus obras (plumas, cigarrillos, huesos…), incluida la sangre de animales o la suya propia.

Fue en 2006, cuando Hoppen trajo su obra a la feria de arte de Madrid, ARCO. Su galerista no recuerda que viajara a España, pero sí sabía de su afición por las corridas de toros. Así lo documentan las fotos de Beard en Arlés, ciudad taurina del sur de Francia, en 1965, poniendo a prueba una vez más su adicción al peligro al intentar pasar por torero. «No es de extrañar que a Peter le gustaran los toros, porque no le molestaba la muerte, le encantaba la sangre, primero por su color tan maravilloso y porque hacía que su trabajo fuera muy orgánico y visceral», apunta Hoppen.

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Esta foto se tomó en Arlés, Francia. A Beard le fascinaban los toros y, desde luego, no se sentía intimidado. Esta cogida fue leve; la que estuvo a punto de costarle la vida fue la de un elefante.

Toda una fauna

Le atraían la muerte y el riesgo, ambos presentes en su obra. Protegido por su cámara, no tenía miedo de ponerse delante de una manada de leones o de meterse en un lago con cocodrilos. Su forma de vida, temeraria y extrema, estuvo a punto de pasarle factura para siempre el día que un elefante colérico lo embistió. Fue a finales de los 90. Hoppen recuerda que el incidente lo llevó dos veces al quirófano y que le pidió al cirujano de Nueva York botes enteros de sangre sin coagular. «Me acuerdo del olor hasta que se secaba en las obras», exclama.

El fotógrafo Alberto García-Alix conoció a Beard en París pues ambos trabajaron con la misma galería y, a propósito de su uso casi gore de la sangre, recuerda presenciar unas fotos en la calle a su amiga la coreógrafa y bailarina Blanca Li manchada de sangre. «Me sorprendió también que estuviese rodeado de mujeres asistentes. Pero lo importante es que su trabajo era único», asevera.

Su vida era igual de salvaje entre sus admirados animales de África que entre la fauna del Nueva York de los 60 y 70. Allí frecuentó la discoteca Studio 54, donde daba rienda suelta a su mentalidad abierta, a su uso de las drogas y a su afición desmedida por las mujeres guapas.

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Su segunda esposa fue la modelo Cheryl Tiegs (en la foto) y la tercera y última, Nejma Khanum. Pero tuvo muchas amantes. Candice Bergen y Carole Bouquet, Lee Radziwill…

Compaginaba sus amistades del mundo artístico -como Andy Warhol, que fue su vecino en Long Island, Truman Capote o los Rolling Stones– con las de la alta sociedad neoyorkina. Su primera mujer fue una rica y, por supuesto, guapa heredera, Minnie Cushing, y la segunda, una supermodelo del momento, Cheryl Tiegs. Y, entre medias, coleccionaba amantes o más bien la belleza femenina que tanto admiraba. Fue sonada su relación con Lee Radziwill, la hermana de Jackie Kennedy, a la que conoció cuando fue invitado un verano a la isla privada griega de Skorpios de Onassis. No había mujer que se le resistiera. Seducirlas era una forma de alimentar su ego. «Tenía el ego de un artista», comentaba una colaboradora suya, la editora de moda Anne Lyon. Y lo comparaba con Picasso, otro fanático al que Beard siempre quiso conocer, pero con el que tan solo tuvo un breve encuentro.

En cambio, con Francis Bacon tuvo una larga amistad, no se sabe si porque el artista inglés estaría cegado por su belleza, pero Beard llegó a decir que fue la influencia más importante en su vida en términos de absorber la inteligencia de otra mente. «Me pintó porque me conocía muy bien», afirmó.

“Peter era muy fiestero. Pero, a pesar de trasnochar, jamás lo vi sin afeitar. Siempre parecía fresco y bronceado”

Peter Beard acabó su vida en su casa de Montauk, en Long Island, hasta hace poco un paraíso virgen, que se fue poblando de ricos neoyorkinos que lo preferían a los Hamptons. Su casa se quemó a finales de los años 70 y construyó en su lugar unas cabañas de madera, emulando su otra vida en África. Allí pasó una semana Michael Hoppen, entre otros invitados, haciendo surf e improvisando fiestas.

«Peter era muy fiestero. Siempre estaba rodeado de gente. Pero a pesar de trasnochar, jamás lo vi sin afeitar. Siempre parecía fresco, bronceado y con sus inconfundibles sandalias de cuero africanas, incluso cuando estaba en la ciudad».

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Esta foto se la tomó Zara, su única hija, hace dos años en Montauk, donde acabaría falleciendo. Es parte del libro ‘Peter Beard’ que Taschen reedita ahora.

En esa misma casa, vivió y trabajó los últimos años con su tercera mujer, Nejma, y su hija, Zara. Acababa de ser abuelo de su primera nieta. Quién sabe si serían las noticias del coronavirus o su propia demencia los que lo llevaron a perderse y morir en el bosque. Nos queda su legado único y también su biografía, quizás aún más apasionante que su obra.