Han invertido millones en curar enfermedades en el Tercer Mundo. Ahora se han embarcado en una campaña sin precedentes: facilitar el control de natalidad a 220 millones de mujeres. Por Alice Thompson / Fotos: Gates Foundation / Shutterstock y Paris Match (Contour by Getty Images)

Un desafío que implica superar muchos tabúes. Empezando por los propios. La misma Melinda Gates nos lo cuenta.

Es una de las mujeres más ricas del planeta, pero para Melinda Gates el sexo es más importante que el dinero. Y no tiene problema en hablar de ello: “¿Condón o píldora?”«He usado todo tipo de anticonceptivos», dice. «No es que me muera de ganas de hablar sobre el sexo con Bill, pero me alegro de hacerlo. Más de mil millones de parejas practican el sexo a lo largo de un año, y, bueno, tampoco debe sorprender que hagamos otro tanto».

“No es que sea mi objetivo hablar sobre el sexo con Bill, pero me alegro de hacerlo”

Su marido trabaja en el despacho idéntico que hay tras la puerta adyacente en la sede en Seattle de la Bill AND Melinda Gates Foundation, donde estamos. Llevan 23 años casados, y, durante la mayor parte de ellos, Bill ha tenido más dinero que cualquier otro habitante del planeta.

Melinda, de 52 años, es católica, nacida en el seno de una familia texana; su padre era ingeniero aeroespacial y su madre ama de casa. Pero la religión no le impidió utilizar anticonceptivos. «Tengo tres hijos, y no es de extrañar que los fuera teniendo cada tres años -explica-. Todas las mujeres tendrían que poder disfrutar del sexo sin miedo a quedarse embarazadas. Sin la ayuda de los anticonceptivos, nunca hubiera podido hacer lo que he hecho. Fui a la universidad, estuve trabajando nueve años en Microsoft, me casé. No tuve el primer hijo de buenas a primeras; pude planificarme la vida. Vale la pena pensarlo bien un momento. De no haber sido por los anticonceptivos, mi situación podría haber sido muy diferente. Quizá me hubiera quedado embarazada y hubiera tenido que dejar la universidad».

Nunca ha tenido reparo en hablar del sexo con sus hijos, Jennifer, de 21 años; Rory, de 18; y Phoebe, de 14. «Las personas no hablan del sexo, porque les da demasiada vergüenza, porque está estigmatizado, pero se trata de una actividad humana normal. Yo creo que hay que empezar a hablar con los hijos pronto y con frecuencia. Cuanto antes respondas a sus preguntas, mejor, y lo ideal es que lo hagas muchas veces. Hay que sacar a relucir cuestiones como las drogas, el sexo y el alcohol, una y otra vez. En casa siempre hablamos de ellas».

La patata caliente

Hoy no tiene problema en hablar del sexo porque está usando su fundación para dirigir una campaña global encaminada a llevar el control de natalidad de 220 millones de mujeres en los países en desarrollo.

Al hablar con las mujeres de África y Asia sobre la importancia de las vacunaciones y la educación, descubrió que su principal miedo era, de hecho, el miedo a quedarse embarazadas.
«Me presentaba en esas aldeas polvorientas o barrios de chabolas, en los que no había agua corriente ni casi comida. Cuando llevaba algo de tiempo en el lugar, y los hombres no estaban delante, las mujeres me hacían preguntas, y siempre salía a relucir el tema de los anticonceptivos. En su mayoría no podían acceder a ellos o tenían que desplazarse demasiado lejos para conseguirlos. Sus preguntas al principio me incomodaban, porque soy católica y porque la cuestión era una patata caliente, pero al final ya no podía hacer caso omiso».

Melinda Gates, licenciada en Economía e Informática, terminó por obsesionarse. «No había datos al respecto, y yo soy una fanática de los datos, de modo que empecé a hacer preguntas. La gente de las ONG y de las clínicas entonces me decían: ‘Pero si tenemos condones’. El preservativo es perfectamente aceptable para mujeres como usted o como yo, pero las mujeres de los países en desarrollo siempre me decían: ‘No puedo usar condón en mi matrimonio. Si propongo que lo usemos, daría la impresión de que tengo el sida… O de que sospecho que mi marido lo tiene’. Estas mujeres necesitaban unos métodos menos visibles. No podía contentarme con repartir cuatro preservativos de vez en cuando». Y añade con determinación: «Soy una de las pocas personas del mundo con el suficiente dinero para hacer algo». La fortuna del matrimonio asciende a unos 89 mil millones de dólares.

“No estamos tratando de impedir que los pobres tengan hijos, sino que decidan cuándo. No se trata de eugenesia. Es empoderamiento”

Melinda no tardó en descubrir que el control de natalidad era una cuestión delicada. «En los años 60 y 70 se cometieron muchas barbaridades en nombre del control de natalidad. Por poner un ejemplo, la ayuda de Estados Unidos a India estaba vinculada a programas de esterilización. Todo llevaba a pensar en una siniestra conspiración destinada a impedir que los pobres siguieran teniendo hijos».

Su propósito es muy distinto. «No estamos tratando de evitar que las mujeres tengan hijos; nuestra intención es que elijan cuándo quieren tenerlos, y cuántos quieren tener. No estamos hablando de eugenesia, sino de empoderamiento. Cada dos minutos, una mujer muere por complicaciones relacionadas con el parto. ¿Por qué las mujeres han de estar obligadas a quedarse embarazadas una vez tras otra, a sabiendas de que ella o su bebé pueden morir durante el parto?».

Las estadísticas también indican que en los países donde existía fácil acceso al control de natalidad, como en Indonesia, se daba un mayor progreso económico. «Al final, los presidentes y ministros de economía -casi todos ellos varones- empezaron a interesarse y a hablar conmigo».

¿Se encontró con la oposición de líderes religiosos? «He hablado con autoridades de la fe musulmana, y el Corán permite la planificación familiar. Las reticencias muchas veces se dan en el ámbito de la aldea». Antigua alumna de las ursulinas en Dallas, Texas, reconoce que «el problema es mayor allí donde impera la fe católica. Pero los sacerdotes en el terreno pueden ser de ayuda. He conocido a curas que han visto los estragos del sida, que animan a las mujeres y a los hombres a usar el condón. En Estados Unidos, el 96 por ciento de las mujeres católicas casadas usan anticonceptivos. No es de recibo que estos métodos sean un privilegio de los católicos con dinero».

Lista de objetivos

Su segundo objetivo es mejorar la salud materna y las circunstancias del parto. Melinda descubrió que hay muchas razones por las que las mujeres no acceden a las clínicas: «Quizá no hay transporte, o en la aldea no aprueban las intervenciones médicas. A las mujeres a veces les dicen que sigan haciendo contracciones sin parar, durante 48 horas incluso. Tampoco hace falta contar con un fastuoso hospital esterilizado; basta con una clínica sencilla y la opción de la cesárea».

“El tema me incomodaba, pero no podía esquivarlo. Soy de las pocas personas en el mundo con suficiente dinero para hacer algo”

Melinda es enemiga declarada de la mutilación genital femenina, pero su fundación no aborda ese problema. «Bill y yo hemos decidido centrarnos en salvar vidas. No podemos hacerlo todo». Y eso que su plan es invertir la mayor parte de su fortuna en este tipo de acciones y que sus hijos hereden solo una pequeña parte.

«Estas enormes desigualdades económicas no son buenas para nadie. Si tienes mil millones de dólares, no te hace falta todo ese dinero. Lo que necesitas es ayudar a que la sociedad se vuelva más igualitaria. Si ganaste todo ese dinero, es porque también tuviste suerte de un modo u otro», argumenta Melinda. «Bill tuvo la suerte de nacer en un país con estabilidad y con infraestructuras, de encontrarse en el lugar y en el momento adecuados, razón por la que tiene que devolver algo de lo ganado. Es lo justo».

Una mujer entre mujeres

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Melinda, en Senegal, durante una de sus campañas. Católica y muy prudente, no siempre se ha definido como una feminista. «Soy feminista al cien por cien», dice en la actualidad. «Ser feminista consiste en dotar a las mujeres de poder y darles la oportunidad de decidir. O sea, que soy feminista».

La familia que cena unida…

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Bill y Melinda tienen tres hijos; Jennifer, de 21 años (en la foto); Rory, de 18; y Phoebe, de 14. Melinda está obsesionada porque su vida sea lo más normal posible, aunque admite que vivir en una casa de unos 100 millones de dólares puede resultar un poco raro. «A veces te da corte invitar a los amigos, porque tienes una piscina enorme en el jardín». Con todo, ellos mismos se encargan de limpiar sus habitaciones y cenan siempre juntos. «Durante la cena está prohibido usar los móviles. Incluido Bill. No cocino, porque se me da fatal. Y sí, tenemos cocinero, pero después de cenar recogemos los platos juntos». Los hijos reciben una paga. «Si no se la gastan toda, triplico el monto sobrante y lo ingreso en sus cuentas de ahorro para proyectos solidarios».