Son muy pocos, cincuenta en todo el mundo. Las personas que padecen el síndrome del ‘savant’ la mitad son autistas, pero la otra mitad desarrolló esta condición a raíz de un traumatismo o una enfermedad. ¿Qué desata su genialidad? ¿Y está ese talento secreto también en nuestra cabeza? Por Carlos Manuel Sánchez

Jason Padgett subió al escenario de un karaoke en Tacoma (Washington) una noche de 2002, cogió el micrófono y se arrancó con una canción de Bon Jovi. Sus amigos lo jaleaban, cervezas en mano. Yo era un juerguista, recuerda Padgett.

Estudiante mediocre, no terminó la carrera. Puso una tienda de colchones. Cuando echaba el cierre, una noche sí y otra también, solía recorrer los bares de la ciudad portuaria. Aquella noche, un par de tipos lo esperaban a la salida del bar. Sin mediar palabra, la emprendieron a golpes con él y lo tiraron al suelo. Allí lo patearon sin piedad. Los amigos de Padgett no reaccionaron, paralizados. Cuando los tipos se cansaron de pegarle, le quitaron la chaqueta de cuero que llevaba puesta y se marcharon. Entonces, alguien llamó a una ambulancia. Padgett ingresó en urgencias inconsciente. Le diagnosticaron un traumatismo craneoencefálico grave. Cuando despertó, se había convertido en un genio de las matemáticas.

Padgett visualiza geometría en todo: «Puedo ver la maravillosa armonía del mundo»

Padgett, nacido en Alaska hace 44 años y que nunca pasó de las matemáticas elementales del instituto, se dedica desde entonces a la investigación en la Universidad de Washington: números irracionales, ondas gravitatorias, indeterminaciones cuánticas y sobre todo fractales, objetos geométricos cuya estructura se repite a diferentes escalas.

Su erudición es intuitiva, casi esotérica. No es solo que entienda instantáneamente y sin que nadie se lo explique por qué la energía es igual a la masa por el cuadrado de la velocidad de la luz. De algún modo visualiza la famosa ecuación de Einstein. Porque Padgett también ha adquirido sinestesia. ve formas geométricas en todas partes y las dibuja meticulosamente. Nunca antes había sido capaz de dibujar. Y al principio tampoco sabía lo que eran esos garabatos enmarañados y barrocos que bosquejaba, hasta que alguien le dijo que se trataba de fractales.

Padgett se matriculó entonces en la universidad para interpretar sus visiones. Ahora es capaz de abocetar ecuaciones y teoremas, dice. Usa una hoja de papel y un lápiz muy afilado, luego escanea el resultado y lo colorea con el ordenador. Soy capaz de ver la maravillosa armonía del mundo , asegura, como si Pitágoras se hubiera reencarnado en él para que pintase la música de las esferas. Vende sus cuadros en Internet.

Lo primero que hago cuando me levanto por la mañana es ir al baño, abrir el grifo y llenar el lavabo. Miro cómo fluye el agua y puedo visualizar las estructuras geométricas que se van formando como una telaraña de vibrantes remolinos. Las veo nítidamente, como si el agua estuviera quieta y congelada, una sucesión de hileras de miles de cristales, de diamantes diminutos. Mientras me lavo los dientes, me esfuerzo en memorizar cada ángulo, cada simetría, cada intersección. Luego me siento en la mesa de la cocina y me dedico a dibujar esa imagen que sigo viendo en mi mente mientras tomo un café. En algún momento miro distraído la superficie del café, la perfecta espiral que forma la nata. Y compruebo que es un fractal, una forma que se repite en la naturaleza, desde las conchas de los moluscos a la manera en que se agrupan las galaxias. Y la dibujo. Y así continuamente.

Ha sido sometido a escáneres y resonancias. Todo, normal. Los médicos me dicen que no hay nada nuevo en mi cerebro, nada que no hubiera antes del traumatismo y que explique lo que me pasa. Mis conocimientos matemáticos y mi destreza para el dibujo no son cosas que yo hubiese aprendido durante mi infancia, olvidado por el camino y que hubiesen reaparecido después de la conmoción cerebral, relata Padgett.

Todos tenemos habilidades innatas -«memoria genética»- pero no siempre se manifiestan

Lo que ocurrió en la mente de Padgett es un misterio que fascina a los neurólogos, pero no es un caso aislado, aunque sí extraordinariamente raro. Se conoce como el síndrome del savant (‘sabio’). Son personas con alguna habilidad sorprendente. memoria prodigiosa, cálculo matemático, aptitudes artísticas Hay unos cincuenta casos diagnosticados en el mundo. La mitad son autistas; la otra mitad desarrollaron esta condición a raíz de un traumatismo o una enfermedad, daño cerebral o demencia progresiva.

Buscando explicaciones, Padgett viajó a Wisconsin para visitar al psiquiatra Darold Treffert, que está considerado como la autoridad mundial en el síndrome del savant. Después de examinarme y de certificar que mi caso era de manual -recuerda Padgett-, el doctor Treffert me dijo que todo el mundo tiene una serie de habilidades innatas, como una especie de software instalado de fábrica, igual que las aves saben volar en bandadas formando una uve sin que nadie las enseñe. Él lo llama ‘memoria genética’. Estas capacidades pueden permanecer aletargadas durante años, incluso no manifestarse nunca. Pero una enfermedad o una lesión cerebral puede despertar nuestro genio interior de manera repentina. Me gusta pensar que mi historia refleja el potencial secreto que hay en todos nosotros.

Para despertar nuestro talento dormido han creado un casco de electrodos que estimula el cerebro

Padgett publicó su autobiografía y pretende que el libro sirva para animar un debate internacional sobre el talento dormido en nuestras mentes. Entre los que se han sumado a este debate está el doctor Allan Snyder, director del Centro de la Mente de la Universidad de Sídney (Australia) y que considera a Padgett una prueba viviente de sus propias teorías sobre el potencial dormido. Snyder ha inventado la ‘gorra de la creatividad’, un casco con electrodos que estimulan áreas cerebrales con impulsos magnéticos, con el objetivo de liberar al hemisferio izquierdo de la tiranía del derecho. En sus experimentos ha comprobado que hay sujetos que se la ponen y de repen capaces de pintar un retrato con cierta maestría; se la quitan y 45 minutos más tarde vuelven a hacer los monigotes de parvulario que han hecho siempre.

La hipótesis de Snyder es que el cerebro de los savant no procesa la información igual que el resto. Y a veces su capacidad de concentración es tal que el resto de sus facultades quedan en suspenso, lo cual les impide enfrentarse con normalidad a problemas sencillos y cotidianos. Snyder cree que en el futuro habrá tecnologías para desarrollar estas habilidades ocultas en nuestro cerebro.

Dibujar el mundo

Jason Padgett, vendedor de colchones antes de sufrir un grave traumatismo, estudia ahora teoría de números para buscar una conexión con la constante de Planck (mecánica cuántica). Sus dibujos de fractales formas que pueden descomponerse en fragmentos repetitivos han sido expuestos en galerías de arte y en la Universidad de Oxford. Los hace a mano, con lápiz, regla y compás.

Mentes prodigiosas

1. El traductor. Daniel Tammet (Londres, 1979). Autista y epiléptico. Memorizó 22.514 decimales del número pi en una semana. Tardó cinco horas y nueve minutos en recitarlos. Experimenta sinestesia y los números tienen formas y colores y le inspiran sentimientos. Habla once idiomas. Los enseña por Internet.

2. Imborrable. A Orlando Serrell (Virginia, 1968) una pelota de béisbol le golpeó en el lado izquierdo de la cabeza cuando tenía diez años. Cayó, se levantó y siguió jugando. Sufrió jaquecas durante un tiempo, pero no recibió tratamiento. Y, de repente, comenzó a hacer complicados cálculos de calendario. Hoy, es capaz de recordar en qué cayó cada día de la semana desde que tuvo el accidente y la temperatura que hizo o si llovió.

3. El pianista. Leislie Lemke (Wisconsin, 1952) fue un bebé prematuro. Se le diagnosticó parálisis cerebral y glaucoma. Hubo que extirparle los ojos. Su madre lo dio en adopción. Hasta los siete años lo alimentaron con papillas. No hablaba, no se movía ni mostraba emociones. Aprendió a caminar a los 15 años. Empezó a sentir atracción por la música. A los 16 tocó un concierto de Tchaikovsky en el piano de su casa y lo hizo de oído. Desde entonces realiza giras por los Estados Unidos, Europa y Japón.

4. La cámara humana. Stephen Wiltshire (Londres, 1974). Autista. A los ocho años dibujaba coches destrozados y paisajes tras terremotos imaginarios. A los nueve aprendió a hablar. A los once, tras un viaje en helicóptero sobre Londres, reprodujo una vista aérea de la ciudad con una precisión asombrosa: dibujó el número exacto de ventanas de cada edificio. Ahora se dedica a pintar panorámicas de grandes urbes en lienzos de diez metros y regenta una galería de arte. Le fue concedida la Orden del Imperio británico.

5. El auténtico Rain man. Kim Peek (Utah, 1951-2009) nació con macrocefalia. Era autista e incapaz de realizar las tareas más básicas, pero leyó 12.000 libros (a una velocidad de dos páginas cada ocho segundos usaba cada ojo para leer una página distinta) y recordaba el 98 por ciento de lo que había leído, aunque no podía extraer conclusiones ni dar a los datos una aplicación práctica. Su personaje inspiró la película Rain Man. Murió de un ataque al corazón.

El experto en lo inexplicable

El Doctor Darold Treffert lleva estudiando el síndrome del savant desde los setenta, sobre todo con autistas. Adquirió notoriedad porque entre sus pacientes estaba Kim Peek, el savant que inspiró el personaje al que interpretaba Dustin Hoffman en Rain Man. No existe ninguna teoría médica definitiva que explique este síndrome, pero en los últimos años, con las imágenes por resonancia magnética, se ha empezado a hacer algún avance. Por ejemplo, que algunos savants procesan la información con hemisferios cerebrales distintos a los que emplea una persona común. Me intrigaba el enorme contraste entre genialidad y discapacidad en un mismo individuo explica Treffert. La primera lección que aprendí de ellos es que cualquier persona, por muy discapacitada que parezca, conserva en su interior una isla intacta, y nuestra responsabilidad es descubrir ese núcleo de habilidades, alimentarlo y potenciarlo. La segunda es que esas destrezas musicales, artísticas, memorísticas o matemáticas no son cosas de frikis. Es un error observarlas desde la frivolidad. Esos talentos, adecuadamente entrenados, los ayudan a mejorar su lenguaje, sus relaciones sociales y su independencia.


PARA SABER MÁS

Struck by genius. How a brain injury made me a mathematical marvel, Jason Padgett y Maureen Ann Seaberg. Houghton Mifflin Harcourt, 2014. También disponible para Kindle.   www.savantsyndrome.com, Wisconsin Medical Society.