¿Se puede articular una sociedad sin recurrir al Estado?

Incluso a finales del siglo XVlll, cuando ya no eran el colectivo más numeroso, los seres sin Estado seguían ocupando el más grande de los espacios disponibles del globo. los bosques, las montañas, las estepas, los desiertos, las regiones polares, los pantanos y las tierras más difícilmente accesibles y remotas.

En esa época, la historia de la humanidad empezó a ver cómo culminaba el ‘viaje’ de esos hombres y mujeres sin Estado, desde esos lugares en que podían sentirse libres, hasta convertirse en una especie reglamentada, sujeta a impuestos, esclava y coaccionada. Su asentamiento en las tierras regidas por un Estado culminó en el caso de Europa en pleno siglo XlX y en el caso del sudeste asiático en el XX. Se instauró así una nueva organización de la vida y de la gestión de la riqueza en el globo terráqueo que acabó por transformar el planeta.

En Grecia y Roma eran contados los señores que disponían del poder necesario para contener a muchedumbres esclavizadas. Las mayorías formaban estados esclavistas hasta el momento en que las circunstancias de la vida les sugerían la posibilidad de poder huir hacia las alturas. Junto a esas sociedades cuyo fin último era esclavizar a la gente hasta que olvidaban su origen, en sus confines se asentaban masas libres de ciudadanos autóctonos. Los primeros habían dado un paso atrás en la defensa de sus libertades recurriendo al Estado organizado; en cambio, los segundos y en contra de lo que pensarían un día los llamados ‘evolucionistas’ habían huido hacia la libertad.

Esta división duró hasta el siglo XVl, cuando el poder se fue concentrando paulatinamente en las regiones con Estado mientras se fueron diluyendo los espacios no sometidos. ¿Cuáles fueron las razones que obraron a favor de los países o regiones que recurrieron a formarse como un Estado? Como explica muy bien el antropólogo James C. Scott, la formación de la sociedad esclavista requiere que la gente se pueda ganar la vida en ella; y eso es lo que ocurrió con el cultivo del grano con regadío, así como con la puesta a punto de las tecnologías necesarias para reducir las distancias que durante siglos habían mantenido al mundo separado. carreteras, puentes, ferrocarriles; y, más tarde, aviones, teléfonos, telégrafos y sistemas para situarse en el espacio. Hasta finales del siglo XlX, el transporte por carretera era tan caro en toda Europa que ningún país podía suministrar los cereales necesarios si no se disponía de transporte acuático. Ciudades como Madrid o Berlín solo pudieron resolver sus problemas con costes elevadísimos para su interior. No hay duda de que países como Holanda pudieron disfrutar de grandes ventajas con sus canales.

A lo largo de los dos últimos siglos, la hegemonía del Estado nación y el casi exclusivo poder de su soberanía ha podido barrer a los pueblos no allegados. El poder del Estado es, en este sentido, la fuerza coercitiva que puede proyectarse hasta los últimos confines del territorio. Pero no siempre ha sido así. La Historia del mundo es exactamente al revés. La mayoría de la gente hace mil años vivía en el exterior de estructuras del Estado o en situaciones de soberanía fragmentada. Evitar el Estado constituía una verdadera opción.

En España, el desarrollo del Estado de las autonomías es un reflejo histórico y mal avenido de un país en el que su gente siempre quiso estar más cerca de la sociedad sin Estado; es decir, de una sociedad acostumbrada a ir a su bola, a compartir hasta cuatro lenguas oficiales y a huir de todo movimiento que no condujera a las alturas sin Estado. ¿Alguien ha estudiado en serio en este país la fuerza considerable de las diferentes acepciones del anarquismo o, lo que es lo mismo, la huida constante hacia una sociedad no esclavista y no estatalizada?