¿Puede el hombre vivir sin memoria?

Las preguntas de Punset

Como homenaje al divulgador científico Eduard Punset, recuperamos su sección ‘Los lectores preguntan’ en la que abordaba las cuestiones que le planteaban los seguidores de XLSemanal

¿Puede el hombre vivir sin memoria?

No nos importa admitir que olvidamos las cosas. «No tengo nada de memoria», dice la gente. Casi, casi nos ufanamos por ello. Como si fuera algo que también le ocurre a los sabios distraídos y nos situara en el colectivo de los genios y creativos. Todo lo contrario de lo que ocurre con la inteligencia: a muy pocos les gusta admitir que no son inteligentes. Cuando ocasionalmente exclaman «¡qué tonto soy!», no lo creen realmente; lo que están sugiriendo es, como máximo, que son distraídos. Porque esto último da caché.

Algo parecido ocurría con la depresión hasta hace muy poco tiempo. Van Gogh, Edgar Allan Poe y tantos otros grandes artistas e intelectuales sufrían depresiones o eran esquizofrénicos. Para ser creativo, se decía, había que transitar por el mundo oscuro de la depresión, los sobresaltos de la esquizofrenia o la melancolía. Hasta que la ciencia ha demostrado que la depresión es una enfermedad como la sífilis, que afecta no sólo a la mente, sino al cerebro, la sangre y los huesos. A partir de ahora nadie querrá estar deprimido y los gobiernos, por fin, tendrán que hacer algo frente a la mayor amenaza de mediados de siglo.

Los mayores acontecimientos -mundiales o no- ocurrieron, para cada persona, cuando tenía 20 años

¡Qué paradoja nuestra actitud desenfadada frente a la falta de memoria! La historia de la evolución enseña, sin embargo, que la memoria en los homínidos y en el resto de los animales ha desempeñado un papel trascendental; mayor, incluso, que lo que llamamos «inteligencia», que no existiría sin la memoria. Gracias a ella hemos sobrevivido. Ningún animal habría superado la prueba de la selección natural sin memoria; sin recuerdos del peligro y del placer. No vislumbro otra cuestión de la que dependa tanto la vida y el bienestar. Que se lo pregunten si no a los pacientes de alzheimer que han perdido el recuerdo de quiénes son, dónde están y adónde van. Mientras la conservamos, pues, vale la pena analizar cómo funciona la memoria; sobre todo, la memoria autobiográfica, los recuerdos de uno mismo.

Las investigaciones científicas sobre este tema están poniendo de manifiesto cosas alucinantes. Por ejemplo: nadie recuerda nada de lo que ocurrió desde el momento en que salió del vientre de su madre hasta los tres o cuatro años. Impresionante este vacío inexplicable todavía. ¿Por qué no recordamos nada? Ya sé que algunos me responderán que el cerebro no ha consolidado sus redes neurales todavía. Pero antes de nacer el feto ya sonreía en el vientre de la madre, y cuesta imaginar una sensación de placer que no esté vinculada a un evento anterior; por lo demás, el cerebro no culmina la perfección de su lado más sofisticado y complejo hasta pasados los veinte años.

Cuando se pregunta a alguien de más de sesenta años qué acontecimiento mundial se le quedó más grabado en la memoria, resulta que esos eventos siempre ocurrieron cuando él rondaba los veinte años. Ése es el segundo misterio: la curva de los recuerdos declina a medida que se remonta hacia la fecha de nacimiento. Con una sola excepción inesperada y repetida: la curva dibuja un montículo, que en muchos casos llega a ser una montaña, cuando la acción de recordar atraviesa los veinte años. Para cada persona, los mayores acontecimientos -mundiales o no- ocurrieron cuando tenía veinte años. Una explosión biológica y emocional que marca indeleblemente la esencia y la memoria del individuo para el resto de su vida. Padres, ayuntamientos y guardias de tráfico no deberían esperar los ochenta años de los jóvenes para constatarlo.