En 2011, cuando seguía a las tropas de EE.UU. en Afganistán, estuvo a punto de morir al pisar una mina. Dos años y tres miembros amputados después, ha regresado a Kabul para terminar su misión.

Durante las semanas siguientes a la explosión, cuando todo mi cuerpo era presa de la infección, lo único que fui capaz de susurrarle a mi hermana fue. sigo siendo fotógrafo . Unos meses antes me encontraba en Jartum, la capital de Sudán, para documentar el innovador centro de cirugía cardiaca de la ONG Emergency. Durante la comida, su fundador Gino Strada me habló del drama de los civiles prisioneros en el conflicto afgano. Yo había evitado trabajar en Afganistán porque consideraba que el país ya era objetivo de muchos grandes fotógrafos, y mi trabajo consiste en documentar los dramas humanos que nadie está interesado en contar. Sin embargo, a medida que Gino me ilustraba sobre el drama de los civiles capturados en el transcurso del conflicto, comprendí que era una situación de la que se había oído hablar muy poco. Y le prometí que iría hasta allí para documentar la labor de Emergency.

Poco después estaba en Afganistán. Antes de comenzar mi trabajo en el hospital de la ONG me uní a la 101.ª División Aerotransportada americana. Quería contar el impacto de la guerra en una pequeña unidad de soldados para demostrar que cualquiera que se ve envuelto en una guerra puede convertirse en víctima. Fue entonces cuando, una fría mañana de febrero de 2011, pisé un artefacto explosivo. Durante los dos meses siguientes, me debatí entre la vida y la muerte en la unidad de reanimación del hospital Queen Elizabeth de Birmingham. Perdí tres miembros; solo conservo un brazo. Después, una vez a salvo, fui tomando conciencia de mi situación. los médicos me comunicaron que probablemente no volvería a ser autónomo y comprendí que mi trabajo como fotógrafo había llegado prácticamente a su fin. Sentí que mi vida se había terminado. Aunque me siento culpable por decirlo, hubiera preferido no sobrevivir.

Tres meses después de la explosión conseguí sentarme solo en la cama. Ese logro, aparentemente sencillo, me pareció una victoria. Entonces comprendí que sería capaz de valerme por mí mismo. Me fijé algunos objetivos. caminar sin ayuda antes de Navidad; bajar a tomar algo en mi pub, el Hastings Arms; pasear con mi novia, Jen, por el Soho, lugar de nuestra última cita; y completar las obras para vivir en mi casa antes de final de año. Faltaba solo uno, el más difícil de todos. mantener la promesa que le hice a Gino. Volvería a Afganistán para terminar el proyecto que había comenzado.üla ansiedad me atenaza mientras el avión aterriza en Kabul. nunca me había sucedido. Hace dos años que pienso en este momento. He trabajado incansablemente para llegar aquí y ahora me muero de miedo. Me pregunto. ¿Por qué lo he hecho? ¿Por qué regreso al lugar donde casi me dejo la vida? . Sin embargo, aquí estoy; de nuevo en Afganistán. Pasamos la aduana y nos sentamos junto a la salida a la espera del conductor. El pánico me invade. estoy seguro de que habrá una explosión. La lógica me dice que es improbable, pero algo en mi interior me recuerda que la vez anterior tenía la misma certeza. Mientras atravesamos la ciudad en coche, mis temores aumentan en cada puesto de control, en cada cola, en cada obstáculo, y escondo el brazo sano entre las piernas protésicas con la absurda esperanza de que esté protegido en caso de una posible explosión.

En 20 minutos llegamos al hospital de Emergency, en el centro de la ciudad. Fundado en 2000, fue una antigua guardería que los talibanes cedieron a la ONG para la apertura de la primera clínica de Afganistán. A su puerta me recibe Lucy, una enfermera inglesa que conocí en el hospital de Jartum. La clínica no es solo un centro de cuidados médicos, sino también un oasis de tranquilidad. Los hospitales situados en zonas de guerra suelen ser caóticos, pero los edificios de Emergency transmiten siempre una sensación de paz, aunque este edificio acoja hasta 30 civiles heridos, con frecuencia de forma horrible, en la ciudad o en las provincias vecinas.üLas ong italianas se caracterizan por el ambiente familiar en el que vive el personal. Aquella primera noche nos invitan a una cena de grupo, más propia de Nápoles que de Kabul. risas, abrazos, pasta y parmesano. Solo falta el vino tinto. Todos sonríen, pero la tensión se puede palpar. Confinada en el interior del perímetro del hospital, localizable los siete días de la semana, las 24 horas del día, esta gente ya está habituada al sonido de los disparos y a lidiar todos los días con la visión de seres humanos heridos inútil y horriblemente.

A la mañana siguiente atravesamos en coche la ciudad rumbo al centro ortopédico del Comité Internacional de la Cruz Roja. Durante mi recuperación en Birmingham había oído hablar de Alberto Cairo, que dirige el centro. El señor Alberto, como se lo conoce, coordina el centro desde hace más de 20 años, proporcionando prótesis a los heridos de guerra, unas 15.000 al año. Mientras apagamos el motor, me saluda. es alto, enjuto, y tiene la energía y el desenfado de un adolescente, pese a sus 60 años. Apenas he dado unos pasos junto a él y me dice que camino de modo incorrecto. ¿Ha vuelto a montar ya en bicicleta? , me dice. Me río. Él me mira con aire interrogativo. En serio. ¿Por qué no ha montado aún en bicicleta? . Para Alberto, imposible es un término inaceptable.

En los días siguientes recupero lentamente mis ritmos y descubro nuevos retos. El principal es el de lograr el equilibrio, ya que carezco de piernas y tengo dañado el oído interno y, cuando guiño el ojo para enfocar, siento que lo pierdo. Pero mi mayor miedo es no volver a recuperar la calidad que tenían mis imágenes antes del accidente. Y los primeros días no ayudan. Por las noches examino las fotos suelo. Me parece que soy incapaz de captar las historias de las personas que me encuentro.

El único aspecto positivo es que mi actual condición favorece establecer vínculos. nunca me había sucedido. Me encuentro a mí mismo compartiendo mis experiencias con los que han perdido miembros recientemente o están a punto de sufrir una amputación, y me extiendo en largas conversaciones. A medida que aumenta mi seguridad y me familiarizo con los pacientes, de nuevo noto que soy capaz de deslizarme entre las sombras y concentrarme en narrar de las historias de quien me encuentro.

Durante mi estancia en Kabul acudo cada día a la unidad de cuidados intensivos. Allí llegan a cada momento nuevos pacientes; todos, con heridas horribles. Muchos no saldrán adelante; otros cuentan historias terribles sobre el larguísimo trayecto que han tenido que hacer para llegar hasta el hospital. Se presenta un muchacho herido por un proyectil que atravesó el muro de adobe de su casa, le entró por el hombro y le destrozó la mandíbula. Durante diez horas no pudo hacer otra cosa que permanecer tumbado a la espera de un alto el fuego. Solo cuando las balas dejaron de silbar, su padre pudo recogerlo y llevarlo a Kabul, en un viaje de otras diez horas. Él ha logrado sobrevivir al viaje; muchos otros mueren en el intento.

Pasan los días y mi narración va tomando forma. El penúltimo día vuelvo al Comité Internacional de la Cruz Roja para una última fotografía. No siento la necesidad de tomar más. Me encuentro a un chico, Ataqullah. Está aquí con su padre para que le pongan una pierna nueva y para probar por primera vez su brazo ortopédico. Hace un año, mientras iba hacia la escuela, pisó una mina.en el visor observo a ataqullah luchar denodadamente por dar sus primeros pasos con la nueva pierna de plástico. Lo sigo hasta el área de prótesis. Lo único que acierto a ver es a un niño pequeño, perdido, aturdido en un mar de adultos que controlan y ajustan las correas de su pierna ortopédica. Saco la cámara buscando captar la escena que tengo delante, pero solo puedo pensar en mi caso y en el de este niño de siete años que no debería haber sufrido una mutilación parecida a la mía por pisar una mina. No lo puedo soportar. Bajo la cámara y salgo de la habitación, con la mirada ofuscada por la emoción.

Antes de regresar a Afganistán temía no ser capaz de tomar fotografías como antes, que las lesiones me hubiesen privado de los movimientos y de la perspicacia necesaria para ser un buen profesional. Ahora, sin embargo, estoy descubriendo que el obstáculo no son mis capacidades físicas, sino mis emociones. Tomo las últimas imágenes y concluyo que mi cometido ha terminado. Solo quiero volver a casa con Jen y con mi familia.

Últimamente, a Jen y a mí nos han preguntado qué nos gustaría pedir por Navidad. Nuestra respuesta siempre es la misma. esperamos que el año que viene sea el más aburrido de nuestras vidas. Sueño con pasar la tarde del sábado viendo la tele, con comida para llevar y una copa de vino. Pero ahora que he terminado este reportaje y he vuelto a contar historias, espero poder dar por terminada esta fase de mi vida y no volver a ser yo el protagonista. Y si alguna vez escriben mi epitafio, espero que no digan de mí que perdí tres miembros, sino sencillamente que Giles Duley fue fotógrafo. Porque eso es lo que soy.

Abandonar no es una opción.

Duley, con prótesis y notoriamente recuperado, sigue ejerciendo de fotógrafo. En esta ocasión, en un hospital de Kabul.

Fotógrafo de los sin voz.

A Duley le interesan los dramas que nadie está interesado en contar . En Burma (Bangladesh) fotografió a Fatima y a su hermano Noru. La
explosión de un artefacto que le arrancó las dos piernas y un brazo en
2011 no le ha impedido seguir realizando su trabajo.