La prensa económica afirma que esta mujer, con un don extraordinario para las matemĆ”ticas, es una de las grandes responsables de la crisis bancaria de 2008. Ella fue la que invento las CDS, un producto financiero salvaje que casi se lleva por delante la economĆa mundial. Por Carlos Manuel SĆ”nchez
Masters es una alquimista que convierte en oro la quincalla. Su Ćŗltima hazaƱa: JPMorgan ‘heredó’ un puƱado de compaƱĆas elĆ©ctricas obsoletas de un cliente arruinado por la crisis. Un ejecutivo al uso se hubiera planteado opciones vulgares, como modernizar las plantasĀ o cerrarlas y venderlas, pero Masters usó las matemĆ”ticas para confundir a los sistemas automatizados que subastan la electricidad. ĀæCómo? La comisión que investiga el fraude necesitó 70 pĆ”ginas para explicarlo, pero al final JPMorgan va a pagar una multa de 410 millones de dólares por manipular los precios de la energĆa. Sin embargo, las autoridades federales, que pedĆan la cabeza de Blythe Masters por mentir bajo juramento, no han podido imputarla.
A los 28 años ya era directora ejecutiva. en el parto de su única hija o se desprendió del ordenador para vigilar las cotizaciones entre contracción y contracción
Es la suma de varios escĆ”ndalos la que puede acabar con su carrera. Al menos en JPMorgan, la Ćŗnica empresa para la que ha trabajado. Su caĆda en desgracia es la comidilla en los cĆrculos financieros. Blythe Masters es el ojito derecho de Jamie Damon, el presidente ejecutivo. Nadie ha hecho ganar tanto dinero a JPMorgan como Masters desde los aƱos noventa, cuando inventó un complejĆsimo producto que revolucionó el mercado de las derivadas. Pero lleva tres fiascos consecutivos al frente de la división de mercancĆas globales: metió la pata en un negocio de carbón, estĆ” en el punto de mira por manipular presuntamente el precio de la plata y, ahora, el multazo por el timo elĆ©ctrico. Y en el paĆs del bĆ©isbol, al tercer strike estĆ”s fuera. Otras compaƱĆas se la rifarĆ”n. Pero ya se hacen porras sobre cuĆ”nto le costarĆ” a JPMorgan desprenderse de sus servicios. Puede ser el despido mĆ”s caro de la historia.
Masters siempre ha cultivado un perfil bajo. La revista Vanity Fair hizo una lista negra de los cien culpables de la crisis y la colocaba en el puesto 66, justo despuĆ©s de Bernard Madoff. Aunque, a diferencia del cĆ©lebre estafador de ricos, Masters desprende una aureola de bondad e inocencia. Es britĆ”nica. Nació en la campiƱa inglesa en una familia de clase media. Pero su cerebro para los nĆŗmeros le permitió una educación de Ć©lite y doctorarse en Económicas por Cambridge. JPMorgan la fichó para su oficina de Londres cuando tenĆa 18 aƱos. Era una hormiguita industriosa. Se casó con un compaƱero del banco, se quedó embarazada a los 23 y se divorció poco despuĆ©s. Masters reconoce que en el parto se llevó un terminal informĆ”tico para vigilar las cotizaciones entre contracción y contracción.
A los 28 aƱos ya era directora ejecutiva, todo un rƩcord. Fue transferida a Nueva York, donde vive desde mediados de los noventa con su hija y su actual marido, el inversor privado Gareth Evans, del fondo Hermitage Capital.
Masters pasarĆ” a la historia por su influencia en los acontecimientos que precipitaron la crisis mundial de 2008. Pero, en cierto modo, la crisis se gestó casi 20 aƱos antes. Y lo hizo muy lejos de Wall Street. Fue en aguas de Alaska, en 1989. Un petrolero, el Exxon Valdez, encalló en un arrecife y vertió 37.000 toneladas de crudo al mar. Los efectos de la marea negra fueron devastadores para nutrias, marsopas y ballenas… Y a la vuelta de dos dĆ©cadas, para millones de personas que se han quedado sin trabajo, sin casa o con sus ahorros muy mermados.
El siguiente capĆtulo se remonta a 1994. Y tambiĆ©n ocurrió lejos de Wall Street: en un lujoso hotel de Boca Ratón, Florida, en una reunión protagonizada por jóvenes ejecutivos de JPMorgan, a los que la compaƱĆa habĆa premiado con un fin de semana de desmadre. Corre el champĆ”n, se baila sin freno y un directivo acaba con la nariz rota de un puƱetazo. Al dĆa siguiente, Peter Hancock, jefe de inversiones, reĆŗne a la tropa en torno a un desayuno de hamburguesas y Bloody Mary. Resacosos, los banqueros reciben una arenga digna de un general romano antes de una batalla.
Hancock quiere desarrollar un arma para liquidar a la competencia: las derivadas (swaps). Un brutal mercado que muy pocos entienden. Territorio comanche bursÔtil, sin reglas. El inversor Warren Buffett, viejo zorro, advirtió: » Son un arma de destrucción masiva». Y aunque todo el mundo escucha al OrÔculo de Omaha, la nueva hornada de yupis, con sus mÔsteres y sus prisas por ser los nuevos amos del universo, lo ven como a un paleto que chochea.
Masters se defiende de quienes la responsabilizan de dejar la economĆa del planeta hecha un solar. Ā«No se pude culpar a una herramienta del uso que se haga de ellaĀ»
En JPMorgan llevan algĆŗn tiempo enzarzados en el desarrollo de las derivadas, pero sus rivales las han copiado y perfeccionado. Ā«En el mundo financiero no hay patentes, aquĆ cualquier idea puede ser plagiadaĀ», dice Hancock. En ese auditorio cada vez mĆ”s atento estĆ” Blythe Masters. Es apasionada y tiene un don para las matemĆ”ticas. Ā«Me fascinaban…Ā”ExigĆan tanta creatividad!Ā», recordarĆa. Blythe Masters inventarĆ” las derivadas mĆ”s salvajes que se conocen:Ā las permutas de incumplimiento crediticio o CDS (credit default swaps), por sus siglas en inglĆ©s. Con el tiempo, ese instrumento se llevarĆ” por delante como un tsunami el sistema bancario mundial.
Por supuesto, Masters no pretendĆa dejar la economĆa del planeta hecha un solar. Las CDS tenĆan como primer objetivo sacar de un apuro a JPMorgan. La banca prestaba mucho dinero a la petrolera Exxon. Un gran cliente. Y muy fiable hasta que aquel barco se hundió en Alaska. Estaba pendiente de un juicio y se enfrentaba a la mayor sanción de todos los tiempos por un desastre ecológico. Y, en estas, Exxon pidió una nueva lĆnea de crĆ©dito. Se mire como se mire, aquello era un marronazo para JPMorgan por partida doble. Primero, porque no querĆa perder la cuenta de Exxon, pero corrĆa el peligro de no recuperar lo prestado si la petrolera se declaraba en quiebra. Y segundo, porque debĆa reservar ingentes cantidades de dinero para cubrirse ante semejante eventualidad, dinero inmovilizado y, tanto, inĆŗtil. Al fin y al cabo, el negocio de cualquier banco es dar crĆ©ditos y cobrar intereses.
La idea de Blythe Masters parece sencilla. ĀæCómo me puedo proteger de un riesgo? EndosĆ”ndoselo a otro. AsĆ funcionan las compaƱĆas de seguros. Masters inventó una especie de póliza de seguros financiera. Y JPMorgan convenció a una institución tan respetable como el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo para que suscribiese esa primera CDS, la semilla del diablo… El acuerdo era el siguiente: el organismo recibĆa una generosa compensación anual por el riesgo que asumĆa ‘avalando’ la cuenta de Exxon. Claro que, si la petrolera se declaraba en quiebra, tendrĆa que asumir el pago del agujero que dejase.
De una tacada, en JPMorgan no solo respiraron tranquilos; tambiĆ©n podĆa presumir de unas cuentas envidiables, con el balance saneado como por arte de magia… Y que fluya el crĆ©dito de nuevo. Masters y sus colegas siguieron afinando la herramienta hasta conseguir un producto que llamaron bonos Bistro. Esos bonos se sirven de las derivadas para hacer dos cosas: una, trocear el riesgo en pedacitos hasta hacerlo irreconocible; y dos, pasarle el riesgo a un tercero, como si fuera una patata caliente. Y ese tercero, a un cuarto… Y asĆ sucesivamente. Cada vez, mĆ”s pedacitos y mĆ”s inversores.
Una patata con una apariencia muy jugosa que todo el mundo querĆa zamparse. El gran problema de las derivadas es que, a diferencia, de las pólizas de seguros, el que las suscribe no sabe lo que estĆ” comprando ni dónde se estĆ” metiendo. Ese fue el sistema que utilizaron los bancos para disfrazar sus hipotecas basura, aquellas que sabĆan que no iban a recuperar porque se las estaban dando a gente que no podĆa pagarlas. Ā”Pero quĆ© importaba si otra entidad las iba a avalar reconvertidas en un elegante bono Bistro, asumiendo el riesgo y generando de paso un buen pellizco!
Cuando el tinglado se vino abajo, el mercado total de derivadas era tan vasto que rondaba los 700 billones de dólares, cuando la economĆa mundial solo produce bienes y servicios por valor de 70 billones. Todos aquellos papelitos que habĆan servido para que los bancos presentasen unos balances falsamente saneados no valĆan nada. Finalmente, los que pagaron el pato fueron los que no habĆan firmado ningĆŗn papelito ni sabĆan que existĆan, pero a los que los gobiernos les endosaron el papelón de rescatar a sus bancos: los contribuyentes.
ĀæSe arrepiente Masters de su invención? La respuesta es ‘no’.Ā» No se puede culpar a una herramienta del buen o el mal uso que se haga de ellaĀ». Y sus colegas utilizan argumentos similares:Ā Ā«Cuando hay un accidente de trĆ”fico, a nadie se le ocurre pedir que se prohĆban los cochesĀ». AsĆ que, en realidad, todos siguen jugando con los productos de riesgo. Y en cuanto a la posible ‘caĆda’ de Masters, no hay mejor sĆmil que sus caĆdas hĆpicas. Masters es una experta amazona y participa en concursos de hĆpica. En 2009 sufrió una aparatosa caĆda de su montura y se rompió una pierna. En cuanto le quitaron la escayola, volvió a competir.
Si crees que fue dura la crisis de 2008, prepƔrate...
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