No es una leyenda negra. Miles de emigrantes sin recursos venden un riñón o parte de su hígado para alimentarse, saldar deudas o pagar el viaje que los lleve a Europa. Los compradores son norteamericanos, europeos… Se lo contamos. Por Carlos Manuel Sánchez

Oferta y demanda. Esa es la ley que rige los mercados. Y el del tráfico de órganos no es una excepción. Se calcula que en el mundo hay dos millones de personas que necesitan un trasplante. Sin embargo, cada año solo se practican unos 126.000. Así pues, la demanda supera a la oferta en una proporción abrumadora: de cada 16 enfermos que necesitan un trasplante, solo uno lo recibe.

Más de 20.000 sirios han vendido un riñón desde que empezó la guerra. De repente tienen un valor. No como seres humanos, sino como mercancía ‘troceable’

Esta escasez mundial de órganos es un drama… Y también un nicho de negocio. Las guerras, el hambre y la pobreza han desplazado a 65 millones de personas, según el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados. Sin papeles, vulnerables, invisibles… Muchos son chavales jóvenes y sanos, y también hay muchas madres solteras. Sus posibilidades de integrarse en la economía de los países a los que llegan son reducidas. No tienen apenas opciones en el mercado laboral, pero sus órganos sí que tienen un valor en el mercado.

¿Hablamos de precios? Por un trasplante de páncreas se pagan entre 80.000 y 100.000 euros; 125.000 por un hígado, 25.000 por una córnea, hasta 130.000 por un corazón. Pero la inmensa mayoría del tráfico ilegal de órganos se dedica a los riñones. Es una operación rápida; cuatro horas. El órgano se limpia y se vuelve a implantar antes de una hora. Precio: 50.000 euros. Eso es lo que le cuesta al trasplantado. El donante solo recibe entre 2500 y 4000 euros. Los intermediarios, como ocurre casi siempre en las transacciones ilegales, son los que se lucran. El Papa Francisco lo ha calificado como una «moderna forma de esclavitud».

Una leyenda negra hecha realidad

Sudaneses, iraquíes, sirios, somalíes o eritreos, de repente, tienen un valor. No como seres humanos, sino como mercancías ‘troceables’. Los compradores de esos ‘pedazos’ son saudíes, rusos, estadounidenses, canadienses, japoneses, australianos, europeos… Las operaciones se realizan en Egipto, Turquía, Pakistán, la India, Filipinas… Los enfermos llegan allí como falsos turistas. Compradores y vendedores tienen un par de cosas en común. Una: sus órganos deben ser compatibles. Dos. la desesperación. Los unos, por no morirse; los otros, por sobrevivir.

La Organización Mundial de la Salud calcula que cada año se realizan unos 12.000 trasplantes ilegales, el diez por ciento del total. Es una cifra muy conservadora. Pero hace una década todavía se pensaba que este asunto no era más que una leyenda negra. Erradicar esta lacra es el objetivo del Grupo Custodio de la Declaración de Estambul, una red mundial de profesionales sanitarios, policías y juristas. La española Beatriz Domínguez-Gil es su copresidenta. «En este momento, Egipto es uno de los puntos calientes del tráfico de órganos, donde las mafias abusan de la situación desesperada de los refugiados para poder pagarse su camino a Europa», advierte Domínguez-Gil, que también dirige la Organización Nacional de Trasplantes.

Un mercado sin regulación posible

El caso de Egipto ofrece una instantánea de la situación mundial. Desde 2010, el tráfico de órganos en Egipto es ilegal. En todo el mundo lo es, excepto en Irán, que tiene su propio sistema de compraventa regulado. En Egipto, por prejuicios religiosos, no hay apenas donaciones de personas fallecidas. Los Hermanos Musulmanes, que dominan el Sindicato Médico, consideran que el alma de los pacientes en estado de muerte cerebral todavía no ha abandonado el cuerpo. Así pues, los trasplantes dependen de donantes vivos. Hay decenas de clínicas privadas que realizan estas operaciones.

Perseguir este tráfico es complejo porque cada operación implica a varios países y porque los pagos se fraccionan a través de Internet

Se recluta a los donantes -sobre todo, sudaneses- en los mercados y cafeterías. O bien -cuando se trata de sirios- son las redes turcas las que los traen desde los campos de refugiados y suburbios del Líbano y Jordania… Se les realizan los análisis y pruebas diagnósticas y se los empareja con un comprador compatible. Más de 20.000 sirios han vendido un riñón desde que empezó la guerra civil en 2011, según la Universidad de Damasco.

Las redes se las arreglan para ‘blanquear’ los órganos. En Egipto no es legal la venta, pero sí pagar por organizar un trasplante. El hospital solicita antes el visto bueno a la operación, enviando al comité ético del Colegio Médico de Egipto los documentos del paciente y del donante y especificando que se trata de una donación altruista. Entre los del supuesto donante figura una declaración de consentimiento firmada, además de un formulario que exonera a la clínica de posteriores acusaciones. Para el trasplantado, el riesgo de rechazo del órgano es alto. Las secuelas para el benefactor son dolores, hemorragias, infecciones… Muchos no podrán volver a trabajar.

«Los hospitales egipcios realizan diez o doce operaciones semanales. Un millón de dólares de beneficio. Y si se repite todas las semanas, supone 15 millones de dólares anuales para cada cirujano», asegura Campbell Fraser, investigador de la Griffith University de Australia, en declaraciones al semanario italiano L’Espresso.

¿Alguna esperanza?

La Interpol tiene serios problemas para perseguir este tráfico, porque es transnacional y hay muchos conflictos de jurisdicción. Además, los pagos se fraccionan en pequeñas cantidades y se efectúan con servicios de envío de dinero como Money Transfer, difíciles de rastrear. Los anuncios de venta de órganos en las redes sociales que tanto proliferaron dejan un rastro digital que ayudaría a los investigadores, así que ahora la mayoría son fakes. No obstante, los foros protegidos de Internet y las aplicaciones de mensajería -encriptadas- sirven para un primer contacto entre compradores potenciales y ‘proveedores’.

También hay buenas noticias, o por lo menos buenas intenciones… China se ha comprometido a dejar de poner en el mercado los órganos de los presos ejecutados, aunque los expertos dudan de que la transición a un sistema más ético y transparente sea rápida. Y España ha presentado ante la ONU un proyecto para luchar contra este fenómeno que consiste en extender el modelo español al mayor número de países. Hay que tener en cuenta que nuestro país -donde más del 90 por ciento de los pacientes que necesitan un órgano lo consigue a tiempo- es una auténtica rareza. Lidera desde hace 26 años las donaciones y trasplantes en el mundo (con porcentajes que cuadruplican los de Alemania y duplican los del Reino Unido). «Es un modelo que funciona bien -explica Domínguez Gil- porque está basado en la autosuficiencia de órganos, la solidaridad de la gente, un buen marco legal y la implicación de los profesionales». Un modelo, ojalá, exportable.

ALÁ TE HA DADO LOS RIÑONES

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En el mundo musulmán, los trasplantes de alguien en estado de muerte cerebral no están bien vistos por razones religiosas. Todas las donaciones tienen que ser de personas vivas, lo que aumenta la carencia de órganos y favorece el mercado ilegal. Para vencer las reticencias religiosas de los donantes, las redes mafiosas que captan a los refugiados en Irak y el Kurdistán iraquí tienen un argumento convincente: «Alá te ha dado dos riñones. Si un hermano musulmán necesita ayuda, puedes darle uno». Para hacerlo legalmente, el receptor debe ser un familiar. Por eso, las redes falsifican un certificado de parentesco. En este caso, los compradores suelen ser saudíes, cataríes y turcos. El ISIS también ha utilizado el tráfico de órganos para financiarse. Se sirve para ello de una fetua -pronunciamiento legal de una autoridad islámica- que autoriza desde 2015 la extracción de órganos a prisioneros e infieles antes o después de la muerte. La fetua dice así: «No hay duda de que los hospitales musulmanes se ven sobrepasados con enfermedades incurables […]». En este contexto, «trasplantar órganos de un apóstata a un musulmán es permisible […]. Y no está prohibida la extirpación de órganos que puedan acabar con la vida de un cautivo».

El analista iraquí Hisham al Hashimi ha denunciado trasplantes de córnea y otros órganos realizados en Mosul con condenados a muerte. Sin embargo, las noticias del asesinato de doce médicos iraquíes que se habrían negado a llevar a cabo estas operaciones y del hallazgo de decenas de cadáveres abiertos y con las cuencas de los ojos vaciadas no han sido confirmadas.