¿Qué harías con 810 euros más al mes?

El inversor más influyente de Silicon Valley, amigo de Elon Musk y Peter Thiel, quiere saberlo. Para ello, Sam Altman está realizando un experimento sociológico a la altura de sus éxitos financieros. Por Carlos Manuel Sánchez

Mil quinientas personas recibirán gratis 1000 dólares (810 euros) durante tres o cuatro años.
Una buena idea, hasta que la miras de cerca…

Salt Altman quiere dar dinero gratis a sus conciudadanos… A cambio de nada. Trabajen o no. Sean ricos o pobres; blancos, negros o hispanos. Sin condiciones. La gente podrá gastárselos en lo que quiera. No lo hace por generosidad. ¿Entonces? Lo hace, dice, para salvar el capitalismo.

Sam Altman

Y quién es Sam Altman? Para unos, un visionario. Para otros, «un idiota», por mencionar una de las lindezas que ha cosechado en la prensa estadounidense. Pero nadie le discute que, a sus 32 años, Altman es el inversor más influyente de Silicon Valley. Su incubadora de start-ups -Y Combinator– ha financiado a compañías tan exitosas como AirBnb, Dropbox y Reddit, por citar solo tres de las 1464 empresas que ha ayudado a crear, y cuyo valor total ronda los 80.000 millones de dólares.

Los beneficiarios se eligen por sorteo. El único requisito es que sean ‘Millennials’, los más expuestos a perder su trabajo por los robots

Ahora, un equipo de investigadores de Y Combinator emprende el primer gran experimento sobre renta básica universal en Estados Unidos. Y que supera en ambición a los ensayos que ya se están llevando a cabo en cualquier otro país. Unas 1500 personas recibirán un salario básico universal de mil euros al mes durante tres a cinco años (otras 1500 recibirán solo 50 dólares, será el grupo de control que servirá para comparar).

Los beneficiarios se eligen por sorteo en dos ciudades de dos Estados diferentes, que se mantienen en secreto para proteger su privacidad y no contaminar los resultados. El sorteo no es puro. Se procura que haya un 50 por ciento de hombres y de mujeres; y al menos un 20 de cada minoría racial. Estarán representados todos los estratos económicos, con una mayoría de clase media. El único requisito es tener entre 21 y 40 años, es decir, estar en el rango demográfico de los millennials, porque son ellos los que deberán plantearse, en el futuro, si la renta básica les merece la pena en caso de que los robots les dejen sin trabajo.

Iniciativa privada

El estudio está dirigido por Elizabeth Rhodes, doctora en Trabajo Social por la Universidad de Míchigan, que ha sido contratada por Y Combinator Research, pero no está impulsado por ninguna universidad (aunque la de Stanford lo supervisa) ni por el Gobierno. No piden ayuda oficial… ni la quieren. Es puro Silicon Valley. Y Combinator ya realizó en 2016-2017 una experiencia piloto en Oakland (California) con un centenar de personas. Pero ahora va a lo grande. Costará más de 60 millones de dólares. «Nuestro plan es medir cómo emplearán su tiempo y su dinero los individuos que reciban la renta básica, cómo influirá en su salud, cómo afectará a sus hijos… Si los ayudará o no a prosperar en una sociedad donde los ingresos son cada vez más inciertos», explica Rhodes.

Por ejemplo, ¿la gente dedicará menos tiempo al trabajo y más a su familia?, ¿abandonará el mercado laboral?, ¿aceptará trabajos mal pagados? «Los críticos de la renta básica señalan que el empleo da sentido a nuestras vidas y las estructura a largo plazo. Y que reducir la necesidad de un trabajo remunerado puede tener consecuencias negativas para el bienestar psicológico y la productividad. Queremos documentar cualquier cambio. Recibir esos mil dólares extra les hará sentir menos estresados? Comprarán comida sana? Se apuntarán al gimnasio? También queremos saber si les afectará políticamente; si cambiarán su voto. Si dedicarán más horas al voluntariado… Y si se reducirá el crimen».

«Y Combinator Research no defiende la renta básica. Somos investigadores, no propagandistas», aclara Rhodes. Tampoco se trata de reemplazar la seguridad social, solo de ver si la gente gastará esos 12.000 dólares anuales de manera sensata. No es una cifra suficiente para vivir con desahogo, pero quizá sí para mejorar la calidad de vida».

Hay muchos que ven con suspicacia la iniciativa

Se cuestiona la opacidad de la investigación. No se revelará nada hasta haber completado el estudio. Y qué intereses hay detrás? La crítica de fondo es que la renta básica es la consecuencia natural de un modelo de negocio que está imponiendo Silicon Valley. Lo que se ha venido a llamar la ‘uberización’ de la economía. Un modelo que condena a una generación a ser conductores de Uber, repartidores de Amazon… O a trapichear con las migajas de la economía colaborativa. Y poco más. Un modelo basado en la flexibilidad, por no decir la precariedad, absoluta de la fuerza laboral. Y con el espectro de la automatización en el horizonte, que dejará el mercado de trabajo hecho un erial. «Vivimos una era extraña, rica en innovación y pobre en progreso», escribe Anand Giridharadas en The New York Times. La renta básica sería una tirita en la hemorragia que sufre el sistema económico vigente. Y la defiende gente como Mark Zuckerberg, de Facebook, y otros billonarios que están dinamitando ese sistema.

No los apoya el Gobierno ni ninguna universidad. Los críticos ven oscurantismo en el experimento y el deseo de dinamitar el sistema tal y como lo conocemos

En el caso concreto de Y Combinator, se critica también el sesgo libertario. Al fin y al cabo, Sam Altman y Peter Thiel -el gran apóstol de esta corriente- son íntimos amigos. Y la renta básica propone dar una cantidad a cada ciudadano, por el mero hecho de vivir, para que cada cual haga de su capa un sayo. Dedicar algo a sanidad, algo a educación y, de paso, algo a mantener el consumo sería lo ideal. Lo que harían los listos. En el fondo, los libertarios creen en una oligarquía de la inteligencia. Confiad en nosotros, que sabemos de qué va esto, vienen a decir… David Freeman desmonta esta presunción en el MIT Technology Review. «La renta básica parece una buena idea, hasta que la examinas con detenimiento… Es innecesaria. Los programas sociales podrían expandirse: sería más barato y seguiría colocando el foco en proporcionar trabajo e incentivos para buscarlo. Dar dinero gratis puede tener un efecto perverso. Que la gente no quiera trabajar… ¿Por qué gastar tantos recursos en invitar a la gente a salirse del mercado laboral?», se pregunta.

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