Cada noche, un grupo de guardia civiles libra en el Estrecho una batalla contra el narco. El escritor Lorenzo Silva se sube a una patrullera para contarnos que se cuece en la grieta del mundo, el escenario de su nueva novela ‘Lejos del corazón’*Fotografías Carlos Carrión

“Esto es la grieta social al borde de la grieta del mundo: para hartarse de rodar películas”. Lo dice un personaje de ficción en cierto pasaje de Lejos del corazón, la novela que ha llevado una y otra vez a quien firma estas líneas a la zona del Estrecho en los últimos tiempos. No es una frase que le haya oído, tal cual, a ninguna persona de carne y hueso, y a la vez condensa el sentir y el parecer recogido de labios de varias, tras comentar con ellas la realidad presente de este Campo de Gibraltar que todas, por razones profesionales, conocen con alguna profundidad.

Ellos hacen lo que pueden con lo que tienen. Es a otros a quienes toca decidir, o no, dotarlos de más y de mejores recursos

La angosta ‘calle de agua’ que separa o que une -a gusto del consumidor- la orilla meridional de Europa y la septentrional de África, con sus 900 metros de profundidad máxima y sus 14,3 kilómetros de anchura mínima, es hoy un escenario en ebullición constante. Allí, los que se dan al azar de la delincuencia -y sus alrededores- y sus antagonistas, los defensores de la ley, llenan cada día y cada noche de encuentros e incidentes. Para atestiguarlos, nos embarcamos en una patrullera del Servicio Marítimo de la Guardia Civil de la comandancia de Algeciras, desde la que se tiene una perspectiva única de la historia, en su mismo centro: esa lengua de agua en la que se abrazan el Atlántico y el Mediterráneo y donde se cuece y sucede casi todo.

Narcos en el Estrecho

Lorenzo Silva en la patrullera de la Guardia Civil de la comandancia de Algeciras

La tripulación la forman cuatro hombres, el patrón, de Algeciras, y tres guardias que vienen de Málaga, donde tienen además su domicilio. Los turnos peculiares del Servicio Marítimo, con 24 horas de trabajo ininterrumpido y tres días de libranza, les permiten esta flexibilidad. Cuando se les comenta que no parece mal arreglo, uno de ellos se encoge de hombros: «Al principio parecen un mundo, los tres días libres, pero si tienes en cuenta que los dos primeros te los pasas recuperándote de la paliza del día entero de servicio, luego no dan para tanto». Y es que la labor que tienen es mucha, como pronto vamos a ver. Sus funciones de vigilancia cubren de manera simultánea el narcotráfico de hachís desde la costa africana, el febril contrabando de tabaco desde el vecino Gibraltar, la inmigración ilegal desde África -con su dimensión delictiva, los traficantes, y su vertiente humanitaria, los inmigrantes que una y otra vez quedan a su suerte en embarcaciones precarias en las traicioneras aguas del Estrecho- o la pesca ilegal.

El piloto de una lancha con hachís puede ganar 20.000 euros en una noche. Los vigías de los narcos apostados en la costa, 1000 euros por unas horas

Todo ello, en una de las vías marítimas más transitadas del mundo, por donde pasa buena parte del tráfico entre Occidente y Oriente, junto a uno de los puertos, el de Algeciras, con mayor volumen de trasiego de mercancías -y punto caliente para el negocio de otro narcotráfico, el de cocaína-. A lo que hay que sumar la realidad socioeconómica de una comarca donde el paro juvenil alcanza cifras de récord, la formación se halla por debajo de la que sería deseable y el hábito de la economía informal, al calor de las ingentes sumas de dinero negro que generan los tráficos ilícitos, lo distorsiona todo

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Una planeadora con narcos huye tras ser sorprendida

Un par de cifras para entenderlo: el piloto de una lancha dedicada al tráfico de hachís puede ganar fácilmente 20.000 euros en una noche, mientras que los ‘puntos’, los vigías apostados en la costa para avisar a los narcos de los movimientos de las fuerzas de seguridad, ingresan 200 euros por unas horas de vigilancia, que pueden elevarse a 1000 si por su zona de cobertura se introduce un alijo.

No tardamos mucho en encontrar sobre el agua dos pistas de lo que allí acontece

A la salida de la bahía de Algeciras se recibe el aviso del SIVE (el Servicio Integral de Vigilancia Exterior, la red de cámaras que vigila el Estrecho) de la presencia de dos planeadoras más allá de Gibraltar. Son embarcaciones de hasta 1600 caballos de potencia que pueden alcanzar con facilidad los 60 nudos (111,12 kilómetros por hora), el doble de la velocidad punta de la patrullera de la Guardia Civil. Permanecen siempre en el agua, donde se reaprovisionan de víveres y combustible y se relevan sus tripulaciones, para evitar que las fuerzas de seguridad las incauten en tierra.

En tanto llega el momento de cargar y alijar, se mantienen así a la expectativa, lo que genera alguna situación cómica, como la vez en que, recuerda nuestro patrón, vieron una de ellas inmóvil y con una tienda de campaña sobre la cubierta, se acercaron y sorprendieron a los narcos completamente fritos.

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Puesto de mando de una de las patrulleras que vigilan el estrecho de Gibraltar

Salvo en este caso, o cuando la lancha tiene un problema mecánico, es impensable que capturen a sus tripulantes. Sin embargo, la patrullera pone proa a la primera de ellas para obligarla a cambiar de posición. Llevamos los prioritarios encendidos, lo que en condiciones normales indica que tienen obligación de esperar a que los agentes suban a inspeccionarlos, pero para los que van en la lancha eso no significa absolutamente nada. Cuando nos acercamos, arrancan los motores y navegan hacia mar abierto; tampoco demasiado deprisa, solo con el margen de velocidad suficiente como para que la patrullera no pueda alcanzarlos. Tras alejarlos de la costa, el patrón se dirige hacia la otra lancha, con la que se repite idéntico ballet. Cuando la patrullera vuelve hacia la línea costera, descubrimos de pronto que una de las dos lanchas se ha acostado a un gran portacontenedores que está al pairo en el Estrecho; en su lado de sombra, de forma que resulta casi invisible por culpa del contraluz. Pero los ojos del patrón, aguzados en la búsqueda, incluso en la noche, de cualquier punto que rompa el horizonte marino, la detectan al instante. Volvemos a hostigarla y se ven forzados a irse, con visible contrariedad, del cómodo apartadero en el que se habían guarecido. Uno de los que están en la lancha llega a hacernos señas para mostrarnos que la cubierta está vacía, que no llevan droga. Al final tienen que poner proa hacia Marruecos y abandonar esa zona de confort. Es todo lo que se puede hacer contra ellos.

El sol declina y el fastuoso atardecer del Estrecho inunda el puente de la patrullera con su luz anaranjada.

Llega la noche, cuando comienza la verdadera actividad

Antes de que la oscuridad sea completa, patrullamos hasta el límite de la demarcación, situado en la frontera entre las provincias de Cádiz y Málaga, y luego regresamos hacia el puerto de Sotogrande, a donde nos acogemos brevemente para cenar. El fotógrafo y el redactor no han tenido la precaución de traer comida y han de bajar a tierra para comprar un sándwich en un bar del puerto, repleto de ingleses que miran en la tele el partido del Liverpool. Al regresar a la patrullera, amarrada al final del muelle atestado de yates, en la noche clara y batida por un viento suave que acaba de rolar a poniente, es imposible no tener una extraña sensación, la que produce la convivencia de aquel lujo apacible con la frenética y codiciosa lucha que se desarrolla en las aguas adyacentes. Junto a la patrullera, con sus luces verdes encendidas, el patrón se echa un pitillo. Nos recuerda alguna operación que ha tenido lugar en ese mismo paraje. Algún apartamento de postín que era una guardería de droga, algún barco de recreo que era en realidad un transporte de cocaína o hachís. Nos dice que también allí hay un ‘punto’ que nos vigila e informa a los narcos. Por eso no paramos allí más tiempo del imprescindible, y siempre pendientes de que desde el COS (el Centro Operativo de Servicios) llegue algún aviso que obligue a hacerse rápidamente a la mar.

Paramos a cenar en Sotogrande. Pero solo lo imprescindible. Aquí, dice el patrón, hay alguien que nos vigila e informa a los narcos

Lo que sigue es la agitación de una noche cualquiera en el Estrecho. Vamos en primer lugar hacia la playa de la Atunara, donde empieza ya el trasiego de tabaco desde Gibraltar, en planeadoras mucho más pequeñas que corren paralelas a la costa, muy cerca de la arena, y a las que por falta de calado es imposible interceptar. Vemos enseguida la primera descarga: cómo la lancha embarranca, se acercan por sus dos costados los porteadores, la vacían en un santiamén y, mientras ellos corren como gamos hacia las casas donde guardarán el tabaco, cómo los dos que van en la zódiac vuelven a echarla al agua y salen a toda velocidad. Los vamos siguiendo desde tan cerca como es posible, acosándolos con el foco y acechándolos con el visor de infrarrojos y la cámara térmica que permite distinguirlos como si fuera de día. Impresiona ver al que va en la proa, equilibrando la embarcación y dando botes sobre las olas de un mar que para su fortuna hoy no está demasiado picado. Al final regresan a Gibraltar y ocultan la barca, con ayuda de varios cómplices situados allí, tras las rocas de una de las exiguas calas del lado oriental de la Roca. Allí se disponen a esperar nuestra marcha.

narco en el Estrecho

Sucede entonces algo que a los pasajeros nos sorprende: se acerca una lancha de Aduanas de Gibraltar, cuya tripulación se comunica cordialmente con los guardias civiles. Se les señala la presencia de los contrabandistas y los llanitos toman nota y no solo van a ver, sino que avisan a sus patrullas de tierra. Pronto se ve la luz de unos faros en la costa. El contrabando de tabaco es un gran negocio para Gibraltar, que lo importa de Canarias, toda una paradoja, para que luego sea reintroducido de forma ilegal en territorio español. Se dice que por eso no lo estorban nunca, pero esa noche asistimos a una excepción. Y no va a ser la única. «El brexit», comenta sonriente nuestro patrón.

El tráfico de tabaco es un gran negocio para Gibraltar, que lo importa de Canarias, y lo reintroduce de forma ilegal en España

Tras una larga sesión de hostigamiento a los contrabandistas de La Línea, los guardias civiles se conciertan con otra lancha gibraltareña, en este caso de la Policía, para tenderle una trampa a una planeadora que el SIVE detecta escondida tras el pantalán de la refinería de Cepsa de Gibraltar-San Roque. La patrullera española se acerca sigilosa y consigue por una vez sorprender a los narcos, que salen atropelladamente a mar abierto, donde se creen libres, pero se encuentran con la lancha gibraltareña, que tiene buena velocidad punta y los fastidia forzándolos a irse bien lejos de donde estaban pasando la noche.

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Hachís, tabaco, inmigración ilegal, pesca furtiva… Las patrulleras de la Guardia Civil recorren sin parar la zona del Estrecho

Poco después se recibe la orden de regresar al límite de la demarcación, en las proximidades de Estepona. Allí hay que aguardar instrucciones y la noche se vuelve tediosa, solo interrumpida por el sonido en la radio de los avisos que se reciben en el COS y que dan cuenta de la noche en el Campo de Gibraltar: una mujer ebria está golpeando a su marido, en una casa se ha declarado un incendio. Esperamos y esperamos y no pasa nada, hasta que llega la hora en que el patrón pide permiso para devolvernos a puerto, porque si lo demoramos mucho más acabaremos perdiendo el avión que tenemos que tomar a primera hora en Jerez. Se le concede el permiso y nos despedimos de los marineros de la Benemérita que nos han permitido compartir su rutina. Esta noche no ha caído nada, pero luego leemos, en los periódicos, que a la noche siguiente se ha concretado al fin la operación por la que nos ordenaron esperar, con la aprehensión de cientos de kilos de droga y de varias embarcaciones.

Lorenzo Silva narcos en el Estrecho

Un submarinista recoge dos fardos de hachís arrojados al mar por narcos acosados por la Guardia Civil

Es una pequeña parte de lo que circula, y ellos lo saben, pero hacen lo que pueden con lo que tienen. Es a otros a quienes toca decidir, o no, dotarlos de más y de mejores recursos, y poner coto, o no, al flujo que envenena la grieta del mundo.

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