Pese a la guerra, familias y profesores intentan dar alguna alegría a los niños en las zonas controladas por Al Qaeda. Por Fernando Goitia

Los habitantes de Idlib, en el noroeste sirio, conocen como pocos el significado de la palabra ‘guerra’. Foco significativo de la rebelión que, en 2011, desató la guerra civil en Siria, la ciudad -y sus ciudadanos, claro- ha pasado por manos rebeldes, fue reconquistada por el Gobierno y cayó después bajo el dominio de la rama de Al Qaeda en Siria.

Sus vidas han transcurrido entre combates, bombas y lluvias de proyectiles

Esta facción es su actual regidor, parte de las escasas fuerzas que aún resisten al régimen de Bashar al-Asad. El frente aquí es lo suficientemente estable como para permitirse celebrar la fiesta del Eid al-Fitr (la ruptura del ayuno del Ramadán).

Por tradición, los niños reciben presentes de sus seres queridos como símbolo de amor. Este año, el regalo consistió en este ‘chiquitrén’ arrastrado por una pick-up que, a modo de recorrido turístico, les permitió conocer las calles destruidas de su patria chica. Acostumbrados a este paisaje, para los escolares fue un raro momento de paz en sus vidas, transcurridas íntegramente entre combates, bombas y lluvias de proyectiles.

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