You tube, tú tubas, él roba

Artículos de ocasión

orprendió la incapacidad del Parlamento Europeo para terminar de negociar la nueva Ley de Propiedad Intelectual. Las interferencias de los grandes grupos de intereses propiciaron un clima de atasco que acabó por descarrilar la reforma planteada. Es habitual que todo lo que tiene que ver con la cultura tenga un proceso accidentado. Nunca se ha conseguido priorizar en la sociedad, al contrario de lo que sucede con la industria o la empresa, que sí son considerados sectores principales en el desarrollo. ¿De dónde arranca esa disfunción? Pues arranca desde el mismo lenguaje donde expresiones como «vivir del cuento», «no te montes películas» y «no hagas teatro» definen un subconsciente teñido de desprecio hacia los profesionales creadores. Ese subconsciente se hace evidente cuando desemboca en los legisladores. Los sistemas tributarios aún en España siguen humillando a los creadores. Si están jubilados de sus trabajos, esos empleos que les permitieron dedicarse a la literatura o al arte de los que no obtenían lo suficiente para mantener a la familia, están vetados a la creación. Del mismo modo, la fiscalidad nacional sigue exprimiendo a cualquier creador que tarda cuatro o cinco años en poner en pie una obra personal y valiosa, pero que ha de liquidarla en el año de venta o explotación, lo que le niega las particularidades de su proceso laboral lento y elaborado.

El resultado es una especie de marginación secreta, de arrinconamiento que se traslada a la valoración social. La sospecha se instala sobre su modo de vida. Como nada es más amargo que vivir en la queja, el sentido común aconseja vivir de espaldas a todo esto y finalmente toca persistir sin tener en cuenta para nada el contexto en el que desarrollas tu labor. Pero la expresión del bloqueo en el Parlamento Europeo inclina a pensar que con el paso del tiempo aún vamos a peor. La entrada en juego de las grandes plataformas mediáticas creadas en Silicon Valley ha impuesto un monopolio de la explotación creativa que es inédito. Nunca antes toda la comunicación creativa ha estado en manos de tan pocos agentes, y los recursos que extraen de la tarea de músicos y artistas son gigantescos, pero el pago que dejan por ellos comienza a ser ridículo. Las plataformas musicales tiran calderilla a los compositores mientras en la sociedad afianzan la idea de que escuchas las canciones a través de su sistema o mejor renuncia a esos placeres.

Uno de los casos más sangrantes del bloqueo en el Parlamento Europeo ha tenido que ver con YouTube, la plataforma de vídeos que se ha hecho hegemónica y, para pasmo de quienes valoran la calidad de escucha, es el rincón en el que más música se escucha del mundo. En ese contenedor de dimensiones asombrosas no existe apenas control de calidad ni de propiedad intelectual. Conté hace poco cómo encontré allí un vídeo en el que alguien había grabado del televisor una película sueca y la colgó para consumo general. De fondo se escuchaban los ronquidos del señor y tan contentos en YouTube con esa exhibición de préstamo cultural. Infringir la propiedad intelectual sale gratis, frente a cualquier otra quiebra de la propiedad privada. Lo que la nueva ley pedía a la plataforma es que trabajara activamente para identificar al propietario legal del material que se le depositaba, algo a lo que se niega.

En una espiral de caradura casi enternecedora quienes ven su material robado colgado de esa plataforma pueden emprender un proceso trabajoso de identificación para lograr apartarlo de ese mercado salvaje. El mayor problema es que, una vez acreditada la propiedad de una empresa sobre ese material y retirado de la visión general, en una hora alguien puede volver a colgarlo y la plataforma se lava las manos. Torna a comenzar el proceso kafkiano de identificación de dueño y las semanas de papeleo hasta lograr retirarlo. Y así hasta que la parte débil se cansa del juego y tira la toalla. El mundo cultural tiró hace mucho tiempo la toalla porque percibió que en la política no hay la menor actitud de colaboración. El resultado es la implantación de los monopolios más enormes que ha conocido la economía humana en sus siglos de historia, el feudalismo de una Edad Media digital.