La paz entre el gobierno colombiano y las FARC parecía un triunfo de la democracia. Al presidente le dieron el premio Nobel y la guerrilla se convirtió en partido político. Tres años después, sin embargo, algunos guerrilleros han vuelto a tomar las armas. Un periodista ha logrado introducirse entre estos combatientes de la selva. Por Juan Moreno / Fotos: Federico Ríos Escobar (New York Times / Contacto)

El hombre que quiere traer de nuevo la guerra a Colombia es un tipo con perilla, ojos oscuros y una pistola de nueve milímetros al cinto. Se llama Danilo Alviuz y lleva pantalones de camuflaje, una camiseta del Che Guevara y botas de goma. «Es un momento histórico», asegura dejándose llevar por el entusiasmo.

Nos encontramos en algún lugar de la espesa jungla que cubre el sur de Colombia, no muy lejos de Ecuador. Frente a él forman hombres y mujeres de uniforme y con armas automáticas. El calor es sofocante.

Alviuz comanda un grupo de combate de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la guerrilla que hace tres años firmó la paz con el Gobierno tras cuatro décadas de insurgencia. Terminada la guerra en la jungla, Alviuz se instaló en Bogotá con un puesto en el nuevo partido de las FARC. Así pudo conocer de cerca el mundo de la política. Y lo que vio no le gustó. Por eso sus guerrilleros se están concentrando ahora en Putumayo, una región de difícil acceso donde ‘el patrón’ Pablo Escobar cultivaba coca en los años setenta y ochenta.

Dice Alviuz que su país se halla sumido en el caos, que los narcos controlan la selva y que los campesinos son tan pobres como antes. Se siente traicionado por un Gobierno que les prometió reintegrarse en la sociedad. Alviuz y sus camaradas están furiosos. La paz les desmoraliza y entumece. Quieren que vuelva la guerra. Y es una posibilidad más probable cada día.

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Tras la revista matinal, el grupo empieza su rutina diaria. marcha por la selva, flexiones y saltos, todo bajo un calor infernal

Danilo Alviuz llevaba 17 años combatiendo cuando, en 2012, se abrieron negociaciones con el Gobierno de Juan Manuel Santos. La guerra terminó el 23 de junio de 2016 con un alto el fuego y la firma de un tratado tres meses más tarde. El presidente recibió el Nobel de la Paz y las FARC se integraron en el sistema político. Parecía que estábamos ante una victoria de la democracia colombiana. La Unión Europea eliminó las FARC de su lista de organizaciones terroristas, mientras la comunidad internacional convertía Colombia en un destino turístico de moda.

Alviuz vivió en primera persona los engranajes de la política colombiana y observó cómo se rompían las promesas que les habían hecho. Los guerrilleros fueron perseguidos y asesinados, tanto por parte del narco como de sicarios. Los únicos que parecían estar respetando el alto el fuego, según Alviuz, eran las FARC.

CUANDO NO HAY ESTADO…

Alviuz llama a un hombre pequeño y nervudo que pasa a nuestro lado con una camiseta del Real Madrid. «Me llamo William Wallace -se presenta; es un apodo, referencia a un célebre personaje de Mel Gibson-. Me gusta Braveheart».

Es uno de los milicianos de Alviuz. ‘Miliciano’ es el término que usan las FARC para referirse a los combatientes que han de mantener una fachada civil. Wallace es un tipo tranquilo, tiene familia y se gana la vida como campesino. Unas veces lleva la pistola en la mano; otras, metida en los calzoncillos.

El que habla de más muere. El que deserta muere. Cuando controlan un territorio, sus habitantes deben obedecer. La pasta de coca solo se puede vender a los comerciantes que colaboran con las FARC

Los campesinos de la región viven casi exclusivamente del cultivo de la coca. En Putumayo, el Estado colombiano no tiene apenas presencia. Se limita a mandar soldados para que controlen las carreteras y arranquen plantas de coca, con lo que se ganan el odio de la gente. Este tipo de actuaciones facilita a las FARC su reasentamiento.

El miliciano toma un estrecho sendero que conduce al río, donde tiene amarrada una canoa. Arranca el motor fueraborda y navega, ya en plena noche, hacia su cabaña de madera. En la terraza están sentados sus tres hijos. Hay armas en el suelo. En una habitación, una joven guerrillera atiende a un camarada herido al que disparó hace dos semanas un grupo de delincuentes. Otra guerrillera cuenta que han aprendido a tratar y limpiar todo tipo de heridas en la selva. «Tuvimos aquí tres médicos de la ciudad, nos lo explicaron todo». Por desgracia, dice, existía el riesgo de que delataran a los guerrilleros. «Los tres me daban mucha lástima, pero los fusilamos».

Lo dice con frialdad, como si fuera lo más natural del mundo. La lección que se extrae de esta historia es que las nuevas FARC están tan poco dispuestas a andarse con miramientos, como las antiguas. En esencia, las cosas no han cambiado: cuando consiguen el control de un territorio, sus habitantes deben hacer todo lo que los guerrilleros les exijan.

La pasta de coca, la materia prima con la que se elabora el producto final, solo se puede vender a los comerciantes que colaboran con las FARC. El que habla de más y pone en peligro a la guerrilla muere. El que no deja el alcohol o la marihuana muere. El que roba cocaína muere. Y el que deserta muere.

Antes, no permitían que los campesinos fuesen a votar, pero en el futuro eso ya no será así; a fin de cuentas ahora hay un partido oficial de las FARC. Muchos de sus miembros rechazan en público el rearme, pero Alviuz no les cree. Está convencido de que, en su fuero interno, los diputados del partido se alegran de la vuelta a la acción. Y Alviuz conoce a la mayoría de ellos.

Colombia y las FARC, de vuelta al infierno

Los nuevos guerrilleros son muy jóvenes; muchos, menores de edad

Detrás de la casa de Wallace hay un campo de coca de alrededor de una hectárea, muy pequeño comparado con otros. Hay campesinos que tienen plantadas hasta 35 hectáreas. Cada una produce algo más de dos kilos de pasta de coca cada dos meses. Las FARC han fijado el precio del gramo en 2300 pesos, en torno a 60 céntimos de euro. Eso son más de 1200 euros por hectárea cada ocho semanas, una cifra fabulosa en Putumayo. Los jornaleros no ganan ni 10 euros al día.

El acuerdo de paz no ha puesto fin a las muertes. Activistas, líderes locales y agricultores que apoyaron a las FARC han caído por centenares. Por eso, los nuevos guerrilleros encuentran apoyo

Wallace no quiere volver a la selva, no quiere luchar más. Tenía 16 años cuando se unió a las FARC y ha combatido durante tiempo suficiente. En su nueva condición de miliciano, sin embargo, es probablemente uno de los hombres más importantes de la organización. Es el responsable de mantener la comunicación entre los cultivadores y los guerrilleros. Además, controla las finanzas. Sin él no habría una reedición de las FARC.

Él es la prueba de que la logística de los rebeldes va consolidándose y extendiéndose poco a poco. También de la fragilidad de la paz firmada en 2016. El acuerdo no ha puesto fin a las muertes. Los más afectados han sido quienes se acogieron a lo dispuesto por el tratado, a esas supuestas reformas que no eran del agrado de los terratenientes, ganaderos y empresarios. Activistas, líderes locales y pequeños agricultores, es decir, aquellos que durante décadas apoyaron a las FARC, han caído por centenares.

En 2018, Colombia eligió como presidente al conservador Iván Duque Márquez. Su gobierno ha hecho todo lo posible por sabotear la obra de su predecesor, recortando o suprimiendo presupuestos y retrasando las medidas acordadas.

LA DROGA, UN NEGOCIO SENCILLO

Al día siguiente a nuestra llegada, un campesino se acerca a William Wallace con grandes bolsas de basura negras de las que extrae otras más pequeñas, llenas de un material de aspecto quebradizo. Es pasta de coca, una sustancia que, cuando se seca, recuerda al chocolate blanco. Tras probarla, Wallace asiente satisfecho.

Elaborar pasta de coca no es complejo, pero exige el uso de productos químicos que hay que saber combinar. El siguiente paso, la obtención del polvo de hidrocloruro de cocaína, la cocaína en sí, se realiza en grandes laboratorios.

«La mercancía es buena», le dice Wallace al campesino. La balanza marca algo menos de siete kilos. Wallace apunta la cifra en una libreta, rebusca en su mochila y saca un fajo de billetes. El campesino sonríe. Wallace le pregunta si necesita alguna otra cosa. A las FARC les gusta ayudar a la gente.

En las selvas de Colombia, el negocio de la cocaína parece cosa de niños. Los campesinos saben cómo cultivar la planta y los rebeldes, cómo hacer dinero con ella. Juntos están reactivando el viejo modelo de negocio. El acuerdo de paz de 2016 venía acompañado de la confianza en que el cultivo de coca dejara de ser atractivo con la desaparición de la lucha armada. A los campesinos se les ofreció ayuda financiera. En Putumayo salta a la vista que el Gobierno no ha cumplido sus compromisos.

El campesino que ha venido a venderle su pasta de coca a William Wallace está contento. Dice que aprecia a los guerrilleros. Desde que las FARC han retomado el control de la zona, reina el orden. Incluso puede dejar la motosierra colgada en la pared de su casa por la noche sin temor a que se la roben. Si el Estado se desentiende de la gente que vive aquí, la gente recurre a cualquiera que les traiga seguridad.

A la mañana siguiente, el comandante Alviuz manda reunir a su tropa. La agenda del día está repleta de actividades. Por la tarde viene un comprador a recoger toda la pasta de coca, a 2600 pesos el gramo. De la cantidad final, a las FARC les queda un beneficio de entre el 10 y el 15 por ciento. También está previsto que vengan otros cuatro milicianos, encargados de extorsionar a empresarios locales; entre ellos, los directivos de una compañía que construirá una carretera en la ciudad más cercana. Alviuz quería un listado de los costes del proyecto para ver qué pueden sacar las FARC. Pero antes de decidir la cifra habla con sus guerrilleros.

En los viejos tiempos, los reclutas recibían una formación básica de varios meses; ahora hay que ir más rápido. Lo mismo pasa con el adoctrinamiento y la propaganda.

ADIESTRANDO A LAS TROPAS

El comandante habla a sus hombres de la revolución que resurge, de un nuevo comienzo. Nunca hay que olvidarse de los corazones de los campesinos, añade. Mientras se mantengan del lado de las FARC, no delaten a nadie y sean solidarios con la causa, la victoria es posible. Porque es por ellos, por los campesinos, por quienes han tomado las armas. Alviuz se dirige a unos rostros serios y muy jóvenes.

 

MAGAZINE A fondo Colombia y las FARC De vuelta al infierno

La guerra en Colombia duró 40 años y dejó, según el Registro Único de Víctimas, más de siete millones de desplazados, un millón de asesinatos y casi 35.000 secuestros, entre otras atrocidades. Tres años después de la firma de la paz, combatientes desengañados de las FARC han empezado a movilizarse por diversas zonas del país.

A la izquierda de la primera fila, y con mirada firme, se encuentra Lorena: 15 años, la melena oscura y el Kaláshnikov en las manos. Lleva ocho meses en la guerrilla. A su lado está Alejandra, de 13 años, incorporada hace dos meses, también con su arma. Su madre tiene cáncer y nueve hijos, además de ella. No conoce a su padre. Se sumó a las FARC porque está enamorada de un guerrillero.

A Frank, un par de filas delante, le hace feliz el solo hecho de estar aquí. Le busca la Justicia. Durante una borrachera contó que les metía a sus víctimas dos tiros en la cabeza, en la nuca y en la sien, que esa era su marca personal. Cuando más tarde aparecieron varias personas asesinadas de esa manera, se corrió la voz de que había sido él. Se escondió en la selva y se sumó a la guerrilla. Le preguntamos si asesinó a esas personas y responde: «No a todas».

Alviuz vuelve a tomar la palabra. «Camaradas, en cuanto a equipamiento, ¿falta algo?». Lorena y Alejandra alzan la mano: «Mi comandante, no tenemos ropa interior».

VUELVE LA GUERRA

Mientras su tropa se ejercita, Alviuz recibe a los milicianos, los únicos del campamento a los que no nos permiten fotografiar. Deben desplazarse a menudo a la ciudad más cercana, a diez horas en canoa, y realizar misiones de reconocimiento y encargos especiales, como asesinatos selectivos.

Son cuatro y tienen poco más de 20 años. El más delgado cuenta que han conseguido sacarle seis millones de pesos (1600 euros) a un terrateniente de los alrededores. El extorsionado les hizo saber que estaría muy agradecido si, a cambio, las FARC le quitaban de encima a los demás delincuentes. «Vale, nos encargamos. ¿Algo más?».

Lo del proyecto de construcción de la carretera está complicado, le comenta otro miliciano. El jefe de la constructora quiere hablar directamente con el comandante. No puede decir cuánto va a costar la obra. «Miente -dice Alviuz-. Me pondré en contacto con él».

Al caer la tarde, el comandante se sienta al aire libre con la camarada a la que vimos atendiendo a los heridos. Tiene 19 años y es su novia, aunque Alviuz tiene a su pareja oficial en Bogotá y es padre de un hijo al que no ha visto.

«Han ofrecido 500 millones de pesos [unos 135.00 euros] por mi cabeza -revela-. ¿Y qué hace un general que sabe dónde estoy? Pues espera un año a que la recompensa sea de 1000 millones. Él puede quedarse con la mitad». Por otro lado, prosigue, los halcones del Ejército -partidarios de la línea dura- están muy interesados en un nuevo conflicto. «Nos dejarán crecer tranquilamente. No van a echar a perder esta oportunidad».

“El 40 por ciento de nuestras fuerzas deben operar ahora en centros urbanos, como células independientes”, dice el comandante Alviuz. ¿Terrorismo? “lucha”, responde

¿Y qué quiere él, qué quieren las FARC? «El poder, la victoria de las masas. De eso se trata». Habla en serio. Pero los tiempos han cambiado, así que las FARC también han tenido que hacerlo. «El 40 por ciento de nuestras fuerzas debe operar en centros urbanos, en forma de pequeñas células que no sepan la una de la otra y que puedan llevar a cabo acciones independientemente de las demás». ¿Terrorismo? «Lucha», responde Alviuz.

Al día siguiente circula por Internet un vídeo que cae en Colombia como una bomba. Iván Márquez, durante mucho tiempo una de las figuras más reconocibles de la guerrilla y en paradero desconocido desde hace más de un año, aparece rodeado de uniformados hablando ante un micrófono: «Mientras haya voluntad de lucha, habrá esperanza de vencer», se lee en un cartel a su espalda. Márquez anuncia que las FARC dan por finalizado el proceso de paz y que volverán a empuñar las armas. Nadie sabe si está solo, pero hay indicios de que tiene quien lo siga en su decisión.

Danilo Alviuz asegura que solo en Putumayo hay 500 guerrilleros armados listos para entrar en acción; 2000 en todo el país. Nadie está en condiciones de verificar estas cifras. Lo que sí se sabe es que el ELN, otra guerrilla de menor entidad y que en su día no se sumó al proceso de paz, ya ha anunciado su intención de cooperar con las FARC. Eso supondrían unos 3000 combatientes.

Dicho de otra forma: Colombia vuelve a estar en guerra.

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