Son, como alguien ha dicho, la zona cero de esta epidemia entre nosotros. Quizá jamás conozcamos las cifras exactas, pero hay estudios que apuntan a que en las residencias de ancianos pueden haberse producido más de la mitad de las muertes por coronavirus, es decir, más de 10.000. Para dar con un desastre de esa magnitud, hay que remontarse mucho en nuestra historia, y las referencias nos remiten a acontecimientos que sacudieron los cimientos del país. Nos tocará hacer un examen profundo de lo sucedido y fijarnos sobre todo en aquellos que en medio de la debacle supieron enfrentar el problema y salvar a sus residentes. Casos hay, como nos cuenta una lectora. Su ejemplo es inspirador y a la vez una lección: sin duda una de las primeras que nos incumbe extraer de esta desgracia. Por Lorenzo Silva

LAS CARTAS DE LOS LECTORES

 Aún somos

Cuando vimos que las personas de más de 50 años tenían dificultades para encontrar trabajo, nos dijimos: «Serán cuestiones económicas». Pero había algo más, empezaba la pérdida de valor de los mayores. Después, nos jubilamos, pasamos a cobrar una prestación. Y nos convertimos en invisibles, en prescindibles. Hubo un momento de consideración en la crisis anterior. Se reconoció nuestra ayuda a hijas, hijos, nietas y nietos en apuros. Y, de pronto, llegó el coronavirus. Y nos convertimos en algo peor: en un colectivo de riesgo. Primero, minimizaron su letalidad porque solo nos afectaba a nosotros. Luego, nos confinaron. Y así hemos estado más de dos meses, con hastío y desesperanza. Y miedo. Sabiendo que, cuando llegas al hospital, tu cuerpo puede no merecer la ayuda mecánica necesaria. Y ahora nos dejan salir de casa, pero no para ver a nuestra gente, sino para pasear alrededor de la manzana, en rebaño. A los jubilados se nos considera una carga, pero aún servimos. Podemos ser actores y no simples figurantes. No nos comportamos como parásitos. Tenemos inteligencia y experiencia. Por favor, considérennos al menos como ciudadanos. Aún somos.

Fco. Javier Santamaría Zapata (Correo electrónico)

‘La generación del silencio y la obediencia’

Se les enseñó a obedecer y callar. Y sagrada obediencia a quien ostentara autoridad. Vivieron entre leyes y Tribunales de Orden Público. Han propiciado una nueva sociedad, un régimen constitucional y nuevas relaciones familiares. Han consensuado decisiones con los hijos e incluso cedido a sus propuestas y caprichos. Su generosidad les ha hecho abrirse a nuevas formas de entender la vida. La obediencia y el silencio no los hicieron intransigentes, sino empáticos. Y con esta maldita pandemia, ya mayores y con una obediencia monacal, acatan las restricciones que nuestras autoridades exigen. Y, siendo los más expuestos a esta pandemia, son testigos de cómo alrededor de su generación se cierra el círculo del silencio en la muerte y la despedida. En el momento de la muerte, alejados de sus seres más queridos. Sin una caricia, sin un beso, sin su compañía. En el momento de la despedida, sin el generalmente numeroso grupo de familiares, amigos y amistades. Su sino ha sido el silencio. Silencio que ahora heredan sus seres queridos para que los lloren, también, en silencio. Que un silencio sea homenaje, oración y un respetuoso reconocimiento a la labor que desempeñaron… En silencio.

Eloy Fernández García (Pamplona)

Miserable despedida

La gente muere, es una regla natural, y nos hemos acostumbrado a que la gente que muere pasa a ser estadística social. Nuestros muertos del coronavirus en España son bastante más que eso. Desde que tengo uso de razón he oído hablar de los niños de la guerra, con las distintas trágicas circunstancias de diferentes colectivos, y también he oído hablar de esa guerra, fosas comunes, inhumaciones de personajes históricos o leyes de memoria histórica. ¿Qué mejor memoria histórica podemos tener que esta generación? Esta generación no se merece la miserable despedida de la vida que les estamos brindando. Son los últimos niños de la guerra que han llegado hasta hoy. Nacieron en plena guerra o cerca; aquí se quedaron o volvieron padeciendo las penurias de la posguerra para trabajar como pluriempleados, incorporando a la mujer al trabajo; se inventaron un país desde cero; tuvieron hijos dándoles una educación y un porvenir; acabaron con un régimen dirigente infame sin futuro; diseñaron un país moderno, libre, demócrata, con leyes acordes; sentaron las bases de la igualdad de sexos; nos incluyeron en las organizaciones internacionales; y consiguieron una jubilación que han usado, hasta el día de hoy, en ayudarnos a los irresponsables de sus hijos y a sus nietos y bisnietos. A cambio de esa vida ejemplar, les ofrecemos lo que nunca podían esperar: la última guerra, la más increíble. Los llevamos a la Edad Media para encerrarlos en sus casas o para infectarlos con una enfermedad que somos incapaces de curar; los confinamos en escenarios dantescos sin atención apropiada, ignorando su voluntad de compañía y esperamos a que pasen a ser estadística sin permitirles despedirse de sus seres queridos y, aunque ellos ya no lo sepan, depositándolos en pistas de patinaje de hielo hasta que se alguien se pueda hacer cargo de ellos.

Chencho Sánchez Barandica, Mompía, Bezana (Cantabria)

Mi tío Ernesto

El pasado 21 de marzo, sábado, falleció un hombre bueno, se llamaba Ernesto y era mi tío. Se crio sin padre durante la dura posguerra española en un pueblo pobre y perdido de Castilla, de esos que no figuran en los mapas. Con esfuerzo y tesón, estudió Medicina y fue de los mejores de su promoción, hoy ya casi todos muertos. Ejerció de médico rural durante más de cuarenta años, sin faltar ni un solo día a su consulta, sanando con la ciencia y con la palabra, a falta de otros medios, que hoy, al parecer, tampoco abundan. A lo largo de su vida, vio morir a su hija con 28 años, a su nieto con apenas 18, y a su madre, esta ya mayor. Pero a pesar de su desdicha, jamás lo oí quejarse de nada ni maldecir su destino, aceptándolo con resignación cristiana. Y cuando nacieron mis hijos, Alejandro y Martín, siempre me atendió con una sonrisa, fuera la hora que fuera, ante mis desvelos de padre hipocondriaco. No lo he visto morir, como tampoco nadie de su familia, pero sé que murió en silencio, quedo y sin molestar, de la misma manera que había vivido, rezando por quienes aquí quedamos.

Alberto Antón González (Madrid)

Mi madre

Mi madre no sabe de pandemias ni de estados de alarma. Vive en su confinamiento particular, del que a veces sale, rescatada por una mirada, una sonrisa o una caricia. Pocas veces sirve una palabra. Ya el verbo hace tiempo que no la atrapa. Mi madre a veces tiene miedo y llora, desconsolada, con mi impotencia como testigo por no ser capaz de calmar su angustia.Me confunde con quién sabe quien, peguntándome dónde estoy yo misma o interesándose por los hijos que no tengo. A veces se rebela contra quienes la cuidamos por percibirnos carceleros. Mi madre no es consciente de lo afortunada que es por permanecer en su casa, tal como ella quería. Reclama la presencia de sus hijos sin saber que ellos viven su propio confinamiento.

Victoria Rubio Tomás (Valencia)

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