Los datos informáticos de bancos, gobiernos y grandes multinacionales valen más que el oro. La información más sensible e importante del mundo se esconde aquí, en este búnker suizo. Un auténtico acorazado bajo los Alpes capaz de resistir terremotos, ataques químicos, espionajes masivos e incluso colisiones estelares. Entremos… Por Carlos Manuel Sánchez

¿Quiénes son los dueños de la nube en la que se guardan nuestros datos y archivos?

¿Quiénes son los dueños de la nube en la que se guardan nuestros datos y archivos?

Cuando usted sube sus fotos, sus documentos, sus archivos a 'la nube', puede tener la sensación de que los cuelga en un universo vaporoso e inofensivo. Pero la nube no…

Es un mordisco enorme en la montaña, una fortaleza subterránea capaz de resistir un ataque nuclear o una supertormenta solar. Está en el corazón de los Alpes suizos, cerca de la estación de esquí de Gstaad.

Se lo conoce como el Fort Knox suizo, en alusión a la base militar de Kentucky donde se almacena buena parte de las reservas de oro de los Estados Unidos. Pero aquí se guarda algo más valioso: aquí se guardan datos.

La mayor parte del dinero consiste hoy en anotaciones en una cuenta bancaria. El dinero es reemplazable; los datos, no. Por eso, ciertas informaciones no tienen precio. Y hemos creado un banco de datos. Nuestros activos no son financieros, son archivos digitales , explica Christoph Oschwald, consejero delegado de SIAG, la empresa que lo explota. “Al principio, no nos tomaban en serio”, reconoce este paracaidista suizo retirado y promotor del proyecto junto con su socio, el ingeniero Hanspeter Baumann. “¿Almacenar datos en una montaña? ¿Para qué?”.

Era una idea peregrina que se les había ocurrido hace más de 20 años. Solo el acondicionamiento de un antiguo búnker nuclear de los años sesenta, excavado por el Ejército helvético durante la Guerra Fría, costó más de 40 millones de francos suizos (unos 33 millones de euros). Pero el terrorismo global, los desastres ambientales, la crisis financiera y el espionaje masivo de las comunicaciones han convertido el Fort Knox suizo en una gran caja de caudales mundial.

Grandes compañías les confían sus datos más sensibles: farmacéuticas como Novartis, bancos como el Deutsche Bank, gigantes tecnológicos como Cisco Systems Tenemos más de diez mil clientes , asegura Oschwald. Gobiernos, constructoras, multinacionales También políticos de regímenes autoritarios que quieren disponer de un lugar seguro para guardar información con la que negociar o incluso salvar la vida. Los honorarios rondan los diez mil euros mensuales, aunque hay cuentas de dos millones al año. Pero también ofrecen servicios más asequibles, como copias de seguridad por siete euros al mes.

Como cualquier banco suizo, no hacen ascos a ningún cliente. Tampoco a los dictadores que guardan aquí datos confidenciales

Como cualquier banco suizo, no le hacen ascos a ningún cliente y garantizan la máxima confidencialidad. Hay una pista de aterrizaje con aduana para los que deseen entrar directamente en las instalaciones, aunque también se puede acceder por carretera.

No aparece en los mapas turísticos. Se llega a través de un camino forestal. Las medidas de seguridad son dignas de una película de James Bond. Puertas de 45 centímetros de espesor y tres toneladas con las bisagras recubiertas de teflón, software de reconocimiento facial, bóvedas acorazadas Los centinelas van armados con porras y gas pimienta; no llevan armas de fuego porque en un tiroteo las balas podrían ocasionar daños a los datos almacenados.

En un lugar de los alpes Swiss Fort Knox se aloja en un túnel bajo los Alpes excavado por el Ejército suizo durante la Guerra Fría. Costó más de 40 millones de francos

Dispone de cinco zonas de seguridad; una minicentral eléctrica; víveres para varios meses; un sistema de enfriamiento que saca el agua de los glaciares; filtros de aire contra amenazas biológicas, químicas y atómicas; habitaciones presurizadas y a temperatura constante: 12 °C. Incluso un hotel cuyas habitaciones espartanas parecen diseñadas para la tripulación de un submarino, apenas un par de literas y un lavabo, pero “inexpugnable”, afirma Oschwald.

Las instalaciones resistirían incluso el temible pulso electromagnético, una radiación procedente de un ataque nuclear, una tempestad solar o el impacto de un asteoride y que dejaría inservibles aparatos electrónicos, satélites de comunicaciones, GPS y radares, provocando un apagón de Internet de consecuencias catastróficas que podría afectar a países enteros e incluso a continentes. Pero tienen un talón de Aquiles… Un hacker infiltrado entre el personal podría borrar archivos o copiarlos sin permiso, como le sucedió a la NSA con Edward Snowden. El factor humano siempre es imprevisible.

No obstante, es el almacén digital más seguro del mundo y alberga desde 2010 una de sus posesiones más preciadas: la cápsula del tiempo del proyecto Planets, en el que participó un consorcio de 16 universidades, archivos y bibliotecas europeas. Es un recipiente de metal sellado dentro del cual están las herramientas necesarias para descifrar todos los formatos de archivos que se conocen en la actualidad, algo así como la piedra de Rosetta de la era digital; el genoma de nuestros bytes…

Esta cápsula temporal contiene las instrucciones para descifrar los formatos digitales más corrientes, algunos de los cuales prácticamente han pasado a la historia, como los disquetes y las tarjetas perforadas. Otros, como CD, DVD, pendrives con conexión USB y Blu-ray son de uso habitual hoy, pero dejarán de serlo en el futuro, cuando estas tecnologías queden obsoletas. Las instrucciones contenidas en la cápsula permitirán a las generaciones venideras recuperar la información aquí archivada.

“¿Cuál es la mayor amenaza para los datos digitales? Que no son permanentes. Ya no escribimos a mano, usamos procesadores de texto. No usamos cámaras analógicas, sino digitales. No escuchamos casetes, sino descargas y mp3. No mandamos cartas, enviamos correos electrónicos”, explica Andreas Rauber, de la Universidad de Viena, corresponsable del proyecto. Toda la información digital equivalía en 2011 a 150 pilas de libros con una altura desde la Tierra al Sol. Y cada 18 meses se duplica… “Esto nos pone ante un dilema. Almacenamos nuestro legado digital en formatos que solo duran unos años, cuando antes, en la época del papel o de los jeroglíficos en piedra, duraba siglos o milenios. No conservarlo de manera adecuada nos puede costar en el futuro miles de millones”.