Ellos, fornidos, musculosos y esbeltos. Ellas, con curvas y cinturas estrechas. Una mirada a las representaciones de mujeres y hombres en culturas milenarias demuestra que nuestros gustos no han variado tanto. De los faraones a hoy, éstos son los rasgos más irresistibles

Faraones adictos al gimnasio

Depositario de todas las perfecciones masculinas, al faraón se le representaba con un cuerpo esbelto y musculoso, con los hombros anchos y el tronco estrecho. Los brazos y las piernas eran fornidas y el vientre, plano. La mujer aparecía con curvas que resaltaban la cadera y la cintura, y los pechos, bien delineados.

Griegos con cintura de avispa

La juventud estaba ligada a la belleza. El hombre debía tener hombros anchos, talle estrecho y una marcada musculatura. Mientras que la mujer aparecía representada en figuras de miembros gráciles, pechos firmes, vientres lisos y nalgas bien proporcionadas, asociadas a caderas anchas y cinturas estrechas.

Romanos con labios carnosos

La mujer luce, nuevamente, el vientre liso, los pechos firmes y las nalgas bien proporcionadas, junto con una cadera ancha y una fina cintura. Pero en la literatura romana comienzan a resaltarse otros rasgos como los ojos y los labios. El varón sigue los patrones del mundo griego: bien proporcionado, musculoso y joven.

Hindúes, lo suyo eran las curvas

El Kamasutra o los paneles eróticos de los templos medievales de Khajuraho nos han transmitido el tipo de belleza de su cultura. La sensualidad de sus esculturas femeninas resalta las nalgas y las piernas como elementos de atracción. Las caderas y la cintura forman un armonioso conjunto de formas sinuosas.

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