Es uno de los científicos que más saben sobre nuestro pasado. Nadie mejor que uno de los mayores expertos del mundo en la evolución del hombre para hablar de nuestro futuro y de otras posibles formas de vida inteligente. Incluso en otros planetas. De todo ello trata el paleontólogo Juan Luis Arsuaga en el libro ‘Vida, la gran historia’. Una conversación sobre las grandes incógnitas de la humanidad. Por Ixone Díaz-Landaluce/ Fotografía: Daniel Méndez

El origen del hombre no era como pensábamos

A veces, vivir en el pasado no es una cuestión de melancolía mal gestionada, sino pura deformación profesional. Juan Luis Arsuaga era un niño cuando empezó a interesarse por la Prehistoria. Luego se convirtió en catedrático de Paleontología, codirector de Atapuerca y uno de los mayores expertos mundiales en la evolución de nuestra especie. Pero, paradójicamente, su trabajo a pie de obra en la sierra burgalesa (donde en 1994 su equipo descubrió restos del primer ciudadano europeo, el Homo antecessor, de hace 900.000 años) también lo ha convertido en ‘futurólogo’ aventajado. En su último libro, Vida, la gran historia, Arsuaga trata de responder a las preguntas existenciales de siempre y reflexiona sobre el desafío que representan las máquinas y la inteligencia artificial, los escenarios distópicos que podrían dibujarse ante la modificación a la carta de nuestro genoma y las probabilidades de que exista vida inteligente en otros planetas. Pero también sobre qué pinta tendrían (y qué camino evolutivo habrían seguido) esos extraterrestres.

“No creo en la eterna juventud; si acaso, en la eterna vejez. De inmortalidad…nada de nada”

Arsuaga -que en 1997 recibió el Premio Príncipe de Asturias como parte del equipo de Atapuerca- es, además de un prestigioso científico, un divulgador nato al que le gusta hablar de evolución y paleontología, o de cualquier otro tema. A ratos se expresa como un científico ortodoxo, citando obras de otros expertos como si fueran notas bibliográficas de un artículo académico, pero también disfruta siendo provocador e irreverente. Hablamos con él en el Museo de la Evolución Humana en Burgos, del que es director científico, una institución que, como le gusta decir con su habitual socarronería, «tiene el modesto objetivo de cambiar el mundo».

XLSemanal. Se queja de que nadie pregunta a los paleontólogos sobre los extraterrestres, aunque tienen mucho que decir. ¡Cuénteme!

Juan Luis Arsuaga. En esto opina todo el mundo, la mayoría sin saber nada sobre evolución o biología. En la Tierra, la vida surgió muy pronto. El planeta era habitable hace 4000 millones de años y la vida surgió hace alrededor del 3800. Si somos un planeta más o menos normal, cabe pensar que tiene que haber mucha vida. Pero, ojo, vida muy sencilla.

XL. ¿Por qué?

J.L.A. El salto a la vida más compleja, inteligente, es mucho más difícil. Las probabilidades descienden un montón. Además, que haya vida a mil años luz nos trae sin cuidado. Nunca lo sabremos. Cuando nos preguntamos en serio si hay vida ahí fuera, hablamos de nuestro entorno, entre 5 y 50 años luz. Y yo creo que es muy difícil que haya vida inteligente cerca con la que podamos comunicarnos algún día.

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Según Arsuaga, el gran reto de nuestra especie no tiene que ver con grandes cambios morfológicos o una ampliación de nuestras capacidades cognitivas, sino con la habilidad de nuestro cerebro para superar uno de los grandes males de la humanidad. la intolerancia.

XL. Pongamos que se equivoca. ¿Qué aspecto tendrían? ¿Cómo habrían evolucionado?

J.L.A. Por más vueltas que le doy, no sé cómo se puede ser inteligente no siendo humano o humanoide.

XL. Pero eso suena demasiado antropocéntrico, ¿no?

J.L.A. Ya, pero no soy capaz. Hace poco vi una película sobre una filóloga que se comunicaba con extraterrestres (La llegada). ¿Cómo viaja una especie de pulpo por el espacio en una pecera? Que me lo expliquen. Lo mismo cuando alguien sugiere que serán parecidos a los insectos. ¿Cómo respiran, cómo piensan, con qué órgano? De haber vida inteligente, será parecida a nosotros. Pero la historia es todavía más curiosa e inquietante…

XL. ¿A qué se refiere?

J.L.A. Para producir algo parecido a un humanoide, hay que seguir el mismo camino evolutivo. Primero, hay que ser un primate y, antes de eso, un mamífero, un reptil, un anfibio, un pez… Por eso, la probabilidad es muy pequeña. En cambio, mi amigo Conway Morris -paleontólogo de Cambridge y creyente- sostiene que era inevitable que el Homo sapiens apareciera.

XL. Pero usted discrepa, ¿no?

J.L.A. Para mí era muy improbable la aparición del Homo sapiens. No creo que volviese a ocurrir. Hemos tenido mucha suerte de estar aquí.

XL. ¿Qué grandes incógnitas sobre la evolución quedan por despejar?

J.L.A. Por ejemplo: ¿los primeros humanos que pisaron Europa eran erectus o qué eran? Y en términos causales, básicamente, ¿por qué estamos aquí? Si se repitiese la historia, ¿volvería a suceder lo mismo?

XL. ¿Qué descubrimiento futuro le da más rabia perderse?

J.L.A. Yo he vivido una revolución científica. Nací en 1954, un año después de que Watson y Crick descubrieran la doble hélice de ADN. Y, mientras estudiaba, se desarrolló la teoría de la tectónica de placas. Mi capacidad de asombro está superada. Puedo morir y decir: «No estuvo mal».

XL. No me creo que su curiosidad se haya agotado…

J.L.A. Sigo investigando y escribiendo artículos científicos cada día. Me gustaría saber más sobre la consciencia y la neurociencia, que empezó con Cajal. La última frontera es el cerebro.

XL. ¿Qué más le gustaría hallar en Atapuerca?

J.L.A. Suelo decir una cosa muy cursi, pero que es verdad. Espero encontrar lo inesperado. ¿Un esqueleto neandertal? Bueno, no estaría mal. Pero podría ser un colgante, una pintura, fuego… Jamás pensé, por ejemplo, que encontraríamos ADN. Cuando yo estudiaba, no se secuenciaba el genoma de los vivos, ¡imagínate el de los muertos! [Se ríe]. Ese es un buen ejemplo de encontrar lo inesperado.

inteligencia artificial evolucion humana arsuaga

Juan Luis Arsuaga entre E.T. y una representación de un grupo familiar del ‘Homo antecessor’, cuyos restos fueron hallados en la sierra de Atapuerca por este paleontólogo y su equipo.

XL. La antropología está de moda. ¿Qué le parece el fenómeno de Yuval Harari y su best seller Sapiens?

J.L.A. Es la bomba porque no dice nada nuevo. Pero, si vendes 12 millones de libros, algo has hecho bien. Harari es un profesor de Historia muy corriente, que escribe Sapiens en hebreo para sus alumnos y, de pronto, es un fenómeno mundial. No es un producto del marketing. Consigue que el lector piense: «Me leo este libro y soy licenciado en Historia de la Humanidad». No es fácil.

XL. Él sostiene que la revolución agrícola fue el ‘timo de la estampita’…

J.L.A. ¡Eso lo llevo escribiendo yo 30 años! Pero se ve que hay que tener la gracia que tiene Harari [se ríe]. De todos modos, me gusta más Homo deus, su segundo libro.

XL. Sus predicciones sobre nuestro futuro son agoreras. ¿Coincide?

J.L.A. No. Según él, en el futuro habrá dos tipos de humanos: los que no pintarán nada y los modificados genéticamente, que serán como semidioses. Es decir, los superinteligentes que compiten con las máquinas; y los ‘mierdecillas’ a los que, a lo mejor, nos permiten vivir, nos dan un salario mínimo universal y nos dejan ir al fútbol. No me parece ni deseable ni, sobre todo, necesario.

“Debemos solucionar problemas medioambientales gravísimos. Hay que explicarle a nuestro cerebro que el grupo es la humanidad entera”

XL. Vamos, que el futuro no tiene por qué ser distópico.

J.L.A. No. Creo que no consentiremos que suceda. Para que ocurra, debe haber un ideal de ser humano. ¿Y quién tiene un ideal? Pues todos los ‘taraos’. Para que prospere, se requiere un tarado con la fuerza suficiente para imponerlo. Además, yo no percibo ese peligro en las máquinas, que son la razón por la que, supuestamente, debemos modificarnos genéticamente. Para estar a su altura.

XL. ¿No le inquieta que la inteligencia artificial nos supere?

J.L.A. Ese peligro no existe. Para producir un escenario así, alguien tiene que planificarlo.

XL. ¿Y si algún día los robots llegan a tener consciencia?

J.L.A. No creo que una máquina pueda ser consciente. Ni siquiera sensible. Para ello debes empezar por sentir y tener un mundo subjetivo. Que cuando metas los dedos en un enchufe, te dé calambre. Mi móvil, cuando se queda sin batería, me dice: «Juan Luis, enchúfame, que no tengo pila». Pero no siente hambre porque está hecho de silicio.

XL. Existe un gran debate en torno a la consciencia. Algunos físicos no creen que esté en el cerebro.

J.L.A. Es un fenómeno único al que no hay forma de meterle mano. Pero en esto los biólogos sabemos más que los físicos. Hasta donde sabemos, la consciencia la produce el cerebro, un órgano del cuerpo humano. Además, ¿cuánto hemos avanzado en inteligencia artificial en 40 años? Un montón. Pero en consciencia hemos avanzado cero. Para tener consciencia, hay que tener un cuerpo. Si no, caemos en el dualismo de Descartes: el cuerpo y el alma. Sin cuerpo no hay alma. Es filosóficamente absurdo. Otra cosa es que las máquinas nos puedan hacer la puñeta, ojo.

XL. ¿Qué quiere decir?

J.L.A. Pueden no tener consciencia, pero ser muy inteligentes y hacernos pensar que la tienen. En 2001: Una odisea del espacio, Hal intenta darle pena al astronauta para que no lo desconecte. Puedo llegar a aceptar que un día puedan simularla y, llegado ese punto, ¿qué más dará? Nos podrán machacar igual.

XL. La inteligencia es nuestra gran fortaleza como especie. ¿Cuál es nuestra gran debilidad?

J.L.A. La evolución social funciona bien dentro del grupo, pero para fomentar la cooperación es necesario un rival. Existe una gran cohesión en el grupo, pero exclusión e intolerancia fuera de él. Es una debilidad estructural e histórica. Pero la evolución también nos ha dotado de una mente consciente que nos debe servir para sobreponernos a nuestros instintos.

XL. ¿Adónde va el Homo sapiens?

J.L.A. Debemos solucionar problemas medioambientales y de intolerancia gravísimos; explicarle a nuestro cerebro social que el grupo es toda la humanidad. Y se puede conseguir porque ya tenemos unas condiciones biológicas para la tolerancia, pero generalmente solo las aplicamos a nuestro grupo. Debemos ampliarlas.

XL. Es usted un optimista.

J.L.A. Es obligatorio. El pesimismo es una excusa para la inacción. Además, el pesimismo de los ricos es una desfachatez; esa pose de escéptico que luego come ostras y champán… Todos los escépticos que conozco se pegan la vida padre.

“Es muy difícil que haya vida inteligente cerca con la que podamos comunicarnos. Y si la hay a mil años luz, nos trae sin cuidado. Nunca lo sabremos”

XL. ¿Alcanzará el Homo sapiens la inmortalidad algún día?

J.L.A. No creo en la eterna juventud; si acaso, en la eterna vejez. La longevidad de las especies está relacionada con la duración de su desarrollo y el tamaño del cerebro. Para prolongar la vida, habría que prolongar la infancia. Y eso, desde el punto de vista genético, es complicado. Creo más en tener una vejez más larga y más feliz. Pero de inmortalidad… nada de nada.

XL. Y después del sapiens, ¿qué?

J.L.A. Mi predicción, en contra de lo que dice casi todo el mundo, es que seremos como ahora porque nos gustamos como somos. Tenemos el control de nuestra evolución y podemos cambiar nuestro genoma, pero espero que solo lo hagamos por razones puramente médicas y de salud. Además, mientras nos sigan gustando las esculturas griegas, creo que eso no lo vamos a cambiar.

XL. ¿Dónde está la clave?

J.L.A. En la selección sexual, que también formuló Darwin y que tiene que ver con muestras preferencias al escoger pareja. Seguiremos yendo al gimnasio y haciendo dieta de cara al verano por mucho tiempo.

XL. ¿Qué le mantiene motivado después de tantos años?

J.L.A. Aprender. Cuando voy al monte, aprendo de árboles, de plantas, de rocas, del clima… Ahora voy a Ronda y pienso aprender sobre pinsapos, un árbol espléndido de la era terciaría, y sobre el poeta alemán Rilke, que estuvo allí. El día que no quieres aprender eres un viejo. Te mantiene vivo. Y es gratis.

XL. El pasado está denostado. Empezando por el mindfulness, cuyo mantra dice que nos concentremos en el momento presente. ¿Qué le parece como filosofía?

J.L.A. Me parece que somos producto de la historia y que no se entiende el presente sin el pasado. De todos modos, lo único que escucho en el debate político son referencias históricas: que si la Guerra Civil, que si 1714, que si los españoles tienen que pedir perdón a México, que si el Papa debe disculparse…

XL. Que si los neandertales…

J.L.A. Es que despiertan mucha fascinación. En mis charlas siempre alguien pregunta: «¿Qué pasó con los neandertales?». La historia está llena de historias maravillosas como esa.

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«El Paleolítico Superior fue la edad de oro del ser humano. Eran atletas de élite y coquetos: usaban colgantes, se tatuaban, se arreglaban el pelo… Y la gente que se arregla me cae bien. Dicho esto, la mortalidad infantil era horrible y todo el mundo acababa entre las mandíbulas de las hienas».

XL. ¿Y qué historia despertó su fascinación por el pasado?

J.L.A. Yo crecí en el País Vasco y para mí la Prehistoria es el verde, las cuevas, el musgo, la lluvia… Un hayedo con niebla es un lugar mágico. Y ese es el mundo paleolítico. Vivíamos en Bilbao, pero mi familia era de Tolosa y en ese trayecto en coche miraba por la ventanilla y lo registraba todo: esa montaña, ese árbol, esa iglesia en ese cerro… No me cansaba.

XL. ¿Cuál es para usted la edad de oro del ser humano?

J.L.A. El Paleolítico Superior. Eran top models, atletas de élite con un gran tono vital y muy coquetos: usaban colgantes, se tatuaban, se arreglaban el pelo… Y eso está muy ligado al estado de ánimo. La gente que se arregla me cae bien. Dicho esto, la mortalidad infantil era horrible y todo el mundo acababa entre las mandíbulas de las hienas. Aunque quizá no sea una forma tan mala de morir…

XL. ¿Cómo?

J.L.A. En el Paleolítico, el anciano no podía seguir al grupo y acababa pasto de las hienas. ¿Desagradable? Sí, pero rápido. Acabar lleno de tubos y cables en un hospital esperando la muerte… casi prefiero las hienas. Nos debe hacer reflexionar sobre cómo encontrar una manera digna de morir, aunque tampoco se trata de volver a las hienas [ríe].

XL. Menos mal…

J.L.A. En contra de lo que dicen los políticos, las soluciones jamás están en el pasado. Cuando alguien suelta un «la solución sería volver…», hay que interrumpirle: «No sigas. No me interesa». Las soluciones tienen que estar en el futuro.

Agradecimiento a www.tiendascomic.com

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