Alejandro Magno, el mayor conquistador de la historia, héroe de la antigüedad y rodeado de una aureola divina forjaron el mito de un gran personaje

El ilustrado: discípulo de Aristóteles

Alejandro fue el mayor héroe de la antigüedad, pero hubo un tiempo en que también fue un niño. El hijo del rey Filipo II y de Olimpia fue instruido, durante su infancia en Macedonia, por los mejores preceptores de la época: el filósofo Aristóteles le enseñó geografía, medicina y ciencias de la naturaleza; Leónidas se ocupó de su entrenamiento físico, y su institutriz Lánice le aficionó a la lectura de las obras de Homero.

El conquistador: en la batalla y en la cama

Participó en su primera campaña militar a los 16 años, y a los 20 ya mandaba la caballería macedonia que destrozó a los griegos en la batalla de Queronea. Pero, además de ser un magnífico guerrero y un excelente estratega, también tuvo habilidad para gobernar los territorios conquistados. Para darle estabilidad a su imperio, se casó con princesas persas y animó a sus generales y soldados a hacer lo mismo.

El estratega: hazañas triunfantes

Fue un gran táctico militar. Su habilidad para dirigir tropas lo llevó a conseguir victorias sobre ejércitos superiores en número. Tras convertirse en dueño absoluto de Grecia, el macedonio emprendió, en el 334 antes de Cristo, el asalto a Asia. En sólo un decenio derrotó a fenicios, palestinos, egipcios y persas. En la guerra contra estos últimos utilizó una línea oblicua de ataque que le hizo salir victorioso de la batalla de Issos.

El dios: heredero de Zeus

Como buena parte de los héroes de la antigüedad, Alejandro Magno se forjó una aureola ‘divina’ a la altura de sus responsabilidades como emperador. De acuerdo con diversas leyendas, su padre no fue el rey Filipo II de Macedonia. Ese honor habría correspondido al propio Zeus, que habría dejado embarazada a la princesa Olimpia, su madre, una mujer que, entre otras extrañas costumbres, solía dormir en compañía de serpientes.

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