Cada avance tecnológico y cada corriente política están vinculadas a un tipo de letra concreto. Sobrias, con arabescos, divertidas… le proponemos un paseo a lo largo de la historia de la tipografía. Un viaje por nuestra manera de entender y contar el mundo. Por Carlos Manuel Sánchez

Dame una letra y conquistaré el mundo…

Steve Jobs era un alma en pena en la Universidad de Reed. Desmotivado y sin blanca, decidió abandonar los estudios en 1972, aunque siguió en el campus. Iba descalzo, tomaba LSD y asistía a algunas clases de oyente. Caligrafía, por ejemplo. Le intrigaba que el profesor, Robert Palladino, fuera un monje trapense. ¡Era como tener a un copista medieval enseñándote los trucos del oficio! Jobs se obsesionó con la tipografía, el manejo de los tipos de imprenta. «Aprendí cosas sobre serif y sans serif [la ‘serifa’ es el remate de las letras; los tipos antiguos, ‘serif’, son más recargados; los modernos suelen ser ‘sans serif’, a palo seco]; sobre los espacios variables entre letras, sobre qué hace bella a una tipografía. Era fascinante», recordaría en su famoso discurso ante los alumnos de Stanford en 2005, en el que rememoró sus años perdidos; a la postre, sus años decisivos.

Ya en los ochenta, y gracias a una de esas carambolas del pensamiento lateral, Jobs aplicó sus conocimientos tipográficos al primer Macintosh. Había nacido la estética de Apple. «Diseñamos el Mac teniendo en cuenta todo aquello. Fue el primer ordenador con tipografías bellas. Si nunca me hubiera dejado atraer por aquellas clases, el Mac jamás habría tenido múltiples tipografías, ni caracteres con espaciado proporcional. Y como Windows no hizo más que copiar el Mac, es probable que ningún ordenador los tuviera ahora. En fin, si nunca hubiera decidido dejarlo todo, los ordenadores no tendrían la maravillosa tipografía que poseen», concluía.

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Susan Kare, tipógrafa de Apple

La madre de esas tipografías rompedoras fue Susan Kare, una diseñadora veinteañera, que creó fuentes de letra totalmente nuevas, estilosas y desenfadadas. La primera fue Chicago. La siguieron Geneva y Monaco. Hasta entonces, escribir en un ordenador era resignarse a la letra robótica de un trasto pensado para calcular. Jobs quería que el usuario asociara la experiencia de su producto a algo bello. Un toque de distinción. Era 1984.

Todavía se discute quién copió a quién. Si Gates a Jobs, o viceversa… El caso es que eran amigos y dejaron de serlo. Dos años antes, Microsoft ya había incluido la tipografía Arial en su sistema operativo Windows. Arial es una versión barata (y, a decir de los expertos, cutre) de Helvetica, que desde que fue creada en los años cincuenta dominó el lenguaje corporativo por su claridad y elegancia. logos, cartelerías, documentos… Hoy sigue siendo la fuente más usada en el mundo. En los noventa, Windows incorporó Times New Roman, adaptación de una tipografía creada 60 años antes para el periódico The Times. Y fue incorporando fuentes creadas expresamente para el ordenador, como Tahoma, Verdana o la última, Calibri, que es una tipografía pensada para la era digital y presente en múltiples plataformas.

Cada época tiene su estilo

Las guerras tipográficas entre Microsoft y Apple no son algo nuevo. Se han sucedido desde que Gutenberg creó la imprenta y usó un tipo de letra gótica para imprimir la Biblia en 1454. Su elección tuvo un carácter económico: ahorrar tinta y espacio, además de tiempo, pues hacía falta componer los tipos en moldes de plomo. Aunque la legibilidad dejaba que desear. Mejoró en 1470 gracias a Nicolas Jenson, que inventó el tipo Roman, inspirado en las inscripciones de la Roma antigua. La Columna Trajana y sus mayúsculas imperiales inspirarían a varias generaciones de tipógrafos hasta una fecha tan reciente como 1989, cuando Carol Twombly creó la fuente Trajan para la compañía Adobe. La invención de las itálicas también tuvo un sesgo mercantil. Fueron creadas por el italiano Aldus Manutius en 1501 y era una manera de meter más palabras por página.

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Aldus Manutius, creador de las itálicas

Cada época tiene su estilo, que acaba jubilando al anterior. La letra del Antiguo Régimen es Garamond, que dominó Versalles con sus elaborados adornos. Pasará de moda y el testigo lo recogerá Giambattista Bodoni, que trabajaba para el Vaticano y que en 1788 publicó un manual tipográfico que será la referencia hasta bien entrado el siglo XIX, y donde brilla la fuente Bodoni como el nuevo canon de la elegancia. Hasta que el público se cansó de las fuentes serif y pasó a preferir diseños minimalistas (sans serif), más apropiados para la era industrial, como Franklin Gothic, creada en 1902 por Morris Fueller.

Un tipo de letra dota de mayor o menor veracidad a la información. Los lectores tienden a confiar en un escrito impreso en Baskerville, porque es el estilo de los escritos científicos

«Con cada nueva tipografía cambia nuestra manera de contar y de entender el mundo. Facilita o dificulta la comprensión; anima o desanima a la hora de enfrentarse a un texto», explica el historiador del diseño Paul McNeil, autor de la monumental The Visual History of Type. Una fuente incluso dota de mayor o menor veracidad a lo que se cuenta. Según un experimento, los lectores tienden a confiar en la credibilidad de un escrito si está impreso en Baskerville, quizá porque es el estilo que dominó los Journals científicos de los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, escribir lo mismo en Comic Sans influye negativamente. Un estudiante que redacte un trabajo con ese estilo jovial recibirá peor nota que si lo presenta con cualquier otra fuente más seria y sesuda.

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John Baskerville, uno de los pioneros de la tipografía

Cada avance tecnológico y cada corriente política han tenido su correlato tipográfico. Solo hay que pensar en el nazismo y su letra gótica Fraktur. Y que cayó en desgracia para el propio régimen hitleriano por la sospecha de que se inspiraba en fuentes hebreas. Fue sustituida por Antiqua en plena Guerra Mundial; otra gótica, pero con pasaporte ario.

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Los nazis usaron un tiempo la letra gótica Fraktur, para siempre vinculada a ellos. Y Futura es la ‘tipo’ que la NASA usó para el programa Apollo y, por lo tanto, la letra que llegó a la Luna. Las itálicas fueron creadas en 1501 para meter más palabras por página.

La letra que más lejos ha viajado

La tipografía está asociada al poder porque es una herramienta de la burocracia y, por tanto, una extensión de la dominación económica y administrativa, como sucede con los asientos contables o la correspondencia colonial que se conserva en el Archivo de Indias, en estilo Neogranadino. Y fue una herramienta fundamental de la publicidad a partir del siglo XIX, cuando se crearon tipos como Fat Face, cuyo gran tamaño trataba de llamar la atención en los carteles.

La tipografía está asociada al poder. Es una herramienta de la burocracia. La Helvetica ha dominado el lenguaje corporativo desde los años cincuenta por su claridad y elegancia. Hoy sigue siendo la fuente más usada en el mundo

Las vanguardias artísticas tienen también su traslación tipográfica, como recuerda el diseñador Douglas Thomas. El paradigma es Futura, creada en los años veinte. «Menos es más. Con Futura nos concentramos en lo esencial, en las formas básicas: círculos, cuadrados y triángulos. Es una ruptura consciente con el pasado, parece algo hecho por una máquina», explica Thomas. La NASA la rescató para el programa Apollo porque transmite la visión de que el hombre, aliado con la tecnología, puede con todo. Los astronautas dejaron una placa conmemorativa al pie del vehículo lunar, escrita con esta tipografía optimista; y en negrita para subrayar un mensaje que hoy se antoja actual. «Los seres humanos del planeta Tierra llegaron a la Luna por vez primera en julio de 1969. Venimos en son de paz y en nombre de toda la humanidad»

Foto apertura: Jobs, impulsor de nuevas ‘tipos’ de ordenador; Fuller, el gran prolífico; Manutius, creador de las itáilcas; Renner, autor de la Futura; Bodoni, sus letras llevan su nombre; Twombly, creadora en Adobe; Garamond y Frutiger, clásicos con ‘tipos’ propias; Kare, tipógrafa de Apple,
y Baskerville, uno de los pioneros.
 PARA SABER MÁS

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