Algunos mamíferos no se conforman con dormir, tres, diez o 20 horas al día. Sus organismos de sangre caliente exigen un gasto de energía excesivo y cuando llega el frío del invierno escasea el alimento que puedan llevarse a la boca: la hibernación, es la solución.

Ante la llegada del invierno y la falta de alimentos no hay nada mejor que buscar el calor de una confortable madriguera y echarse a dormir un sueñecito que puede durar meses. Los lirones, que han dado fama al sueño invernal, se apelmazan como si fueran una bola y se acuestan en una cama de hojarasca y restos vegetales que les permite mantener una temperatura corporal permanente. A veces guardan algunos frutos secos por si se despiertan con apetito.

Otro hibernante convencido son las marmotas. Duermen en grupo para darse calor unas a otras y no salen al exterior hasta el mes de abril. También los osos hibernan con el hocico junto al rabo, pero su sueño es menos profundo de lo que se creía. De hecho, en días buenos, incluso salen a pasear y buscar algo de comida. Pero ¿cómo pueden pasar meses durmiendo sin apenas probar bocado? Porque previamente han comido hasta hartarse, acumulando así gran cantidad de grasa y aumentando su peso considerablemente. Cuando les vence el sueño su temperatura corporal desciende varios grados y, en el caso del oso, su ritmo cardiaco baja a unos diez latidos por minuto con lo que consigue ahorrar hasta tres cuartas partes de la energía que necesita despierto. Ésa es la clave de la hibernación de los mamíferos: aunque no prueben bocado su organismo es capaz de resistir nutriéndose de las grasas acumuladas durante el otoño. De hecho, cuando despiertan en primavera, todos ellos parecen haber sufrido una cura de adelgazamiento.

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