El suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. Provoca más fallecimientos que los accidentes de tráfico, pero nadie habla de ello ni hay campañas de concienciación. El primer paso para prevenirlo es romper el tabú. Escuchemos. Por Priscila Guilayn/ Fotografía: Carlos Luján

«Nos etiquetan como cobardes, dicen que no tenemos valor para seguir adelante en la vida, pero no se trata de eso». Salvador Ríos tiene 55 años y ha sobrevivido a tres intentos de suicidio. Hoy se siente fortalecido y ha decidido dar la cara. «Lo que nos falta son herramientas y conocimiento para manejar una crisis profunda y sostenida en el tiempo –explica con convicción–. Todos somos vulnerables. Pero también todo es superable».

«En 15 años, las muertes por accidente de tráfico pasaron de 6000 a 1900 con campañas de concienciación. ¿Por qué no se hace algo parecido con los suicidios?» se preguntan los expertos

Como él, muchos que sienten el peso del tabú se empiezan a movilizar con la ambición de derribarlo. Quieren que su testimonio y su imagen arrojen luz sobre este tema porque, como dice Ríos, los estigmas no ayudan: «Al contrario, nos aíslan, nos obligan a vivir en soledad, con la mente entre el pasado y el futuro, generando pensamientos erróneos sobre nuestra existencia».

Suicidio, romper el tabú

Salvador Ríos: “Me sentía como si me hubieran lanzado al espacio y diera vueltas irregulares en gravedad cero”

«Menos mal que los tres intentos de suicidio no funcionaron. Me hubiese perdido la oportunidad de vivir mi presente, que es la antítesis de la oscuridad que viví. Antes lloraba constantemente. Me sentía muy débil y vulnerable. Tenía un desorden mental tremendo; como si me hubieran lanzado al espacio y estuviera dando vueltas irregulares en gravedad cero, cada momento de una manera diferente, sin una referencia donde agarrarme. Me había divorciado, había perdido mi trabajo y no solo no podía hacer nada por mis hijos, sino que sentía que podía arrastrarlos conmigo. No conseguía ver el futuro. No había luz. He aprendido que todo tiene solución, que las crisis tienen fecha de caducidad y que te dejan una enseñanza».

Esta sensación de desamparo y falta de apoyo acompaña a cada persona afectada por la conducta suicida. Ya sea el que tiene ideaciones (ideas suicidas), quien intenta quitarse la vida o el familiar del que se mata. La vergüenza y la culpa que sienten son un freno a la hora de pedir socorro; que el suicidio sea un tema tabú en nuestra sociedad tampoco ayuda.

Así ocurrió con Cecilia Borràs después de que un SMS de su único hijo, de 19 años, le anunciara lo que nunca imaginó que llegaría a vivir: «T’estimo molt, a tu i al papa, ho sento pel que faré» (‘Te quiero mucho, a ti y a papá, perdón por lo que voy a hacer’). «Recuerdo mi soledad. Hablándome a mí misma, dándole vueltas a la cabeza, sola, en el sofá de casa –rememora la madre–. No hay nadie que te entienda porque hay mucho estigma, mucho tabú. De hecho, pasé ocho meses sin decir ‘suicidio’. Me negué a pronunciar esa palabra; me prohibí asociarla con mi hijo». Tres años más tarde Borràs creó, en Barcelona, la asociación Después del Suicidio para que otros familiares no se sintieran tan solos como ella. Desde entonces ha pronunciado y escrito el temido término «millones de veces».

Suicidio, romper el tabú 1

Cecilia Borrás: “Piensas muchas veces en tu propio suicidio, hasta que comprendes que la respuesta a tus preguntas se la llevaron ellos”

«Cuando mi hijo se suicidó, pensé que había fallado como madre y como psicóloga. El sentimiento de culpabilidad es terrible. Llevas las preguntas en una mochila. Son preguntas interminables que vuelven y vuelven a tu mente. Y un incesante: ‘¿Y sí…? ¿Y sí…? ¿Y sí…?’. Porque sientes que has fallado, porque podría haber hecho algo aquel día en que me dijo no sé qué. Y volvemos y volvemos y volvemos. Psicológicamente es tan agotador que es habitual que pensemos en nuestro propio suicidio. Somos una población de riesgo. Pero llega un momento en que esas preguntas, tantas, ya no tienen tantas respuestas.  Y entendemos finalmente que la respuesta del ‘por qué’, tan íntimo y pesado, que nos aplasta, se la llevaron ellos».

Un suicidio cada dos horas y media

El hijo de Borràs murió en 2009, cuando el suicidio ya era (desde el año anterior) la primera causa de muerte no natural en España. Una década después, la situación no ha cambiado, con una persona quitándose la vida cada dos horas y media. «Las muertes por suicidio son invisibles», denuncia Andoni Anseán, presidente de la Sociedad Española de Suicidología, que reclama un Plan Nacional de Prevención de Suicidios y considera insuficiente la mención que se hace al tema en la Estrategia de salud mental, del Sistema Nacional de Salud, desactualizada, además, desde 2013. La estadística dice que 3700 personas se suicidan anualmente en España, diez al día. Alarmante a más no poder, la cifra, sin embargo, no cuenta toda la realidad. «Hay suicidios entre las más de 8000 muertes registradas como accidentales por precipitación, ahogamiento, sobreingesta de medicamentos, envenenamiento o en carretera», asegura el psicólogo clínico Javier Jiménez, de la Asociación de Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio (AIPIS), creada en 2009.

Los suicidios se podrían reducir en un 30 por ciento si se pusiera en marcha una adecuada estrategia de prevención, según la OMS

Jiménez explica que para demostrar un suicidio, dependiendo del método utilizado, hace falta que alguien que lo haya visto testifique ante la comisión judicial o que se le entregue una nota de despedida. No obstante, menos de un 20 por ciento de los suicidas dejan nota de despedida y tampoco se practican lo que se llaman ‘autopsias psicológicas’. «Es decir –explica Jiménez–, no se indaga en las posibles causas que llevaron a esa persona a acabar con su vida».

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Anna Lara: “Tardé un año en hablar del suicidio de mi hermano. Luego aprendes a ser feliz y a seguir queriéndolo con todo el corazón”

«Cuando mi hermano se suicidó, todo se derrumbó. Sentía un dolor físico. Tardé un año en hablar de su muerte. Pasamos a ser la familia a la que se le había suicidado el hijo, el hermano, el sobrino… La gente no sabe tratar el tema. A veces, te hacen comentarios del tipo: ‘¡Ostras! ¿No lo visteis venir?’. Evidentemente, no lo vimos venir porque hubiéramos hecho algo para ayudarlo. Esas preguntas hacen daño. Convives con la culpabilidad. Pero creo que ya me he perdonado. Me ha costado porque la culpa se te mete muy adentro. La primera vez que reí, por ejemplo, me puse a llorar, porque me sentí muy mal. Porque volver a estar alegre era como si no quisiera a mi hermano. Luego aprendí que puedes estar contenta, triste, enfadada y quererlo con todo tu corazón».

Porque el suicidio es multicausal. «Un cúmulo de situaciones mal gestionadas que provocan un sufrimiento que la persona no sabe resolver –afirma la psicóloga y presidenta de AIPIS, Montserrat Montés–. Aunque, con ayuda, se puede salir de ese sufrimiento y ver las cosas desde varias perspectivas». Es más, según la Organización Mundial de la Salud, los suicidios se podrían reducir en un 30 por ciento si se pusiera en marcha una adecuada estrategia de prevención. En nuestro país, eso representaría una reducción de 1200 muertes al año, tres al día. Sin embargo, ni siquiera existe un teléfono público de tres cifras a disposición de la ciudadanía para abordar exclusivamente las crisis suicidas.

«Desde 2012, en España se han suicidado 25.000 personas, pero aquí no se ha hecho nada. No hay un partido con representación parlamentaria que se atreva a coger el toro por los cuernos –dice Jiménez–. En 15 años, las muertes por accidente de tráfico pasaron de 6000 a 1900 con campañas de prevención y concienciación. ¿Por qué no se hace algo parecido para prevenir los suicidios? Cuando hay voluntad política, se hace».

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María D. H.: “Han pasado siete años y todavía tengo una habitación llena de cajas con sus cosas”

«No existe película de miedo como esta. Durante tres meses, la muerte de mi pareja me impidió hasta leer. Reconocía las letras, pero no sabía formar palabras. Iba a coger el tren para solucionar el papeleo o en coche y era incapaz de leer las señales. Tenía que preparar el entierro, firmar papeles, el testamento…, y lo hice. Pero no podía mirar a la cara de la gente. No sabían cómo tratarme. Nadie me preguntó nada. Luego, en casa, me derrumbaba y solo quería dormir. Un día, por la tele, supe de la asociación Después del Suicidio, los busqué y participé en grupos de apoyo. Hoy veo fotos y las beso. Han pasado casi siete años y todavía tengo una habitación llena de cajas con sus cosas».

Morir no es el objetivo

Sobre la conducta suicida hay, de hecho, mucho por hacer, aseguran los expertos. Para empezar, supervivientes y profesionales de la salud mental quieren dejar claro que quienes se suicidan no buscan la muerte.

Un estudio realizado con personas que intentaron suicidarse precipitándose al vacío muestra que, un segundo después de saltar, se habían arrepentido, según cuenta Mariano Navarro Serer, psicólogo de la unidad de salud mental del Hospital General Universitario de Valencia. «Parece ser que un segundo antes de suicidarse la mente sufre una especie de desconexión de la realidad y se anula el instinto de supervivencia, que vuelve a conectarse inmediatamente después de la decisión –explica Serer–. Se constata entonces que realmente nadie desea la muerte, sino el cese del sufrimiento».

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Victoria de la Serna y Victoria Fernández-Cavada: “Mi hijo tenía 17 años cuando se suicidó. La culpabilidad es una losa que te aplasta”

«Nuestro reto es vivir la vida con los ojos de mi hijo, que tenía 17 años cuando se suicidó. Hacer cosas que a él le gustaban, comer comidas que le gustaban, oír música que le gustaba… Hay algo contradictorio en hacer eso porque te da una tristeza horrible, pero también haces algo que, de alguna manera, le estará gustando… o le gustaba. Porque salir de esto no se sale. La culpabilidad es una losa que te aplasta. Viviré con esta culpa toda la vida. Pero con ayuda de especialistas se consigue volver a reír», afirma Victoria de la Serna. Su hija añade: «Al principio sientes vergüenza. Quería proteger la imagen de mi hermano. Pero me ayudó entender que nadie puede controlar la voluntad de nadie».

Para dejar de sufrir, sin embargo, hay que actuar. No ayuda, desde luego, decirle a una persona en una profunda crisis que «el tiempo todo lo cura». «Esa frase es falsa –afirma el psicólogo del hospital valenciano–. Lo que cura es la actitud que se toma ante lo que la vida te ha puesto delante. Ahora bien, hay que ofrecer apoyo y caminar hacia una comprensión sincera de sus necesidades. Así, la persona podrá empezar a cambiar su actitud, aceptar la ayuda y buscar soluciones, lo que hasta entonces le era imposible tomar siquiera en consideración».

Al canario José Luis Herrera, de 48 años, le llevó cuatro intentos de suicidio llegar a ese punto. «Mi trasiego por las consultas de psicología o psiquiatría empezó a los 29 años, cuando intenté suicidarme por primera vez –cuenta Herrera, víctima de abusos sexuales a los 8 años–. Me atendían diez minutos al mes y decían que lo mío era una enfermedad crónica. Desde entonces, me han medicado un montón. Pensaba que no tenía solución». En el último año, sin embargo, con ayuda psicológica privada, cambió su perspectiva. «Tenía dos consultas por semana y mi psicóloga me obligaba a escribirla dos veces al día, por la mañana y por la noche. Además, me he comprometido a hablar abiertamente de este tema. Ayudando a otras personas me retroalimento y me ayudo a mí mismo», añade. José Luis Herrera es ahora voluntario en Afes Salud Mental-Tenerife y en la Confederación Salud Mental España.

Es fundamental que en los colegios se imparta una asignatura obligatoria que enseñe a los niños a lidiar con sus sentimientos, dicen los expertos

Romper el tabú, como se ve, es un primer paso para ayudar a prevenir el suicidio. «Nuestra sociedad necesita hablar del suicidio –reclama Serer–. Eliminando el estigma asociado al suicidio o al deseo de morir ayudamos a quien sufre a que deje de sentirlo. El sufrimiento acumulado puede empujarte a tomar decisiones inadecuadas, pero, si la sociedad te escucha sin juicio y te ofrece vías adecuadas de atención e intervención, la ‘visión de túnel’ se puede dispersar».

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P. G.M.: “Ahora miro al futuro con el apoyo de los que me quieren de verdad”

«Al caer, me estallaron todos los huesos del pie; mi pelvis quedó destrozada; y el fémur, el húmero, el radio; fisuras en las costillas; erosión en el hígado y en el bazo. Creían que ya no volvería a caminar: pero tenía claro que saldría andando del hospital. Los médicos no se lo explican. Me siento orgullosa… no de lo que hice, pero sí de lo que he logrado. Mi cuerpo nunca será el de antes. He perdido cerca de cinco centímetros, diez kilos y mucha masa muscular. Era deportista. Jugaba al fútbol. Era muy buena… Pero eso es pasado. Miro hacia el futuro, no hacia atrás. Y lo más importante, con el apoyo de quien de verdad me quiere».

Educación  emocional

La tarea debe comenzar en los centros educativos. Para los expertos es fundamental que en los colegios se imparta una asignatura obligatoria que enseñe a los niños a lidiar con sus sentimientos desde edad temprana. Una exigencia que cobra un especial y dramático sentido al recordar que, en 2017, última estadística del INE, se suicidaron seis niños y siete niñas menores de 15 años, 50 adolescentes de 15 a 19 años y 82 jóvenes de 20 a 24.

Un estudio realizado con personas que intentaron suicidarse tirándose al vacío muestra que, un segundo después de saltar, ya se habían arrepentido. Nadie desea la muerte, solo que pare el sufrimiento

«Casi todos los años hay episodios de suicidio en centros educativos –subraya la presidenta de AIPIS, Montserrat Montés–. Los adolescentes confían más en su grupo que en la familia. Es decir, la mayoría de las veces que un joven se suicida sus amigos lo sabían». La psicóloga recomienda enseñar a los jóvenes la forma adecuada de actuar cuando un amigo les dice que quiere quitarse la vida, así como formar a los docentes en protocolos de actuación ante señales de alerta de una posible depresión o de pensamientos autodestructivos.

El trabajo, en todo caso, no culmina con impedir un intento de suicidio porque un tercio de las personas que lo intentan reinciden en el periodo de un año… Y el 10 por ciento llega hasta el final. «Si les ofreciéramos la ayuda y la intervención necesarias para acabar con su sufrimiento –remarca Mariano Navarro Serer–, lo repetirían muchos menos».

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