A los 18 años, la estadounidense Katie Stubblefield se quiso suicidar de un tiro en la boca. A los 21 se convirtió en la paciente más joven del mundo en recibir la cara de otra persona. Esta es una historia de terror, pero también de valor, superación y mucho amor. Una historia que busca contra viento y marea un final feliz. Por Carlos Manuel Sánchez/ Fotografía: Maggie Steber

El mayor trasplante de rostro de la historia

Si la cara es el espejo del alma, Katie Stubblefield ha tenido tres espejos en los que verse reflejada. Tres fotografías de carné con las que mostrarse al mundo… En realidad, nuestra cara es una y son muchas. Va cambiando lentamente. Pero hay rasgos inconfundiblemente nuestros desde que somos niños hasta que envejecemos. Las tres caras de Katie no se parecen en nada.

La cara 1. Estudiante de ‘diez’

La primera cara es la de una joven preciosa de 18 años, aunque ella nunca se vio guapa. Era perfeccionista y dura consigo misma, aunque también muy divertida. Quería sacar las mejores notas. Pequeña y pizpireta, no llegaba a los 50 kilos. Puro nervio.

La familia vivió varias mudanzas cuando ella iba al instituto. Sus padres, Robb y Alesia, fueron contratados como maestros en una escuela cristiana de Oxford (Misisipi). Katie se enamoró de un compañero de clase. Enseguida empezaron a hablar de casarse… Pero el 25 de marzo de 2014 Katie le fisgó el móvil a su novio y encontró mensajes dirigidos a otra chica. Rompieron. Katie se fue a casa de su hermano mayor a contárselo. Estaba trastornada. En un descuido, Katie vio la escopeta de caza de su hermano, se encerró en el aseo, apoyó la barbilla en el cañón y se pegó un tiro. Robert tuvo que echar la puerta abajo a patadas. «Cuando me la encontré, había mucha sangre… y no tenía cara», recuerda.

Katie fisgó en el móvil de su novio y encontró mensajes a otra chica. Rompieron. Desolada, cogió la escopeta de caza de su hermano…

La bala hizo estragos: volatilizó la frente, la nariz y la boca, excepto la comisura de los labios, así como trozos de mandíbula y de las mejillas. Katie conservaba los ojos, pero desplazados y casi ciegos; el nervio óptico estaba dañado. Tenía lesiones cerebrales en el lóbulo frontal y en la hipófisis, una glándula vital que regula los niveles de sodio. Fue operada a vida o muerte en Memphis. Los médicos consiguieron salvarla. Sin embargo, no pudieron cubrir el boquete con un injerto de tejido de la barriga.

La cara 2. Shrek

La segunda operación fue en una clínica especializada en reconstrucción de heridas de guerra, grandes traumatismos y tumores de Cleveland. Brian Gastman lideró un equipo de 15 especialistas. «Tenía el cerebro al aire; lo que la exponía a infecciones. De trasplante de cara ni hablábamos, se trataba de que no se nos muriese», explicó el cirujano a National Geographic. «No soy un tipo dado a sensiblerías, ni con Katie ni con mi propia familia. Pero me siento muy responsable de ella. Esta es la misión de mi vida. Con alguien como ella, tan joven, es el punto culminante. Esto es para lo que debe de haber servido mi formación», añadió.

trasplante de cara (2)

El doctor Frank Papay (en el centro) y la doctora Maria Siemionow en un ensayo de la operación

En realidad, la segunda operación fue el comienzo de una serie de intervenciones para remendarle la cara; reparar huesos fracturados; habilitar un conducto nasal; proteger el cerebro; construir una nariz y el labio superior con tejido de muslo; confeccionar la barbilla y el labio inferior con un trozo de tendón de Aquiles; instalar un maxilar fabricado con titanio y un fragmento del peroné; y reducir la separación entre los ojos, para lo cual el cirujano apretaba cada día un poquito más los tornillos del distractor, una especie de herramienta de carpintero.

La operación la ha pagado el departamento de defensa como ensayo para tratar a soldados

Katie nunca vio ese rostro, pero se lo tocaba y se hizo una idea. «No me di cuenta de lo que había hecho hasta que pasé la mano por mi cara y sentí todo lo que faltaba. Pensé: ¿cómo he sido capaz de hacer esto? ¿cómo le he hecho esto a mi familia?», explicó Katie en una entrevista con la BBC. Sacando su vena sarcástica, que nunca perdió a pesar de todo, llamó a su rostro Shrek.

Los riesgos del trasplante

La tercera operación, la del trasplante de cara, también fue en la clínica de Cleveland, aunque esta vez la dirigió el cirujano plástico Frank Papay, asistido por Gastman. Katie podía haber rehusado. ¿Para qué arriesgarse? Pero no quería seguir ocultando el rostro tras una mascarilla ni resignarse a comer y hablar con dificultades. «La vida me daba una segunda oportunidad. Una oportunidad de tener mi vida y mi rostro de vuelta de alguna manera. Fue una decisión difícil. Porque alguien tenía que morir para darme su cara».

Sin embargo, había otro problema: su intento de suicidio la convertía en una candidata poco fiable. Pero la psiquiatra dictaminó que actuó por un impulso. Y que, en el fondo, Katie es una persona optimista y luchadora. «Honestamente, no tenía pensamientos suicidas. Lo hice sin pensar», asegura.

Luego estaba el tema de la financiación. Ni las compañías de seguros ni los programas públicos costean trasplantes faciales, pues se consideran experimentales. Fue el Departamento de Defensa el que aportó a la clínica 4,8 millones de dólares, por medio de un instituto creado tras la segunda batalla de Faluya. Cuatro mil militares que lucharon en Irak y Afganistán han sufrido heridas faciales; en cincuenta casos, catastróficas. Pero ninguno ha querido someterse a un trasplante de cara. «Son personas aguerridas. Consideran que sus heridas de guerra son un honor y quieren volver al frente», explicó la cirujana Maria Siemionow. Tomar fármacos inmunosupresores lo haría imposible. Así que Katie se convirtió, a los 21 años y con una herida por arma de fuego, en la mejor suplente del Pentágono.

La cara 3. El regalo

La tercera cara de Katie perteneció antes a una mujer de 31 años que murió de una sobredosis de cocaína. Se llamaba Adrea Schneider. Tuvo una vida muy dura. Hija de una adicta, nació con drogas en el organismo. Huérfana desde los 13, la crio su abuela Sandra Bennington. Tenía un hijo adolescente.

Adrea era donante de órganos. Pero fue Sandra, la abuela desconsolada, la que firmó el consentimiento para el trasplante de cara cuando Adrea llevaba tres días clínicamente muerta.

“No estaba nerviosa. Le decía a todo el mundo que iba a dormir 31 horas. La mejor siesta de mi vida”

El de Katie sería el número 40 de los trasplantes de cara realizados en el mundo desde 2005, cuatro de ellos en España, que es pionera en esta cirugía experimental, con dos hitos mundiales: en 2009, el doctor Pedro Cavadas realizaba el primer trasplante que incluía lengua y mandíbula en Valencia; y un año más tarde, el doctor Joan Pere Barret realizaba el primer trasplante total en Barcelona.

El día ‘D’

El 4 de mayo de 2017 se prepararon dos quirófanos contiguos. En uno de ellos, los cirujanos extirparían el rostro de Adrea, a la que se practicó una traqueotomía para que siguiese respirando. Tardaron 16 horas en despegarle la cara, diseccionando cada nervio, vaso sanguíneo y fibra muscular. Entonces el equipo médico, se dirigió con el rostro al quirófano donde aguardaba Katie.

trasplante de cara (1)

Pasados 19 días desde el trasplante, Katie tenía la cara aún muy hinchada. A medida que vaya sanando, su nuevo rostro se adaptará a la estructura ósea

Quedaban otras 15 horas de trabajo por delante. A Katie también le habían practicado una traqueotomía. Y Gastman se había encargado de desmantelar los trabajos de reconstrucción que él mismo le había hecho en los dos años anteriores mientras Papay todavía se afanaba con la donante. «No estaba nerviosa. Le decía a todo el mundo que iba a dormir una siesta de 31 horas. La mejor siesta de mi vida», recuerda Katie.

Por fin colocaron la cara de Adrea sobre la cabeza de Katie y empezaron a ligar vasos sanguíneos. Cuando despinzaron los vasos, la sangre irrigó su cara y Katie se ruborizó. Buena señal. Siguieron con los huesos, uniéndolos con placas y tornillos. Luego conectaron haces de nervios.

De repente, algo no iba bien. Papay y Gastman salieron del quirófano para hablar con los padres de Katie. Las caras no encajaban. La de Adrea era bastante más grande. Había que tomar una decisión. La idea original era mantener la mayor superficie posible de la cara de Katie, es decir, no tocar la frente, las cejas y los párpados. Para reducir el riesgo de rechazo y para que Katie siguiera pareciéndose, en lo posible, a ella misma. Solo arreglarían el boquete triangular. Pero cuando superpusieron las caras, el triángulo no coincidía. ¿Debían seguir adelante con el implante parcial o hacerlo total y obligarla a someterse a una medicación inmunosupresora mucho más fuerte? Además, si se producía un rechazo y tenían que descoser la cara, no habría tejido suficiente en el cuerpo de Katie para volver a realizar la reconstrucción. Tras una reflexión, Robb -el padre- dijo: «Yo creo que Katie querría el trasplante total».

Lo que queda

La operación terminó con éxito. De momento, y pasados ya 21 meses, Katie no ha experimentado rechazo. Le quedan varias operaciones por delante. Una para despejar los senos nasales y elevar los ojos. Otra para acortar el maxilar inferior y adelantar la lengua, con el fin de que se le entienda mejor. Y una especie de lifting para retirar la piel y el tejido sobrantes, que los médicos dejaron por si se produce un rechazo. «Ya de paso, opérenme las tetas», bromeó Katie, que está aprendiendo el sistema braille, aunque no pierde la esperanza de recuperar la visión. Quizá en una década se realicen trasplantes de ojos. Quiere ir a la universidad. Y quizá trabajar como terapeuta. «Me ha ayudado tanta gente que también quiero ayudar yo a los demás. Y un día me gustaría conocer a alguien y formar una familia».

El duro proceso de un trasplante de cara

El duro proceso de un trasplante de cara

Terror, valor, superación y amor, las claves de la increíble historia de Kate Stubblefield, la paciente más joven del mundo en recibir un trasplante de cara. Texto C.M.Sánchez/ Fotografías: Maggie…

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