Esperaré 25 años antes de operarme

Artículos de ocasión

Recuerdo el día en que empecé a no alcanzar a ver las letras escritas en la pizarra. Me pasé dos cursos copiando de la hoja de mi compañero de pupitre y en ocasiones me levantaba de mi eterna última fila en clase para ir a ver lo que el profesor había escrito en tiza. Ya no distinguía el número del autobús hasta que lo tenía encimado en la parada y más o menos reconocía a la gente a bulto. Tenía quince años y mi miopía era evidente, pero entonces visitar a los médicos era una cosa que las familias numerosas hacíamos cuando estábamos gravemente enfermos o ya fallecidos. Así que, cuando fui a graduarme la vista, el oftalmólogo me preguntó cómo hacía para sobrevivir sin gafas. Me encogí de hombros, claro. Al final todos sobrevivimos con lo que tenemos. Mi madre me llevó a la óptica de un amigo de la familia y me dieron a elegir entre tres modelos de gafas. La tienda era modesta, la verdad. Aún conservo aquellas gafas, que me pongo de tanto en tanto para recibir a gente, pues son más un disfraz que otra cosa. Aunque el año pasado volvieron a ponerse de moda unos modelos parecidos, grandes como soles, porque todo regresa, incluso lo feo y lo absurdo, porque la gente vive bajo la dictadura de lo novedoso y el consumo necesita arrinconar el gusto cada temporada para dar con algo distinto que renueve el comercio.

Las gafas se convirtieron después de aquellos años iniciales de cierta vergüenza en algo que te acompaña. Los que llevamos gafas aceptamos nuestra inferioridad para todas aquellas cosas que no nos interesa un carajo hacer: pegarnos a puñetazos, cabecear pelotazos, tirarnos desde el trampolín. Hace dos décadas, una amiga actriz apareció con gafas en una comida y me explicó que los cristales estaban sin graduar, pero que estaba de moda llevarlas. Finalmente, no ha quedado nadie sin sus gafas de sol de marca e incluso entre las poblaciones más perjudicadas económicamente uno percibe la importancia de lucir un buen par de gafas. Ha habido incluso personajes televisivos que han llevado gafas sin cristal para apuntalar su imagen. Es decir, que las gafas han ganado la batalla por goleada. Como me dijo un niño al que le pusieron gafas recientemente, aquello no le suponía un problema, llevarlas es un símbolo de inteligencia y los profesores ponen mejor nota a los alumnos con gafas. Según un estudio reciente, la gente se fía más de alguien con gafas graduadas tanto para proponerle un trabajo como para iniciar una relación sentimental. Ahí es nada.

Semanas atrás leí un reportaje sobre las asociaciones de afectados por operaciones de corrección de vista. Se contaban historias muy terribles sobre personas que se habían sometido a operaciones para reducir las dioptrías y habían salido perjudicadas del proceso. Lacrimales secos, fotofobia, empeoramiento de la visión y, en la mayoría de los casos, el regreso de las dioptrías al punto en el que estaban antes de la operación. Recordé entonces la insistencia pesada de muchos conocidos porque me operara la vista. Teníamos veinte años y no había día en que alguna persona no te dijera que había operaciones sencillísimas de láser para resolver tu problema. ¿Mi problema? Yo tengo problemas mucho más profundos que llevar gafas, solía decirles, y no se arreglan con un rayo láser. Pero cuando la moda de las operaciones alcanzó su cota más alta ya era imposible librarse de la presión. Así que inventé otra excusa. A todos les decía lo mismo: prefiero esperar 25 años antes de operarme. Eso me permitiría ver los efectos reales sobre la población. Pensé entonces que algún día nadie llevaría gafas sobre el planeta. Como pensamos hoy que nadie estará calvo dentro de cien años si siguen progresando los implantes capilares en Turquía, moda de la última década. Es evidente que muchísimas personas han mejorado su calidad de vida, su visión, su comodidad para mirar con la vista arreglada. Pero me bastan esas asociaciones de damnificados para entender que no es mala receta esperarse 25 años antes de decidir sobre cosas tan rotundas. Nunca quise ser el tipo que se erigía en conejillo Indias del futuro. Esperar un poco, mirar alrededor, tomárselo con calma son cosas hoy totalmente desfasadas. En todo queremos ser pioneros. Buena suerte.