Esperanza

Palabrería

Autónomo. No quería perderse nada del rescate del niño. Para alimentarse de lo que arrojaba la tele, había trasladado las actividades de la casa al comedor. Aprovechaba la soltería y que el trabajo de autónomo le permitía organizarse –aunque organizar ¿qué?, los encargos se ausentaban– para encadenar programa tras programa sin tener que dar explicaciones a padres, parejas o hijos, gatos invasivos o peces discretos.

Pestañear. Dormía en el sofá –incómodo como una tabla de planchar, la desagradable experiencia lo decidió a adquirir uno nuevo cuando tuviera ingresos– y comía platos calentados en el microondas con la mirada puesta en la pantalla, casi sin pestañear. Cada vez que abría uno de los humeantes paquetes se asombraba de que en el interior hubiera algo comestible. Las fotos del envoltorio no se correspondían con el producto del interior, excepto por la textura plástica, que compartían. Depositaba el engrudo en un plato, que encajaba en una bandeja con patas apropiada para residir ante la tele. En una hendidura más pequeña, las patatas fritas o la variada gama de productos artificiales criados en el interior de una bolsa: estaba seguro de que no proveían de la naturaleza, sino de alguna parte de la anatomía de obreros hacinados en naves industriales. En un redondel, la bebida con cafeína y con otras sustancias estimulantes para fijar los párpados e impedir los involuntarios apagones.

Broca. Con las pupilas ensangrentadas por la sobredosis de bebidas energéticas, seguía los sacrificios y las frustraciones del equipo de rescate, las infografías, los reportajes sobre los instrumentos que se usarían (o no), las galerías imposibles, los diseños locos y los cabales de ascensores y tubos y brocas sin mesura, las excavadoras y los volquetes, los movimientos de tierra, las perforaciones que no llegaban a ninguna parte, la forma adecuada de aplicar las microvoladuras, la roca como inoportuna y desesperante villana.

Brebaje. Se dejaba guiar por las presentadoras –y los acreditados tertulianos y tertulianas– que pilotaban los magacines como corredoras de autos locos. Debates interminables sobre agujeros, acuíferos, negligencias, ilegalidades, delitos, responsabilidades mezclados de una forma contundente: el brebaje congelaba el corazón. Los letreritos le provocaban temblores, señalando la cuenta atrás –los metros que faltaban– para dar con el pequeño. El mensaje que escuchaba día tras día, con los ojos en ascuas, era que había esperanza. ESPERANZA. Él no creía que un ser tan pequeño pudiera sobrevivir a la caída, al hambre, al frío, a la soledad después. Pero ellas y ellos, calentados por las luces de los platós, le daban ESPERANZA. No hablaban de muerte, ni de cadáver ni de cuerpo enterrado, sino de ESPERANZA.

Telebasura. Tuvo fe porque confiaba en aquellas personas al otro lado de la pantalla. Necesitaba hacerlo. En el pozo también estaba hundido su ser. Él era el niño, él era el padre, él era la madre, él era cada uno de los personajes del drama. Después de 13 días de vigilia y sobredosis de cafeína y de comida basura, la madrugada llegó con la devastación: habían encontrado al niño sin vida. Lloró, gritó, se estiró los cabellos, empapó con lágrimas los cojines del sofá y rompió la bandeja contra el suelo. Se sentía estafado por aquellas personas que le habían dado ESPERANZA para que siguiera enganchado a la heroína. Con la calma implacable de las personas heridas, abrió Twitter, la última oportunidad de los solitarios, y se desahogó con sus 150 seguidores. Enlazó un tuit tras otros acusándolos de telebasura, de carroñeros, de desalmados. Calmó el desengaño comprándose un sofá y absteniéndose de bebidas energéticas. Retornó a su trabajado buscando las miguitas de los encargos.

Demente. Al cabo de una semana abrió el televisor sin darse cuenta, pulsando el mando a distancia con un automatismo. También sin querer se sentó en el sofá nuevo –qué cómodo– y quedó hipnotizado por el mismo grupo de gente. ¿De qué hablaban? Era algo sobre un famoso que vivía en la calle después de haber dilapidado sus bienes. Demente, yonqui, violador: ese era el perfil. Se preguntó si habría ESPERANZA para aquel tipo.