Falta de transparencia, influencia china, errores de cálculo, de gestión… La OMS ha fallado estrepitosamente en esta crisis, según los expertos. Y los fallos han costado vidas. Sin embargo, esos mismos críticos, con Bill Gates a la cabeza, tienen claro que hoy más que nunca es necesaria una institución global poderosa, armada de científicos, médicos y de financiación, que se enfrente al ejército más peligroso del mundo: los virus. El futuro de la humanidad está en juego. Por Carlos Manuel Sánchez / Foto: Mark Henley / Panos Picture / Contacto

«La OTAN dispone de unidades móviles de respuesta rápida. Tiene a su gente entrenada y lista para la acción. Es el tipo de cosas que tenemos que hacer cuando haya epidemias. Necesitamos personal médico de reserva, con el conocimiento y el entrenamiento adecuados, dispuesto a ser enviado donde sea necesario. Hay que equiparar a estos médicos con los militares y dotarlos de la misma capacidad logística para moverse rápidamente».

¿Qué se esconde detrás de la OMS?

Bill Gates durante la conferencia TED de 2015 que se ha hecho viral en las redes. En ella vaticinó una pandemia muy similar a la que enfrentamos. El cofundador de Microsoft y de la Fundación Bill y Melinda Gates es uno de los principales donantes de la OMS, entre los que también se encuentran Jack Ma, Lady Gaga y Yuval Harari.

Esta propuesta la hace nada menos que Bill Gates. No es nueva, la formuló en una charla de TED de 2015 que ha cobrado actualidad porque profetizaba lo que se nos ha venido encima. Entonces estaba aún reciente la crisis del ébola. «Si algo ha de matar a millones de personas no es una guerra, es un virus. No son los misiles, sino los microbios. Y no estamos preparados para la próxima pandemia», aseguraba. En efecto, no lo estábamos. La lógica de Gates, compartida ahora por numerosos expertos, es la siguiente: las guerras más letales serán aquellas que la humanidad librará contra un enemigo que ni siquiera puede ver si no es al microscopio. Necesitamos más que nunca un ejército, pero no de soldados, sino de médicos. Una alianza sanitaria donde no caben bloques enfrentados. No es la OTAN contra el Pacto de Varsovia como en la Guerra Fría; ni Estados Unidos contra China, como ahora. Es el ser humano contra un enemigo impredecible y despiadado.

¿Acaso no teníamos ya ese ejército internacional? ¿No es la Organización Mundial de la Salud (OMS), a la que pertenecen 194 países, la encargada de defendernos? Debería… Sin embargo, para muchos, incluido Gates, que es uno de sus principales donantes, se ha quedado obsoleta. La OMS viene a ser el Ministerio de Sanidad de las Naciones Unidas; tiene su sede en Ginebra y más de 7000 empleados, la mayoría dedicados a tareas burocráticas. Debería ser un órgano inmunizado contra las luchas políticas, por desgracia no es así. Se creó tras la Segunda Guerra Mundial. Su principal victoria fue la erradicación de la viruela en los años 80. Desde entonces, ha dilapidado su prestigio y, lo que es peor, se ha vuelto inoperante.

Hoy -critican muchos- el grueso del trabajo de la OMS -con serios problemas de financiación- consiste en recopilar datos, en papeleo, no en acciones sobre el terreno.

Las críticas a la OMS por su gestión de la pandemia arrecian. Y no solo desde Washington. Con más de cuatro millones de contagiados y 280.000 muertos al cierre de este reportaje, ¿podemos seguir confiando en ella? Son voces muy autorizadas las que piden una reforma urgente de la institución. No para desmantelarla, sino para reactivarla. Ashish Jha, director del Instituto de Salud Global de Harvard, se queja de su arrogancia. «Siempre van en plan: ‘Somos la OMS, sabemos más que nadie. Ya te informaremos’. Creo que es una manera terrible de llevar una organización cuando intentas ganarte la confianza del público». Pero matiza: «Espero que cuando pase todo haya un debate sobre la misión de la OMS y cómo la salud pública global necesita muchos más recursos cuando algo así vuelva a suceder».

Y sucederá, advierten los expertos. A COVID-19 le sucederán COVID-20, COVID-21… Sin contar con otras amenazas. «La OMS fracasó porque no está diseñada para ser independiente. Por el contrario, está sujeta a los caprichos de los países que la integran», sostiene la escritora y socióloga Zeynep Tufekci. Pero afirma que es más necesaria que nunca una OMS que haga su trabajo: que avise al mundo de las amenazas sanitarias y que se despliegue sobre el terreno en todo el planeta para atajarlas. Si hubiera funcionado como debiera, esta pandemia se habría limitado a unos brotes aislados. «Debemos salvar a la OMS. Deberíamos ser realistas sobre la corrupción y los fallos que se han adueñado del liderazgo de una organización con muchos defectos, pero que a pesar de ellos es la joya de la comunidad sanitaria internacional. Necesita una reestructuración, pero para defender la independencia de sus profesionales», subraya Tufekci.

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Banderas de todos los países decoraban uno de los pasillos de la OMS durante la Reunión del Comité Ejecutivo, un evento anual que este año estuvo marcado por el coronavirus. Foto: Contacto

«La OMS ha hecho exactamente aquello para lo que está diseñada. Ni más ni menos. Nos ha mantenido informados. Ha coordinado los datos y la investigación. Ha recopilado pruebas y ha intentado dar pautas. La gran pregunta es si le hemos dado autoridad y recursos suficientes para actuar de otra manera», reflexiona Kelly Lee, director de estudios de salud de la Universidad Simon Fraser de Canadá. Y es que, hoy por hoy, el grueso del trabajo de la OMS consiste en recopilar, en papeleo.

Tras alabar la transparencia china, el 14 de enero la OMS anunció que no había pruebas de que existiera contagio entre humanos. Era falso y ha resultado trágico

Trump ha aprovechado para torpedearla y, de este modo, desviar la atención sobre sus propios errores en la gestión del virus. «La OMS ha fracasado. Al comienzo de la pandemia, difundió informaciones falsas aportadas por China y contribuyó a que el virus se propagara». Que lo diga Trump, por una vez, no resta credibilidad a las acusaciones. Y los argumentos los ha servido en bandeja el propio director general de la OMS, Tedros Adhanom. Durante una visita a Pekín el pasado enero, se fotografió junto a Xi Jinping, el presidente chino, y alabó «su transparencia». No dijo ni una sola palabra sobre el hecho de que las primeras voces de alarma de los médicos de Wuhan fueran acalladas por la censura oficial. Y el 14 de enero anunciaba que «según las investigaciones preliminares conducidas por las autoridades chinas no hay pruebas de que exista contagio entre humanos». Era falso. Y ha resultado trágico. La OMS se conformó con la versión china, a pesar de que Taiwán, cuyos médicos visitaron la zona cero antes de que Pekín vetara el acceso a observadores internacionales, había advertido de que sí existía contagio de persona a persona. Para entonces, Taiwán ya estaba haciendo miles de tests a su población.

LA TRAGEDIA DE DESOÍR DE TAIWÁN

La OMS cometió fallos en cadena. Ignoró a Taiwán, a pesar de que ha aplicado una política de éxito. Un territorio densamente poblado, 24 millones de habitantes, a las puertas de China, que de momento ha sorteado la pandemia con menos de 500 positivos, apenas media docena de muertos y abriendo las escuelas en febrero. No hizo falta un confinamiento drástico, aunque, por tratarse de una isla, la población ya vive aislada por la geografía. Lo que hizo Taiwán fue blindar fronteras. También lo hizo China. Y la OMS no dijo nada, pero cuando otros países restringieron la entrada de ciudadanos chinos lo consideró desproporcionado. Es más, dejó pasar febrero y la mitad de marzo antes de declarar que se trataba de una pandemia. Para entonces, el virus ya se había extendido a 114 países. Y hoy afecta a 212. No obstante, considera que la estrategia china fue acertada. Y no le falta razón.

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El 20 de febrero, el embajador chino ante Naciones Unidas, Chen Xu (en la foto), explicó en Ginebra que un equipo de la OMS estaba investigando el virus en su país. En aquel momento solo había 1076 casos de coronavirus detectados fuera de China, pero las alertas ya se habían disparado en medio mundo. Foto: Contacto

El confinamiento, la construcción de hospitales en tiempo récord y la restricción de movimientos aplanaron la curva. Pero también es cierto que China avisó tarde, mal y, si hubiera podido, nunca, al resto del mundo. Y no era la primera vez. Ya pasó con el SARS. Pero entonces estaba al frente de la OMS Gro Harlem Brundtland, la que fuera primera ministra de Noruega, que no consintió el ocultamiento. El único país al que ha criticado abiertamente Tedros es Taiwán, que ni siquiera es miembro de la OMS, por el veto chino, y a cuyos diplomáticos acusó, sin pruebas, de orquestar una campaña racista contra él.

La OMS tiene problemas de financiación. El presupuesto ronda los 3.960 millones de euros. «Puede parecer mucho, pero equivale más o menos al de algunos grandes hospitales estadounidenses», asegura Mara Pillinger, experta en política sanitaria de la Universidad Georgetown de Washington. En el caso de que Washington retire su contribución, como ha anunciado, el presidente chino Xi Jinping podría compensarlo en parte. Pero el problema seguiría estando latente. «La OMS depende demasiado de los donantes privados, que vinculan su contribución a sus propios intereses y no a las necesidades de la salud global. El 80 por ciento del presupuesto proviene de aportaciones voluntarias», se queja Jeniffer Prah en el Financial Times. Entre los donantes están Jack Ma, Lady Gaga, Yuval Noah Harari… Los críticos señalan que esta práctica genera dependencia: el donante puede decidir qué se hace con su dinero.

La Fundación Bill y Melinda Gates es el tercer mayor contribuyente, con 315 millones de euros, dinero en buena medida dedicado a combatir la polio, una enfermedad ya casi erradicada. «¿No podríamos dedicar este dinero a otras enfermedades que afectan a más gente, como la malaria o el sarampión? Es una cuestión de prioridades. Y hay un montón de dinero de donantes que va a cosas que producen poco beneficio», critica Jeremy Youde, investigador de políticas sanitarias, en la revista Rolling Stone. «La OMS está atrapada, a no ser que sus miembros decidan darle más autonomía. Y una de las razones por las que no le dan esa flexibilidad es que no confían en ella. La respuesta a la crisis de la gripe A en 2009 fue, como poco, sospechosa de haberse alineado con los intereses de las farmacéuticas».

El actual presidente de la OMS nombró a uno de los peores dictadores africanos, Robert Mugabe, embajador de buena voluntad de la institución. A los tres días tuvo que rectificar

Pero quizá el eslabón más débil está en la cúspide. Tedros Adhanom es el primer africano al frente de esta organización. De origen etíope, este inmunólogo de 55 años fue ministro de Sanidad en Etiopía entre 2005 y 2012. Eran los años en los que China empezaba a consolidar su presencia en África, invertía millones.

UN LÍDER CUESTIONADO

Kjetil Tronvoll, profesor de Investigación de la Paz y los Conflictos en Noruega, ha seguido su carrera. «Lo conocí hace 20 años, era una persona con amplios conocimientos y experiencia». No obstante, le reprocha un error: cuando Etiopía se vio afectada por el cólera, Tedros intentó restarle importancia. Tronvoll cree probable que el presidente del Gobierno etíope decidiera que era mejor tapar el asunto. Dentro de aquel gabinete, el ministro Tedros era una excepción. Un civil entre militares en un régimen muy represivo. No obstante, es posible que aquellos años en un gobierno que no concedía importancia a los derechos humanos lo volviera insensible. «¿Cómo se explica, si no, que se le ocurriera convertir en embajador de buena voluntad de su organización a Robert Mugabe, uno de los peores dictadores africanos, apenas unos meses después de ser elegido director general de la OMS?», se pregunta Tronvoll. Solo rectificó a la vista de las protestas.

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El director general de la OMS, Tedros Adhanom, después de informar sobre la pandemia. Foto: Getty Images

Tedros debe su puesto al apoyo de los países africanos… Y de China. El resto de las naciones lo consideró una manera de expiar el fiasco de la OMS con el ébola, que afectó sobre todo a África. Pero este dirigente muestra una conducta impropia en un cargo de tanta responsabilidad. Actúa más como un relaciones públicas que como un líder sanitario. Respecto al ébola, Gates denunciaba: «El problema no fue que el sistema no funcionase adecuadamente, sino que no teníamos ningún sistema. No había equipo de epidemiólogos listos para viajar. Los informes eran imprecisos, llegaban impresos en papel y se tardaba una eternidad en ponerlos en Internet. Y menos mal que Médicos sin Fronteras (MSF) hizo un gran trabajo sobre el terreno». En realidad, los voluntarios de MSF llevaban meses desplegados en primera línea mientras la OMS aún debatía si el ébola era una epidemia. «No había nadie que estudiara los diagnósticos, nadie que tomase muestras de sangre a los supervivientes para procesarla y aplicar ese plasma a la gente sana. Ni se intentó. Fue un fracaso mundial», recuerda Gates. Y es que la OMS existe para monitorizar las epidemias, no para salvarnos de ellas. Entonces no aprendimos la lección. Es un lujo que ahora no nos podemos permitir.

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