Muchos refugiados que han llegado a Europa siguen con la llave de su casa en el bolsillo. Aunque temen que quizá no vuelvan a abrir nunca esa puerta que cerraron con dolor. Por Christoph Cadenbach y Lars Reichardt

Husain Alkhalil, 33 años (Almahdum, Siria)

refugiados conservan las llaven de sus casas

Ya no tengo casa, pero no puedo tirar la llave

Su casa estaba al lado de los ‘guardianes de la fe’. Los islamistas instalaron su sede a solo 200 metros. Desde allí, y a bastonazo limpio, inspiraban el temor de Dios a los habitantes de Almahdum, un pueblo a 70 kilómetros de Alepo. Antes de la guerra, Husain (de 33 años) trabajaba de camionero en Arabia Saudí. Aquel empleo le permitía ahorrar lo suficiente para volver un par de veces al año y pasar unas semanas con la familia. En 2009, tras su boda, empezó a construirse la casa. Al principio eran solo dos habitaciones con un tejado y una valla. Más tarde añadió dos dormitorios. En aquella época, la familia no necesitaba una llave para la puerta. Pero en 2014 los cinco mil habitantes de Almahdum empezaron a cerrar sus casas: los hombres del Estado Islámico habían entrado en el pueblo. Su familia estuvo año y medio bajo control islamista, hasta que un día la casa de Husain fue bombardeada. En el ataque murieron su cuñada y su sobrino, y su sobrina de 7 años perdió una pierna. Cuando Husain abandonó su casa, todas las ventanas estaban destrozadas y las paredes, llenas de metralla. Huyó con su mujer y sus tres hijos a Turquía. Diez días más tarde, alguien le contó que otro bombardeo había hecho saltar su casa por los aires. La familia de Husain salió de Turquía a través de la ruta de los Balcanes y acabó llegando a Europa. No sabe por qué, pero Husain no quiere deshacerse de la llave.

Hiba A., 32 años (Latakia, Siria)

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Quizá no pueda volver a usarla jamás

La llave sigue en su llavero, va con ella a todas partes, aunque no la ha vuelto a usar desde hace 4 años. La cerradura a la que corresponde está en un apartamento en el centro de Latakia, una ciudad costera siria, donde todavía no ha caído ninguna bomba. Allí viven sobre todo partidarios del régimen de Al Asad. Hiba huyó porque había tenido algunos problemas con ellos. No quiere dar más detalles. Sus padres siguen viviendo allí, en ese mismo apartamento. Hiba, de 32 años, estudió Literatura Inglesa en Latakia y luego encontró un empleo, un trabajo de verano en el sistema de salud. Durante los fines de semana salía de excursión con sus amigos o iba a la playa. En casa le gustaba sentarse en el balcón. En sus recuerdos, el apartamento olía al perfume de jazmín de su madre. El salón era tan grande como su actual casa en Berlín, un piso donde vive con su novio y su hijo de 5 años. El unicornio del llavero es del niño.

Cuando Hiba mira la vieja llave, no puede evitar pensar en los padres de una amiga palestina que huyeron a Siria en 1948. Ellos también se llevaron la llave de su casa al salir y la conservaron durante toda su vida, aunque no pudieron volver a usarla jamás.

Janet Sadeq, 54 años (Mosul, Irak)refugiados conservan las llaven de sus casas

Primero escaparon mis hijos. Luego, yo

La llave es lo único que le queda de su mansión de 300 metros cuadrados en Mosul, con un jardín de 500 metros lleno de flores, naranjos y olivos. El marido de Janet Sadeq pertenecía a la minoría cristiana y se dedicaba a vender alcohol. Sus negocios fueron viento en popa durante mucho tiempo. Además, Janet Sadeq -que hoy tiene 54 años- era una enfermera bien remunerada durante el régimen de Sadam Huseín. Vivían muy bien. Pero en 1998 le retiraron la licencia a su marido. Y en 2005 llegaron los americanos. Aterrizaron con un helicóptero en su jardín, disparando a diestro y siniestro. No hirieron a nadie, pero destrozaron las ventanas. Era un comando militar en busca de terroristas. Quizá algún vecino les había dicho que la familia Sadeq tenía alguno escondido. Su marido murió en 2013 tras un accidente. Cuando el Estado Islámico llegó a Mosul en junio de 2014, los Sadeq ya se habían marchado hacía tiempo. Primero se fue su hija; luego, su hijo. Temían los secuestros. La hija encontró trabajo como traductora en Europa y se llevó a su madre. La mansión familiar en Mosul no se quedó vacía mucho tiempo: los soldados del Estado Islámico se instalaron en ella… hasta que fueron expulsados a bombazos.

Mohammad Al-Masad, 22 años (Baiyt Irah, Siria)

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Mi hogar es esta llave y un pañuelo de mi madre

Su casa es ahora una cárcel, una especie de comisaría de la organización terrorista Estado Islámico. Esa es la última información que le ha llegado a Mohammad de su pueblo natal de Baiyt Irah. Mohammad tiene 22 años y es el mayor de cuatro hermanos. Cuando el Estado Islámico entró en su pueblo, él y su familia ya habían huido a la ciudad vecina. Aquello fue en 2015. Él prosiguió viaje hacia Europa, solo. Su casa estaba rodeada por un huerto, con docenas de olivos y limoneros. Hacían su propio aceite y cultivaban patatas, tomates y pimientos. La llave y un pañuelo de su madre son las posesiones más importantes que le recuerdan su pasado. Echa de menos la vista desde la ventana de su vieja habitación, a la que a veces se asomaba para fumar a escondidas. Era una vista que se extendía sobre una tierra fértil y ondulada. Su pueblo se encuentra en el extremo suroeste de Siria, desde su ventana podía ver Jordania e Israel a lo lejos. Mohammad al-Massad no cree que pueda volver a asomarse a aquella ventana.

Mohamad Riad Al-Aga, 64 años (Alepo, Siria)

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Sueño con que mi casa siga en pie

Era una zona cara. Mohamad vivía con su mujer en un piso de 400 metros cuadrados en la quinta planta de un edificio de apartamentos de Alepo: parqué, lámparas de araña, cuatro baños y cuatro habitaciones para los niños, niños que ya se habían hecho mayores y se habían ido a vivir solos cuando la guerra llegó a su ciudad. Dos asistentas -una de ellas, de Etiopía; la otra, de Filipinas- atendían al matrimonio. Al-Aga, de 64 años, era dueño de una fábrica de escaleras mecánicas. Huyó cuando el edificio de al lado saltó por los aires y un grupo rebelde empezó a fabricar armas en su factoría. Cerró la casa y tapió la puerta. Espera que todavía siga en pie cuando Siria sea un país lo suficientemente seguro como para volver.

Ahmad M., 27 años (Alepo, Siria)

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Mi vida es este ‘pendrive’ con fotos de mi familia y una llave

¿Qué habrá sido de sus queridísimos libros? ¿Los leerá el tipo que ahora vive en su casa? ¿O los habrá tirado? Ahmad no quiere ni pensarlo. Prefiere recordar aquellas tardes plácidas sentado con sus cinco hermanos en la cocina de su casa en Alepo, con el olor de los guisos de su madre amenizando la conversación. Sus padres compraron la casa en 2005. Eran 150 metros cuadrados en un tercer piso, con una terraza espaciosa, en una buena zona. Un amigo suyo, que sigue en Alepo, le ha contado que una bomba destrozó la mitad del edificio. Y que el vecino al que le pidieron que cuidara de la casa ha tomado posesión de ella. Nadie se lo ha impedido, la situación en Alepo es de un caos total. En Berlín, Ahmad está estudiando Comercio. En Siria estudiaba Turismo. Tiene 27 años. Sigue guardando la llave, aunque es posible que ya no sirva: por lo visto, el vecino ha cambiado la cerradura.

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