La pandemia ha puesto sobre la mesa uno de los grandes males de nuestra civilización: la soledad. Una ‘enfermedad’ contagiosa, que afecta a la salud. Incluso puede matar. Por Samiha Shafy

Frente a la pandemia… resiliencia: la fuerza del grupo

Las personas en situación de estrés sienten el impulso de buscar la compañía de otras personas, es una respuesta biológica. Cuando acecha un peligro, sus cerebros liberan una serie de neurotransmisores que les dicen que deberían buscar ayuda en quienes las rodean. «Pero este virus nos ha impedido hacerlo -dice el neurocientífico estadounidense James Coan-.Nuestra única forma de vencerlo es mantenernos alejados de los demás. Y eso es terrible».

Esta pandemia es por ello una prueba de resistencia para la humanidad. Resulta imposible hacerse una idea del alcance de los daños que encontraremos cuando despertemos de esta pesadilla colectiva. Pero de lo que no hay duda es de que la COVID-19 ha venido a agravar un problema que ya afectaba a millones de personas y preocupaba a gobiernos de todo el mundo: la soledad.

Allá adonde fuesen, los encuestadores oían frases como: «Me siento invisible» o «Si desapareciera hoy, nadie se daría cuenta»…

Según un estudio de la Universidad Complutense y Grupo 5 sobre el impacto psicológico de la COVID-19, un 45 por ciento de los encuestados dice sentir que le falta compañía (el 11 por ciento lo siente a menudo). En otros muchos países, entre ellos Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón, el porcentaje de solitarios también alcanzaba valores de dos dígitos. Los expertos hablaban de una «epidemia de soledad», provocada por la globalización, por la individualización de la sociedad, por la vida moderna con toda su tecnología avanzada.

¿Y ahora?

«Esta situación me inquieta de verdad», dice James Coan. Normalmente investiga y enseña en la Universidad de Virginia, en Charlottesville, pero esta mañana trabaja desde su casa y hablamos a través del ordenador. El neurocientífico teme que la pandemia pueda cambiar nuestras sociedades. Es un tema que va más allá de cómo lograr que los niños aprendan a leer sin ir a clase. En su opinión, se trata de algo más básico: cómo se relacionarán los seres humanos en el futuro. ¿Se atreverán a buscar la ayuda y el consejo de los demás? ¿O pervivirá, sobre todo entre los más ancianos y débiles, el temor a que les contagien el virus letal?

¿Y cuál será el comportamiento de la sociedad hacia esas mismas personas, hacia los ancianos y los débiles? ¿Serán excluidos, se los recluirá para que el resto de la población se pueda volver a sentir libre y la economía pueda recuperarse?

La recesión social es tan peligrosa como la económica

«Cuando nos distanciamos, nos exponemos nosotros mismos a riesgos enormes -dice Coan-. Las personas que están solas suelen acabar enfermando. Las heridas curan peor, el sistema inmune es más débil». El riesgo de sufrir trastornos cardiovasculares, diabetes y depresión aumenta; también, de desarrollar demencia y de morir antes. «El aislamiento mata, es un hecho».

Las personas que están solas tienen el sistema inmune más débil. La soledad perjudica como el tabaquismo o la obesidad

¿Ese hecho en cifras?: tras analizar durante siete años los datos de 308.849 personas, un equipo de investigadores dirigidos por la psicóloga Julianne Holt-Lunstad, de la Brigham Young University de Provo, Utah, llegó a la conclusión de que aquellos individuos con buenas relaciones sociales tenían una probabilidad un 50 por ciento mayor de seguir con vida pasado el periodo estudiado, independientemente de su edad, su sexo y su estado inicial de salud. El resumen de la doctora es que la soledad resulta tan perjudicial como el tabaquismo o la obesidad.

También es un hecho que las desgracias colectivas sacan lo mejor de las personas. Después de una catástrofe, como un tsunami o un atentado terrorista, los supervivientes hacen piña y se dan consuelo los unos a los otros. Siempre ha sido así, en todas partes, pero ahora no. Lo más pérfido de la catástrofe mundial que estamos atravesando estos días es que el impulso de querer estar cerca de los demás puede resultar mortal. Hay que mantener la distancia, pero ¿a qué precio?

«Me preocupa que la COVID-19 lleve a una recesión social, que tendría unas consecuencias igual de graves que una recesión económica», dice Vivek Murthy, director general de Salud Pública de Estados Unidos con el presidente Barack Obama.

Cuando asumió su cargo en 2014, Murthy se embarcó en lo que él define como «un viaje de escucha». Quería saber qué cuestiones de salud preocupaban más a los norteamericanos. Al principio pensaba que sería la drogadicción, o las consecuencias del tabaco o el sobrepeso. Pero allá adonde fuese, oía frases como:

«Siento que cargo yo solo con todo».
«Soy invisible».
«Si desapareciera hoy, nadie se daría cuenta».

Lo que más preocupaba a la gente, descubrió Murthy, era la soledad.

Murthy perdió su puesto cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca en 2017. Fue entonces cuando se dio cuenta de que él mismo se había vuelto más solitario. Todo iba bien con su familia, pero los años en Washington habían sido tan intensos que apenas había tenido tiempo para dedicárselo a su vida privada. ¿Qué había pasado con todos sus amigos, dónde se habían metido?

Un impacto psicológico impredecible

Murthy había encontrado un tema de reflexión perfecto. Escribió un libro sobre la soledad sin intuir lo cruelmente actual que resultaría cuando se acabara publicando, a finales de abril de 2020: Together: The Healing Power of Human Connection in a Sometimes Lonely World, editorial Harper Wave, aún sin edición en castellano.

«Todo el mundo habla de la COVID-19 -dice-, pero la mayoría lo hace solo sobre sus consecuencias inmediatas en la salud y la economía». Murthy cree que también habría que contemplar la irrupción de este virus como una experiencia traumática. «A muchos nos ha privado de la posibilidad de despedirnos de seres queridos, de mantener el contacto con la familia y los amigos, de estar al lado de los demás -añade-. Pasarán años hasta que entendamos sus efectos sobre la salud psicológica».

La ciencia describe la soledad como un padecimiento subjetivo, dado por la diferencia entre contactos sociales deseados y contactos sociales reales. No todos los que viven solos -y en España son uno de cada cuatro- están solos. Sin embargo, cuando no se puede salir de casa ni quedar con otras personas, el riesgo de caer en la soledad aumenta especialmente entre este colectivo.

Murthy define tres tipos de soledad. En primer lugar está la soledad íntima, cuando nos falta un compañero o una persona muy próxima. La segunda es la que él llama ‘soledad relacional’: la falta de amigos con los que nos gusta pasar el rato. Y, por último, está la soledad colectiva, cuando uno no se siente parte de una comunidad.

«Como hay tres tipos distintos de necesidades sociales -dice-, las personas que tienen una relación sentimental feliz también pueden sentirse solas».

Y no es raro que la propia relación de pareja también acabe viéndose afectada, pues la soledad es contagiosa. Las personas que se sienten solas durante demasiado tiempo modifican su comportamiento, se alejan de la gente, quizá también se vuelven más irritables y bruscas. Los demás perciben estos cambios y se sienten rechazados. Sienten que les falta la pareja, el amigo o el compañero de trabajo que antes tenían, echan de menos la cercanía y también pasan a comportarse más a la defensiva, lo que a su vez afecta a su propio entorno. La soledad se propaga.

Así, alentada por la COVID-19, se puede originar esa ‘recesión social’ que tanto teme Murthy. «Piensen en las derivadas en general, no solo sobre la salud -dice el médico-. La soledad afecta a nuestra capacidad de trabajar, al rendimiento escolar de nuestros hijos». Actúa sobre la sociedad como un todo, sobre nuestra capacidad de hablar con los demás. «Lo que, en tiempos como estos, tiene unas consecuencias dramáticas».

Visto desde la perspectiva de la biología evolutiva, la sensación de soledad tiene tanto sentido como la sensación de hambre o de sed. Los humanos prehistóricos tenían mayores probabilidades de sobrevivir cuando cooperaban entre ellos y realizaban juntos actividades como la caza. Si un individuo se alejaba demasiado del grupo, corría el riesgo de morir de hambre o de ser devorado por alguna fiera. Por eso la evolución ha favorecido a los individuos sociales.

El pasado marzo, científicos del Instituto de Tecnología de Massachusetts en Cambridge consiguieron demostrar mediante un experimento que la soledad genera en el cerebro señales similares a las del hambre. Según su autora principal, Livia Tomova, la cercanía a otras personas es una necesidad humana tan fundamental como la comida.

La soledad genera en el cerebro señales como las del hambre. La cercanía de otras personas es tan crucial como la comida

El aislamiento involuntario provoca en el cuerpo una reacción de estrés que le dice a la persona afectada que carece de algo vital. Probablemente, esa sensación de malestar hacía que los humanos prehistóricos dejaran sus vagabundeos en solitario para buscar la protección de la tribu. En el mundo moderno es más complicado: la reacción de estrés, útil para responder con rapidez a una situación de urgencia, puede volverse crónica, lo que debilita al cuerpo y a la mente y los hace enfermar.

Dicho esto, también es cierto que la necesidad de cercanía personal no presenta la misma intensidad en todos los individuos. «La tendencia a sentirse solo es hereditaria en un porcentaje
del 30 al 40», dice la psiquiatra geriátrica Ellen Lee, de la Universidad de California en San Diego. Y esa es una buena noticia: «Significa que, en parte, combatir la soledad está en nuestras manos».

En estos días inciertos, los investigadores de la soledad no son los únicos que se dedican a esta cuestión. Muchos expertos se preguntan si el contacto virtual puede ser un sustitutivo de los encuentros físicos, si quizá Internet y las redes sociales no nos están volviendo tan solitarios, como tanto se repetía antes de la COVID-19, sino que incluso pueden ser nuestra salvación.

Cómo lograr el contacto a través de una pantalla

El neurocientífico James Coan lleva casi dos décadas estudiando los efectos del contacto físico, concretamente el poder de una mano. En una de las primeras pruebas que diseñó, colocaba a sus voluntarios en un escáner cerebral y les administraba electroshocks. A algunos de ellos les permitía coger la mano de sus parejas y a otros la mano de un desconocido, mientras que los de un tercer grupo tenían que soportar solos el dolor.

Un test con voluntarios a los que se les daban ‘electroshocks’ probó que coger la mano de otro durante las descargas actúa como un analgésico

El resultado: coger la mano de alguien, sobre todo de una persona cercana, hacía que las regiones cerebrales que se activan ante las amenazas reaccionaran con una intensidad mucho menor. El contacto funcionaba como un analgésico. «Cuando contamos con otra persona, nuestro cerebro siente menos presión -explica Coan-. Y cuanto mejor funcione este fenómeno de alivio cerebral, más y mejor protegidos estaremos ante enfermedades físicas y psicológicas»

Coan busca ahora descubrir si también se puede conseguir este resultado a través de una pantalla. Su hipótesis de trabajo es que la mejor forma de simular el efecto del contacto físico es mostrarle a la otra persona nuestro lado más vulnerable. «Tiene que contarme usted algo que le cueste compartir con los demás -me dice-. Puede ser una poesía propia, o una canción. Si reacciono de una forma positiva y empática, le transmito a su cerebro que no está solo».

La psicóloga clínica Ami Rokach tiene un enfoque completamente diferente sobre lo que estos días vive la humanidad. Para ella, es una bendición. Rokach trabaja en el tema de la soledad desde hace unos 40 años y ha dado clases en universidades de Canadá, Estados Unidos e Israel.

«Creo que podemos utilizar esta pausa forzosa como preparación para una vida mejor -explica-. Podemos recordar que necesitamos a los demás, que el contacto es importante. Podemos afianzar nuestras relaciones, hacerlas más profundas, también en el espacio virtual»

Su única preocupación, dice, es que este tiempo de reflexión sea demasiado breve.

Una epidemia llamada soledad

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