Apodado Le Grand por su talento extraordinario y por su estatura (mide dos metros), el conde Hubert de Givenchy (Beauvais, Francia; 1927) puede presumir de tener entre su clientela al súmmum de la elegancia. Por Carlos Manuel Sánchez

Jackie Kennedy Onassis, Grace Kelly, Lauren Bacall, Marlene Dietrich, Ingrid Bergman, la duquesa de Windsor o Farah Diba pasaron por su mítico establecimiento de la avenida George V de París, a unos metros del taller de Cristobal Balenciaga, del que se considera discípulo y del que habla con reverencia.

Pero fue su colaboración durante más de cuatro décadas con Audrey Hepburn, para la que diseñó el vestuario de Sabrina y Desayuno con diamantes, así como un perfume legendario, L’interdit, la que cimentó su reputación como uno de los más grandes modistos de la historia. Givenchy, nacido en el seno de una familia aristocrática y huérfano de padre desde los dos años, supo que quería dedicarse a la moda a los nueve. Se retiró en 1995. Soltero contumaz, coleccionista de arte (Picasso, Brancusi), apasionado de la botánica contribuyó a la restauración de los jardines del palacio de Versalles y encariñado con sus perros, Givenchy personifica el buen gusto.

XLSemanal ha hablado con él aprovechando la inauguración del museo Balenciaga en Guetaria, de cuya fundación es presidente fundador. Se ayuda de una muleta, pues está convaleciente por una operación de cadera, pero a sus 84 años sigue teniendo una prestancia imponente. Extremadamente serio y cortés. Traje gris y corbata negra (normalmente suelen ser de tono pálido), pues nada más terminar la entrevista tiene pensado acercarse al cementerio de la localidad para visitar la tumba de su maestro.

XLSemanal. ¿Cómo era Balenciaga?

Hubert de Givenchy. El señor Balenciaga era un creador honrado. Un ser humano maravilloso. Venía de un pueblo pequeño, de una familia humilde. Su padre era marinero; su madre, costurera. Trabajó muchísimo. No hablaba demasiado. No porque fuera un esnob, sino por su carácter. Era un hombre sencillo. Al mismo tiempo, era un perfeccionista. Le obsesionaba el detalle.

XL. ¿Su ropa era un reflejo de su manera de ser?

H. G. Absolutamente. Su moda era honesta. No hacía trampas para lograr un efecto. Respetaba el cuerpo humano. Todo era cómodo, por muy sofisticado que fuese. No había vulgaridad. Sus diseños eran la perfección. Buscaban embellecer a la mujer. La mujer era lo más importante. Ahora la ropa acapara todo el protagonismo, empequeñece a la mujer.

XL. ¿Es esa la gran diferencia entre el diseño de hace 50 años y el actual?

H. G. Es una de ellas. Otra es que Balenciaga respetaba las telas. Los tejidos tienen vida. ¿Ha olido alguna vez la seda?

XL. No, que yo recuerde.

H. G. El olor de la seda es alegre, te entran ganas de vivir. Christian Dior dijo: «Nosotros hacemos lo que podemos con los tejidos, pero Balenciaga hacía lo que quería. Porque entendía el tejido».

XL. ¿Qué quiere decir eso?

H. G. Que no solo era bueno en el corte, también en la arquitectura, en las proporciones. Realzaba la sutileza, la fragilidad. Era como un pianista del que todavía nos siguen asombrando sus interpretaciones. La moda de Balenciaga es atemporal.

XL. Dicen que las mujeres se movían de manera diferente nada más ponerse un vestido de Balenciaga.

H. G. Sí, sí… Era algo digno de verse. Su ropa trataba siempre de liberar el cuerpo. Si una mujer se mueve con libertad, es más bella. Si usted lleva una chaqueta que le tira de la manga, no está cómodo. No es usted mismo. Y como no se siente seguro, no luce bien. Pero la ropa de Balenciaga se adaptaba al cuerpo. No al revés. Permitía que el cuerpo se moviese con soltura. ¿Qué más puedo decir? Fue mi maestro.

XL. ¿Qué aprendió usted de él?

H. G. El señor Balenciaga me dio un consejo: sé honesto con tu clientela. Y ese respeto lo extendía a todos los que trabajaban con él, desde las costureras a las vendedoras. Era un hombre recto, muy religioso. Lo que hacía era verdadero. Rezumaba verdad.

“Balenciaga era el más grande: hasta Chanel lo reconoció. Era un hombre recto y religioso”

XL. Dijo que el oficio de modisto era una vida de perros…

H. G. Tenía una gran ética del trabajo. Es un revolucionario de la moda. Pero su revolución es imperceptible, discreta. Se fundamenta en miles de pequeños detalles. Es un trabajo duro. Podía hacer cien pruebas en un día y luego tenía los hombros tan cargados que ni podía moverlos.

XL. ¿Fue el más grande?

H. G. Sí, hasta Coco Chanel lo reconoció. Y no era una mujer fácil de deslumbrar. Todos le teníamos un respeto enorme.

XL. Sin embargo, era muy accesible. Tenían ustedes un sentido de la camaradería que hoy sería impensable entre competidores.

H. G. Balenciaga ayudaba a la gente. Era muy atento. Ayudó a Emanuel Ungaro, a Courrèges… A cualquiera que trabajase en la moda. A mí me ayudó muchísimo. Él sabía que yo necesitaba saber más de corte, me faltaba técnica. Y seleccionó a algunos trabajadores de su taller para que trabajasen conmigo. Excelentes. Imagine su generosidad.

XL. No obstante, se retiró cuando estaba en la cima. ¿Por qué?

H. G. Era un adelantado a su época. Vio que las cosas iban a cambiar muy rápido y que para él era mejor parar. Antes la gente viajaba en barco, más despacio. Sus clientas le encargaban vestidos de gala, de cóctel, de noche… Tenían mucho personal para ocuparse del vestuario. Pero la gente empezó a viajar en avión. Más rápido, con menos equipaje. Y, además, la mujer fue incorporándose al mundo laboral. Y la alta costura se quedó como una cosa de otra época. No fue una cuestión de dinero. Tenía éxito, una gran clientela, muchos trabajadores. Pero entiendo perfectamente su decisión.

XL. Algunas de sus mejores clientas lo pasaron mal. Mona Bismarck estuvo dos días sin salir de su dormitorio…

H. G. Una gran mujer. Elegantísima.

XL. Balenciaga le recomendó que usted la vistiese.

H. G. Él era así de espléndido. La marquesa de Llanzol y su hija, Sonsoles Díez de Rivera, fueron otras clientas suyas que yo heredé.

XL. Pero su musa fue Audrey Hepburn…

H. G. Ante todo fue mi amiga.

XL. Durante más de 40 años.

H. G. Era una persona de una gran lealtad. Me siento un privilegiado por haberla conocido y haberla vestido.

XL. Ella decía que se sentía segura cuando vestía la ropa que usted le diseñaba, que desaparecía su timidez.

H. G. Era un ser humano al mismo tiempo frágil y con una enorme fortaleza interior. Muy independiente. Nunca fue una de esas estrellas mimadas ni caprichosas. Lo pasó muy mal durante la Segunda Guerra Mundial. Fue una niña perseguida y le quedó siempre esa impronta. Amaba a los niños. Fue embajadora de Unicef. Nunca escatimaba esfuerzos. Incluso cuando le quedaban pocos meses de vida.

XL. Cuando entró en su tienda por primera vez y le anunciaron que la señorita Hepburn quería verlo, usted pensó que se trataba de Katharine.

H. G. Sí, salí pensando que era Katharine Hepburn y ahí estaba esa chica, vestida como un gondolero. Incluso le dije que no podía ser su modisto. Pero después cenamos juntos, me explicó sus proyectos. Y me conquistó. Su simpatía. Su frescura.

“Las estrellas actuales pueden ser guapas, pero no tienen estilo, no van a perdurar”

XL. Para ser tan elegante como ella, ¿qué hace falta?

H. G. Hay que nacer con un sentido de la elegancia. Se tiene o no se tiene. Cada mujer debe ser fiel a sí misma, seguir su intuición. Cada mujer sabe lo que le favorece.

XL. Pero el vestido negro que luce Audrey en Desayuno con diamantes es insuperable.

H. G. Es un vestido muy sobrio.

XL. Entre las actrices o personajes públicos actuales, ¿ve a una nueva Audrey Hepburn?

H. G. No. Audrey era única. Las estrellas actuales no tienen un estilo. Puede que tengan buen gusto y sean muy guapas, pero no hay nadie con una identidad única, que marque una tendencia y que vaya a perdurar.

XL. ¿La moda era antes más un arte que una industria?

H. G. Siempre fue ambas cosas, arte e industria. Pero ahora no es moda. No es verdadera. La moda se acabó.

XL. ¿Por qué?

H. G. Échele un vistazo a cualquier revista de moda. ¿Dónde está la creatividad? No hay una dirección, una línea, un estilo. Solo hay colecciones y más colecciones. Y diseñadores que han perdido el contacto con la realidad y muestran ropa imposible, disparatada. No piensan en la mujer a la que se supone que deben vestir. Piensan en ellos. ¿La moda? Cest fini. Ha muerto.

XL. Usted también se retiró cuando estaba en lo más alto.

H. G. Mi caso es diferente al de Balenciaga. Yo vendí mi compañía a Louis Vuitton. Pero seguí trabajando varios años como diseñador de la casa. Había gente maravillosa, como Racamier. Daba gusto. Luego la compañía la compró Bernard Arnault y todo cambió. Ya no se me consideraba el jefe a bordo. Y comprendí que para mí se había terminado.

XL. ¿Y qué piensa de los problemas de sus sucesores? El suicidio de Alexander McQueen, los problemas con la justicia de Galliano…

H. G. No me gusta hablar de Galliano.

XL. ¿Por qué?

H. G. Porque Galliano no hace moda. Está ahí solo para vender zapatos y bolsos. ¿Ha visto alguna vez a una mujer vestida de Galliano por la calle? No. Vende imagen. Crea espectáculo. Desfile, fotos, show, extravagancia, publicidad… Pero cuando el suflé de desinfla, ¿qué queda?

XL. ¿Hay una crisis de creatividad?

H. G. Sí, pero sobre todo se olvidan de lo que debe ser el principio de todo diseñador, que no es otro que embellecer a la mujer a la que viste. Ahora se trata solo de tener una marca, vender unos productos y ganar dinero.

 Entrevista realizada en 2011