Hace un siglo que el hotel Londres ocupa el espacio que hoy lo ha convertido en un símbolo de San Sebastián. Pero, incluso antes, este edificio ya definía la Concha. Sobre todo, por la presencia de nobles y celebridades que marcaron la historia. Por F. G. S. 

Mata Hari durmió aquí. Margaretha Geertruida Zelle, nombre real de la espía, acostumbrada al glamour e interesada en las conversaciones políticas y sociales, eligió el hotel que atraía a lo más granado de la sociedad donostiarra en su viaje por España en 1916.

No fue el único personaje histórico que pisó este hotel, pero solo ella sigue dando nombre hoy a su suite más importante.

El Londres cumple ahora cien años desde que en 1919 lo compró José Urbistondo, un empresario que hizo fortuna en Cuba y modernizó el que desde entonces se conoce como hotel de Londres y de Inglaterra, nombre que debe a la unión de dos establecimientos previos, propiedad de Edouard Dupouy.

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El Londres en la actualidad y en una imagen de principios del siglo XX, en la que se ve el nombre completo, resultado de la fusión de dos hoteles

En 1908, Dupouy -entonces solo dueño del Londres, ubicado en la avenida de la Libertad y donde se alojaban las personalidades más selectas de San Sebastián- decidió comprar otro hotel en el paseo de la Concha, llamado Inglaterra, y fusionarlos.

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Este salón del hotel fue ocupado por miembros de la realeza europea. Entre ellos, Amadeo I de Saboya, que pasó aquí su último verano antes de renunciar al trono

Este último fue antes el hotel Cursaal y tenía gran reputación por su situación privilegiada y por haber acogido a personas muy relevantes. En sus habitaciones pasó sus últimas noches como reina de España Isabel II antes de tener que huir al exilio en Francia en 1868. Al atractivo de sus nobles huéspedes, el Cursaal añadía desde 1869 un casino que aumentaría su fama.

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Una de las habitaciones del ático con vistas al mar. La última planta se remodeló hace unos años para completar las 166 habitaciones

Viendo cerca sus últimos días, Dupouy donó el hotel a su hija y esta, a la que no le interesaba en absoluto el negocio, se lo vendió en 1919 a Urbistondo. Cien años más tarde, la familia Urbistondo sigue fiel a la idea de modernizar y hacer crecer el hotel testigo de tantos momentos históricos.

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