Córdoba, la Capitalidad, la mazamorra y Bodegas Campos

En unos pocos días sabremos qué ciudad española forma parte de las capitales europeas de la cultura en 2016. Todas tienen méritos suficientes, pero Córdoba, al parecer, es la favorita. No desentonaría, evidentemente. hace años que mantengo que, junto a todas las que empiezan por S -Santiago, Santander, Sevilla, Segovia, San Sebastián, Salamanca -, es la ciudad más armoniosa y bella de España. Su pasado cultural y su patrimonio son abrumadores, su mobiliario urbano es descomunalmente hermoso, su actividad cultural es estimable y su gastronomía tiene pocos rivales en ciudades de su tamaño. Córdoba es acogedora, tiene paso lento, es caricia suave, mirada embrujadora y melena de pelo negro. Es tantas cosas que siempre merece una visita con las suficientes horas como para descubrirle rincones inéditos, bodegas desconocidas, callejones secretos. Crees conocerla, pero siempre te sorprende con un destello nuevo, como la mazamorra, una especie de salmorejo sin tomate que se decora con unas habas, unas aceitunas negras o con unos chipironcillos, como me lo brindó hace unos días Bodegas Campos. Era la tarde de Feria de la Salud en la que Manzanares iba a abrir la Puerta de los Califas después de dos faenas gloriosas, circulares, lentas, ceñidas y coronadas por dos estocadas rotundas a un par de buenos ejemplares de Juan Pedro Domecq, al que tanto añoro y al que siempre recuerdo dictando desde su humildad y señorío auténticas lecciones sobre la evolución del toro bravo. Uno cree saber lo que esconde la prodigiosa carta de Bodegas Campos, el buen gusto por excelencia, pero a poco que te escantilles te doblan la mano y te rematan con alguna excelencia oculta. Jamás había probado la mazamorra, que en todo caso me sonaba a postre que algunos países hispanoamericanos elaboran en días de fiesta. Nada que ver. la mazamorra cordobesa es, efectivamente, un salmorejo, pero blanco, sin tomate, con textura semejante al ajoblanco, pero sin serlo. Me hubiera comido un cubo.

Si los evaluadores de las ciudades aspirantes a la Capitalidad Cultural Europea aún no han pasado por Córdoba, que creo que sí, además de ver el prodigioso encuentro de culturas que significa la ciudad, las hondas raíces en las que su hunde la historia grandiosa de España, el futuro que le espera siempre a quien tan bien puede exhibir su pasado, los responsables de la candidatura cordobesa deberían acercarlos a PicNic, a El Churrasco, a El Caballo Rojo, a La Almudaina, a El Bandolero, a Matías, a las tabernas Pepe, Salinas y tantas otras y, singularmente, a Bodegas Campos a degustar la mazamorra, ese majado que pudo llegar a Córdoba de la mano de las legiones romanas -cuenta Miguel Franco- o que tal vez sea un precursor del salmorejo, que en realidad se popularizó en el siglo XVIII cuando a la gente le dio por comerse el tomate en lugar de tenerlo en la ventana como un adorno más. Si así lo hacen, agrandarán sus posibilidades. Aunque, bien visto, también lo pueden hacer las demás candidaturas. ¡quién se resiste a otorgar lo que sea necesario a ciudades como Segovia o San Sebastián si simplemente te dan un paseo de barra en barra o de mesa en mesa!

2016 parece estar lejos, pero, en realidad, está a la vuelta de la esquina. cuatro años pasan tan pronto como han pasado los que median entre 2007 y los corrientes, aunque la bronca económica nos haya hecho pensar que ha sido -está siendo- un calvario interminable. Sea cual sea la ciudad seleccionada, las mentadas o Burgos o Las Palmas de Gran Canaria o Zaragoza, tendremos oportunidad de pasarlo bien. Siempre y cuando escampe y nos quede mazamorra. Mis mejores deseos a todas las candidatas y mi mirada cómplice y complaciente al proyecto cordobés.