Las descalificadas futbolistas iraníes

La FIFA ha descalificado a la selección femenina de fútbol de Irán por no adaptar su vestimenta a las normas dictadas por la misma y que hacen referencia a la obligación de no portar en el campo símbolo alguno que signifique mensaje comercial, religioso, político o personal. Las jugadoras iraníes, fieles a las normas estrictas del régimen de los ayatolás, se negaron a jugar sin el hiyab que cubría su cabeza y, consecuentemente, fueron descalificadas de la fase preliminar clasificatoria para los Juegos de Londres 2012. Las normas son las normas, aunque no ha faltado tiempo para que voceros musulmanes -y no pocos tocinos mentales de Occidente- clamen al cielo hablando de discriminación y criminalización de la mujer musulmana. Pocos de estos colaboracionistas escrupulosos se han parado a pensar si resulta discriminatorio obligar a las mujeres, independientemente de su nivel de creencia, a vestir uniformadas; prefieren, simplemente, mirar para otro lado y no reflexionar con cierta valentía intelectual. Personalmente no considero que sea denigrante para una mujer llevar velo , siempre que quiera llevarlo; pero sí resulta inexplicable que sea obligatorio para todas, las que quieren y las que no, y que no resulte fácil distinguir cuando lo hacen por obligación o por convencimiento. Si las jugadoras de fútbol iraníes quieren vestir tapadas hasta las muñecas como en tiempos medievales son muy libres de hacerlo -siempre que pudieran serlo también de hacer lo contrario-, pero si lo que quieren es jugar a fútbol con los demás, deberán seguir las normas de los demás. De lo contrario, que creen la Federación de Fútbol Islámico y que jueguen con burka, si eso las entretiene. Palmario.

La FIFA, organización llena de mangantes y golfos de marca mayor, ha dado en esta ocasión en el clavo. Al no depender de gobierno ni institución política alguna puede dictar en su universo las normas que considere oportunas y no dejarse presionar por los timoratos occidentales que de forma tan cobardona se dejan impresionar por fanáticos seguidores de Alá (tampoco creo que dejaran jugar a un judío con la kipá). A Dios gracias, el mundo está lleno de musulmanes moderados y prudentes que han adaptado su vida a los modos laicos de Occidente, pero también lo está de iluminados levantiscos que, curiosamente, obtienen en las sociedades modernas determinados nichos de comprensión absolutamente lindantes con la estupidez. En países monolíticamente islamistas se asesina a cristianos, se los persigue o se les hace la vida imposible con la más absoluta de las impunidades, y de tal circunstancia no hacen motivo de queja ni de indignación ninguno de los gilipollas que ´comprenden` el enfado de las jugadoras iraníes o de sus dirigentes políticos y deportivos. Este tipo de occidentales que parece odiar a Occidente tiene mucho que ver con aquellos que muestran una beligerancia rabiosa con los símbolos cristianos -como la basura universitaria que se dedica a enseñar las tetas en las capillas-, pero que, a la vez, son absolutamente condescendientes con cualquier manifestación discriminatoria o totalitaria con las mujeres musulmanas. Todos ellos deben de estar desolados ante la decisión federativa de no dejar jugar, correr o saltar a una deportista que exhiba manifiestos símbolos religiosos. Las pobres jugadoras iraníes -que debían de albergar las mejores ilusiones por mostrar la calidad de su juego- no son víctimas de unos cuantos señores insensibles de la FIFA, no; son víctimas de una religión que se encuentra aún en el medievo de su evolución y que impone férreamente, a sangre y fuego, sus normas estrictas. En no pocos países, y no creo que sea cuestión de recordarlo, conducir un coche, fumar un pitillo, beber un licor o mostrar una negra y limpia cabellera es algo absolutamente imposible para una mujer; y aquella que es sorprendida en tal menester es violentamente reprimida, cuando no asesinada. Todo ello ante el silencio de los que se irritan por prohibir a un grupo de chicas jugar al fútbol con el velo puesto. Pues que vayan empezando a preocuparse por lo importante, en lugar de desmayarse estúpidamente por chorradas.