Karina se despide de Carmen

Saben?, ustedes los espaƱoles, aunque parezca lo contrario, tienen sentimientos fieles a sus orĆ­genes hasta el final. Hasta el Ćŗltimo suspiro. Lo sabemos los argentinos que nacimos de padres venidos de mĆ”s allĆ”, de cualquier parte de EspaƱa. Mi madre, Carmen, Carmen López, nació en Madrid y se crio en Galicia. Pesaba mucho Galicia en su sangre, en su decir, en su cantar, en su luchar, en su amar. Como tantos, emigró a Buenos Aires, donde conoció a un catalĆ”n con el que matrimonió y de los que nacimos mi Ćŗnica hermana y yo. La vida no le fue fĆ”cil, pero le fue bonita, o al menos eso dijo pocas horas antes de irse, sabiendo que se iba y adónde iba, despuĆ©s de dos aƱos luchando contra un cĆ”ncer haciĆ©ndonos creer que no sabĆ­a nada, porque eso era lo que a nosotras nos hacĆ­a bien. Ella sonreĆ­a, pero creo que en el fondo tenĆ­a miedo porque, dormida, llamaba a su madre. Carmen, Carmen. Tanta Galicia en su boca que lo Ćŗltimo que pidió fue mojarse los labios en orujo. No me veĆ­a ya, pero decĆ­a ver mis lĆ”grimas. cogĆ­ su mano y me la pasĆ© por la cara. ‘Ves, mamĆ”, no lloro’. Y casi no comĆ­a ya, y solo decĆ­a. ‘Ā”Ay! Ā”Ay!’

Un dĆ­a antes dijo tener miedo. Y durmió muchas horas, quedĆ”ndole fuerzas solo para subir la mano y arreglarse el pelo, coqueta, hermosa, limpia. Ā”si hasta le preguntó a mi hermana hace un par de dĆ­as si el purĆ© que le habĆ­a dado era light! Esperó hasta que yo volviera de viaje y le preguntĆ©. ‘ĀæMamĆ”, quĆ© quieres?’, y me contestó que un mazazo en la cabeza y descansar. Me cogĆ­a la mano, me llamaba por mi nombre; le contestaba con la poca fuerza de los adioses, ‘voy a estar bien, eres la mejor madre del mundo’. AbrĆ­ la ventana para que le diera el sol de la maƱana. ‘Que no te duela nada, mamĆ”’. Y asĆ­ nos fuimos despidiendo, entre chistes que me pedĆ­a y silencios espesos como la sangre de un cachorro, que es algo que le leĆ­ una vez a un poeta del que no recuerdo el nombre y me hizo gracia. Solo querĆ­a risas, no llantos, tanto que si en algĆŗn momento le fuĆ©ramos a decir tonterĆ­as se harĆ­a la dormida. Y que si algo no fuera para el dolor, que no se lo diera. No se lo di.

Una historia como la de mi madre no podĆ­a acabar con lĆ”grimas. Cuando no pude con ese ahogo de las malditas ausencias anunciadas, salĆ­ a caminar por los bosques de Palermo, como hizo ella cuando se vino a Buenos Aires. Y cuando regresĆ©, aĆŗn tenĆ­a fuerza para decirme. ‘CuĆ”nto amor tengo, estoy tardando en irme porque los estoy disfrutando tanto que me resisto’. Y quiso hablar con un cura, y el padre, al salir, no daba crĆ©dito. ‘ĀæQuĆ© tal con el cura, mamĆ”?’. ‘Pues, la verdad, no sĆ© quiĆ©n confesó a quiĆ©n me he vuelto yo mĆ”s creyente que Ć©l’. Y cuando mĆ”s difĆ­cil resultaba sujetar las lĆ”grimas, pidió algo de mĆŗsica. QuerĆ­a que le cantĆ”ramos una vieja canción gallega. Le dijimos que no acabarĆ­amos llorando, pero no cumplimos nuestra palabra. LĆ”grimas como gritos. LĆ”grimas lastimadas. Lagrimas como astillas. LĆ”grimas de orilla a orilla. LĆ”grimas como una Ćŗltima sonrisa del amor. LĆ”grimas con sabor a EspaƱa.

Carmen, mi madre, cerró los ojos mientras mi hermana y yo le cantÔbamos un viejo cantito gallego que ella nos enseñó hace muchos años. En su último trÔnsito debió de creer estar en su aldea, correteando a solas entre el musgo húmedo y los castañares de su infancia. Así debió de ser porque mi madre dibujó en su rostro la última sonrisa, la que la acompañó desde España y con la que emocionó a los argentinos que la conocieron. Mi madre, Carmen López, fiel a su cuna, nos ha enseñado a no olvidar orígenes, a amar destinos y a morir con el tibio calor de los abrazos y los labios llenos de amor .

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