Arder con el termómetro puesto

Artículos de ocasión

Hace unas semanas, el presidente Donald Trump clausuró el festival de Davos con un discurso apaciguador frente a los líderes empresariales del mundo. En esos días, recién cumplido su primer año de mandato, el dirigente norteamericano podía presumir de unos datos macroeconómicos tan positivos que no faltaron las glosas a su pericia empresarial, olvidando por una vez las alusiones a la herencia recibida. Ya sabemos que los dirigentes políticos sólo apelan a la herencia recibida en sus primeros años de mandato cuando les conviene transmitir que sus malos resultados no son culpa suya. En lo contrario, no hay herencia, se trata sólo de genialidad propia. Pero es incontestable que los números económicos de Trump ofrecen una buena expresión de que sus apuestas funcionan al corto plazo y ayudadas por un dólar débil fomentan el negocio, pese a las amenazas retóricas en defensa del aislamiento y el nacionalismo de mercado. La estética de Davos premia al triunfador, así que los expertos tuvieron que tragarse ese sapo.

Los medidores numéricos se han terminado imponiendo en la sociedad en todos los ámbitos. La puntuación deportiva ha sido adoptada como la única certera. Los que lo padecemos en el mundo cultural hace tiempo que hemos aceptado sin rechistar la dictadura de los premios. Los concursos son la forma de programa televisiva más aceptada, porque si no podemos saber quiénes son los ganadores para qué vamos a sentarnos delante de la pantalla. Y así, los títulos de ganadores y perdedores se reparten en cada sector sin espacio para el cuestionamiento. Estamos mal de la cabeza y hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que nos han metido en un bombo que no es el que tendría que ser, que podríamos vivir un poco al margen de tanta competición, que la vida es algo más que el podio de los medallistas, que el éxito tiene otras caras más interesantes que el fervor del triunfador.

Las mediciones numéricas han llegado no sólo a la economía, sino también a la educación y a la medicina, por ejemplo. Tanto es así que la lista de espera es más importante en la valoración de los servicios sanitarios que el trato, el acierto diagnóstico o la satisfacción ciudadana. Batir marcas, lograr récords también contabiliza en lo sanitario, en lo educativo. Ahora que insisten en convencernos de que la crisis económica ya ha pasado, uno no oye hablar más que del aumento del precio de los alquileres, de las matriculaciones de coches y del ascenso de los créditos hipotecarios. Pero hay signos evidentes de que no anda bien repartida la salida de la crisis, de que la alegría no es generalizada. Pasa algo así como con los datos del empleo obtenidos tras una reforma laboral que permite que los trabajadores rocen la pobreza y los contratos temporales se eternicen toda una vida. Pero en Davos sólo se aceptan las cuentas ganadoras. Entrar en honduras ya es más problemático y tampoco hay tiempo ni espacio en la era de los titulares con gancho y el «yo ya no leo los periódicos, tío».

Es importante que seamos capaces de variar los medidores de la salud económica de un país. Tenemos que entrar en otro territorio. Podríamos aprender a medir el número de personas que ascienden de escalón social gracias a los estudios. El margen de perpetuación de herencias millonarias o hegemonías financieras que se arrastran desde décadas o siglos atrás. Tenemos que medir la permeabilidad social y hasta el índice de curación del cáncer en función del poder adquisitivo del paciente. También los elementos que nos distinguen en el extranjero, desde presencia cultural hasta implantación de patentes. Tenemos que darle más valor al ingenio y la satisfacción, a la igualdad y el acceso a oportunidades y menos a los contadores macroeconómicos, a las agencias de calificación y a la planificación bancaria. Hay demostraciones de que se está perdiendo la calle, la interacción social, la pluralidad informativa y cultural. Es evidente que grandes corporaciones dominan de manera monopolística nuestra forma de vivir y provoca aberraciones como que la escucha de música, por ejemplo, se produzca en las peores condiciones de calidad técnica de los últimos cien años. Claro, los dominadores del termómetro han cambiado el criterio con el que se mide la fiebre. Y nos estamos quemando vivos.