Amor siniestro

Neutral corner

Ustedes habrían necesitado este artículo hace un par de semanas. Cuando corríamos riesgo de empacho romántico por el Día de los Enamorados. Me gusta rebajar la cursilería con historias del reverso tenebroso del 14 de febrero. La más socorrida es la Matanza del Día de San Valentín perpetrada por los pistoleros de Capone en el garaje de la banda de Moran.

Pero les traigo otra historia. Este 14 de febrero coincidió con el trigésimo aniversario del homicidio de Alicia Muñiz, que conmovió a la sociedad argentina y de hecho cambió por completo la percepción cultural acerca de los malos tratos a mujeres en su familia. Fue arrojada por un balcón en el balneario de Mar del Plata, la mayor ciudad de veraneo de la Argentina. La mató su marido, Carlos Monzón, el catorce veces campeón mundial del peso medio, un mito inconmensurable que completó así su propia decadencia entre impulsos violentos, cocaína, armas de fuego y una profunda nostalgia de sí mismo hecho un semidiós en el ring. Cuando Monzón vio a Muñiz estampada en el suelo, vestida con tan sólo unas bragas y con la pierna derecha quebrada y dislocada, saltó detrás de ella y se rompió un brazo. No porque quisiera morir también, sino porque así empezó a preparar la que sería su defensa, en la que alegó que cayeron juntos de forma accidental en el transcurso de un forcejeo.

Hay que entender quién fue Monzón. Porque en España hay que explicarlo. Nacido en Santa Fe en una pobreza que le dejó secuelas físicas, aindiado de rostro, se formó en la cantera del gimnasio del Luna Park de Tito Lectoure. Contemporáneo de Nicolino Locche y de Ringo Bonavena, alcanzó la consagración en el Palacio de los Deportes de Roma, donde derrotó al guapo Nino Benvenuti con un implacable recto de derecha que resume el despiadado instinto con el que Monzón salía al ring no ya a ganar, sino a destrozar a sus rivales como desbrozándolos a hachazos. Más allá de su coronación como campeón que lo sería aún después de catorce defensas triunfales, Monzón fue distinto porque fabricó un personaje social arrollador con el que enloquecieron ciudades como París y que se resume en el apodo que le adjudicó uno de sus mejores amigos obtenidos en la gloria, Alain Delon: Monzón era El Macho. Y lo fue hasta el punto de que, en cierta ocasión, invitada Ursula Andress a asistir a la inauguración de una discoteca en Buenos Aires, la diva agarró el micrófono y pidió que le trajeran al Macho. Por supuesto, Carlos Monzón fue entregado a Ursula Andress.

La amistad con Alain Delon fue tan profunda que el actor francés ejerció de promotor en el combate de Monzón contra Mantequilla Nápoles y levantó en un baldío de París una carpa de circo para albergarlo. Cortázar estuvo y filtró la noche vivida en dos cuentos. Delon fue también el único de los viejos amigos que lo visitó en el penal de Santa Fe donde Monzón cumplía condena y se sentó con los demás presos a beber ‘vino barato’ y a improvisar elogios de la hombría viril. Antes de eso, cuando Monzón aún era un Dios, lo aprovecharon como actor. En una de las primeras películas que rodó conoció a Susana Giménez, todavía hoy uno de los personajes más populares de la Argentina, con la que se casó y vivió en términos de pasión exacerbada a pesar de los celos siniestros y del afán posesivo de él, incompatibles con la vida social de una artista. Después de retirarse Monzón, cuando aumentaron sus demonios interiores, algo vio Giménez que la animó a separarse y por lo cual después diría de Alicia Muñiz: «Esta mujer ha muerto mi muerte, la que evité».

Susana Giménez estaba en directo en televisión el 8 de enero de 1995, cuando una noticia de última hora anunció la muerte de Carlos Monzón. Volvía a prisión después de un permiso. Había bebido durante un asado que le organizaron los amigos. Conducía con exceso de velocidad y sin cinturón. El cadáver, que salió despedido, estaba tendido en un cañaveral. Desnudo salvo por un short, quebrado, casi como el de Alicia Muñiz.