Ley de desmemoria histórica

Artículos de ocasión

Ha tenido que ser una anciana superviviente de los campos de concentración nazi la que agradeciera en audiencia pública los esfuerzos de Angela Merkel por gestionar de manera racional la llegada masiva a Europa de refugiados de la guerra siria. Después de aquellos rasgados de vestidura bastante tontos, cuando se veían fotos de niños muertos en las playas de acceso a nuestro continente, llegaron los dos últimos años de indiferencia y retroceso mental. Elección tras elección los garantes de las patrias, los nacionalismos más excluyentes han ido ganando posiciones. Países como Alemania y Austria han vivido el avance de los xenófobos con el corazón encogido. En otros lugares, como Polonia o Hungría, no parece haber tanta conciencia del peligro. Entre nosotros, todo es indiferencia. Pero lo más llamativo es cómo de manera casi mágica fuimos capaces de evadir las responsabilidades humanitarias con los refugiados. Algo que era una convención de derechos humanos que teníamos asumidas desde décadas atrás y a la primera crisis de alta intensidad todo se fue al garete.

Hace pocas semanas, el Gobierno polaco ha aprobado una ley en su Parlamento democrático por la cual penaliza al que acuse a Polonia de colaboración en el horror nazi. Se trata de una limpieza de expediente histórico muy parecida a la que están llevando a cabo todos los países con su pasado. Se trata de imponer la versión más edulcorada, que libera a su tradición de cualquier gesto incómodo o cualquier tendencia criminal. La primera añagaza del nacionalismo es convertir en idílica su historia, cuando todo el mundo sabe que ningún país está libre de páginas negras que conviene airear y tener siempre presentes para que no se repitan tan fácilmente como se repiten. Lo que han hecho los polacos no es demasiado distinto de lo que hacen los turcos con respecto al genocidio armenio. Aplicar la dureza de la ley para quien ponga en duda la limpieza del historial patrio. Se trata de quemar los mejores libros de Historia sin tocar una cerilla.

Los españoles sabemos mucho de la limpieza artificial de las culpas de la historia. De hecho, seguimos siendo víctimas de ese empeño por negarnos a enfrentar la tragedia propia, alambicados como estamos en sentimentalismos que justifican toda la pobreza mental de la política contemporánea. Cuando los franceses hicieron una ley que castigaba a quien negara el genocidio armenio, actuaron con la misma voluntad que quien convirtió en delito el negacionismo pronazi. Ya era triste que hubiera que legislarse para no falsear la historia y apechar con las culpas. Los dramas del colonialismo y los genocidios indígenas tienen que ser asumidos como páginas horribles del pasado de nuestros países y con ello no perjudicamos en nada nuestro futuro, sino todo lo contrario. Que la vida es compleja ya lo sabemos, que la justicia histórica es imposible, también, de lo que se trata es de establecer una verdad racional que nos sirva para mirar hacia delante con un mínimo de limpieza.

Parecen asuntos sin relevancia actual. Cualquier diría que desentenderse de la colaboración con el nazismo no tiene nada de preocupante para la política contemporánea polaca o española, por venir al caso. Al fin y al cabo, fue el propio Franco el que eliminó los ensalzamientos nazis de su película Raza cuando los aliados ganaron la Segunda Guerra Mundial. Pero sí, inciden de manera criminal sobre nuestro presente, porque nos insensibilizan contra los crímenes contra la humanidad que se están cometiendo hoy en día. Los más graves son la aceptación impávida de los crímenes de guerra y el rechazo al refugiado, que es la base de convivencia por la cual los países en paz se solidarizan con las poblaciones destrozadas por conflictos bélicos. El fracaso europeo para gestionar ese asunto tiene que ser una losa moral en los años venideros, destacando en letras mayúsculas el apoyo de una gran parte de la población a partidos xenófobos e hipernacionalistas, para que sepamos que los culpables están entre nosotros, como lo estuvieron en las grandes guerras y los grandes crímenes del pasado. Vamos hacia la repetición de errores por el camino más rápido, que no es otro que la negación de los crímenes del pasado. Ya nos están imponiendo la ley de desmemoria histórica.