‘Yo, Tonya’

Arenas movedizas

Hacía mucho tiempo que la contemplación de una película no me sacudía una corriente semejante a la descarga que provoca Yo, Tonya en algunos de sus espectadores, entre los que me encuentro. Todo tiene su explicación, supongo, y pretendo exponer el porqué.

He aclarado hasta la náusea que mi conocimiento del arte cinematográfico se limita a las sensaciones que me produce una película, dejando bien claro que no sé distinguir técnicamente las diferencias entre una cámara puesta aquí o allá. Pero sí entiendo acerca de lo que logra una narrativa concreta: implicarte o no en la historia que cuenta el director y que desarrollan los actores. Te emociona o no, te divierte o no, te indigna o no. Y esta película hace en positivo todo lo anterior.

Tonya Harding fue una notable patinadora sobre hielo, disciplina que, en principio, no me motiva hasta el punto de seguir determinadas vidas o trayectorias. Remotamente recordaba que en los noventa protagonizó un espinoso pasaje en el que se la acusaba de haber procurado un ataque sobre su principal competidora, otra norteamericana, monísima, de nombre Nancy Kerrigan, la cual resultó herida en el transcurso de unos campeonatos clasificatorios para los Juegos Olímpicos correspondientes. En resumen: una historia que, de por sí, no me producía más interés que el meramente anecdótico. Pero, ¡ay, amigo!, las cosas que pasan cuando las historias las toma, un buen director y un puñado de actores excepcionales. Yo, Tonya es una película sorprendente, eléctrica, conmovedora, divertida, insolente y magistral en la que cualquiera acaba tomando partido por el personaje de una mujer brusca, desgraciada y batalladora que sortea todo tipo de contratiempos vitales desde que nace hasta que pierde todo aquello por lo que estaba luchando.

Hija de una madre absolutamente perversa, Tonya es abandonada por su padre siendo una chiquilla. La inasequible madre –protagonizada con un primor estupefaciente por Alyson Jeannie– la vuelca en las pistas de patinaje hasta que esta consigue destacar merced a sus innegables condiciones. El maltrato al que la somete la individua –fascinante desde el punto de vista cinematográfico– se continúa con el que Tonya obtiene del imbécil con el que se casa, otra magnífica interpretación de Sebastian Stan, y de los reveses que la vida le va regalando en su carrera por consagrarse entre las mejores del mundo. Basta, ruda, enemiga de sí misma, Tonya luchaba contra los jueces y contra los elementos. Hasta que llegó a la cima y comprobó, para su horror, que es muy sencillo pasar de ser la más querida a la más odiada. Su historia es conocida: el marido y otro deficiente organizan un ataque sobre su rival y toda la trama es descubierta poco después de que Kerrigan sea atacada a golpes por un tercer estúpido. Harding cargó con las culpas y su carrera se acabó, no sin antes no triunfar en los últimos Juegos en los que participó. No les estoy destripando la película, conste, el relato es sobradamente conocido.

Después del par de horas ojiplático, absorbido por la deslumbrante técnica narrativa de Craig Gillespie, me he convertido en un absoluto fan de Tonya Harding. No digamos de la deslumbrante Margot Robbie, que está, sencillamente, descomunal. Me he convertido en un fan porque entiendo cómo fue el discurrir de una mujer que tuvo que comprobar cómo los criterios de la época querían princesas y no atletas musculadas y con una mala leche cósmica pareja a la que se gastaba. Desgraciada desde su origen, Tonya sobrevivió después de ser apartada de la competición con sólo veintitrés años dedicándose, entre otras cosas, a combates de boxeo. Kerrigan, que fue víctima pero continuó una carrera exitosa, encarnó las virtudes de la estrella querida y adorada por todo el país, mientras Harding, víctima de la excrecencia que la rodeaba, entendió lo que es caer a los infiernos. Esta excelente película –que buena parte de la crítica no entiende cómo no estuvo entre las elegidas para el premio final de los Oscar– puede haber hecho justicia tardía con la protagonista. Es posible que Tonya sea vista con otros ojos, cosa que merece: la fuerza del cine, de una buena historia bien narrada, hace que algunas cosas sean vistas de otra manera y que quienes fueron villanos en su día puedan ser entendidos en su compleja humanidad.

Vayan a verla.