El jefe y el francés

Neutral corner

Hay en el Cantábrico un pueblito portuario, atractivo para los veraneantes, donde pervive la leyenda de la existencia de un fantasma. Los que lo avistan por primera vez suelen llamar a la Guardia Civil o a la zódiac de la Cruz Roja porque lo confunden con un bañista en apuros. Los socorristas y los guardias saben que a esa llamada no deben acudir. Porque se trata del fantasma, del muerto que no sabe que lo es. Haga sol o llueva, una vez al año sale de entre los roquedales que desnuda la marea baja, donde nadie lo vio llegar, y trata de alcanzar a nado el puerto, conocido por las dificultades que sus corrientes imponen a los pesqueros en las maniobras. Jamás lo consigue. Se queda inmóvil, contemplando con lástima la bocana, y se abate sobre él una ola después de la cual ya no está. Viene siendo así desde el verano de 1968.

Conocí la historia por un veraneante que no comprendió la desidia de los rescatadores y se presentó en el cuartelillo para protestar. Lo atendió un sargento que debía de estar aburrido y encontró grata la posibilidad de servir dos mistelas y conversar. El sargento, ya veterano, le dijo al veraneante que su propio padre servía en ese mismo cuartelillo en 1968, cuando todo ocurrió.

Ese año, la llegada a la playa de tres muchachas extranjeras con ropas de baño escasas de tela para lo que era la costumbre norteña agravó si cabe una rivalidad que ya era tradicional en los veraneos: la pandilla de Madrid contra la pandilla de franceses. Esa rivalidad solía solventarse con pachangas de fútbol en la playa y algunos puñetazos en las verbenas y a la salida de los bailes. Pero las tres muchachas lo pusieron peor porque encima fueron conscientes tanto del efecto que causaban como del antagonismo de las pandillas y ofrecieron la posibilidad de llevarlas al baile del club de golf como recompensa para quien lograra ganar algún tipo de competición. Se decidió que la justa sería a nado: un recorrido realmente esforzado y peligroso desde el cabo opuesto de la bahía hasta el puerto. Ganaría, en nombre de todo su grupo, el primero que agarrara un pañuelo que sostendría una de las muchachas en el muelle.

Antes de saltar al agua, los chicos se untaron alquitrán y se pegaron plásticos porque tenían la extraña creencia de que ello los preservaría del frío. Las miradas eran terribles. La travesía, también. Muchos renunciaron o quedaron atrás y fueron rescatados por el bote del Treju, un pescador famoso porque en sus ratos libres patrullaba las aguas y salvaba bañistas comprometidos: entonces no había zódiacs ni socorristas profesionales. Cerca ya del puerto, iba algo destacado el jefecito de los españoles, un chaval que se las gastaba de pichi y gustaba de pelear. Se veía ganador cuando, de repente, de entre los roquedales salió un francés, el más guapo y pimpollo de todos ellos, que nadó a crawl fresco y elegante como un delfín los últimos metros de la carrera. Se hizo con donosura con el pañuelo y, por añadidura, con las tres beldades para el baile. Mientras trepaba al muelle con las piernas sangrantes por las rozaduras, el jefecito español le clavó una mirada que ni las de El empecinado al gabacho.

Por la noche, los españoles se escondieron fuera del golf y esperaron a que el pimpollo francés saliera a fumar. Lo raptaron. Lo llevaron al cabo. Lo tiraron al mar para que nadara de una punta a otra de la bahía, la distancia que les había escamoteado. Sin darle cuartel ni aun cuando tosía, los chicos lo seguían en un bote, bebiendo whisky directamente de la botella. No le faltaba tanto al francés cuando se doblegó a las flaquezas, estragada su galanura por el miedo y las heridas, y miró al jefecito con resignación cuando comprendió que la siguiente ola lo mataría.

El cadáver nunca apareció. Como los chicos de Madrid eran unos señoritos, se ordenó a la Guardia Civil que tampoco se pusiera muy estricta. Todos los años, un hombre espera al francés donde antaño estuvo la muchacha del pañuelo. Se puso gordo y viejo, el jefecito.