El mejor jugador del mundo

Palabrería

Oráculo. Eres el mejor jugador del mundo. Eres el mejor jugador de la Vía Láctea. Eres el mejor jugador más allá de Andrómeda. Barbaridades de ese estilo se las decían a diario, las escribían a diario, las radiaban a diario, las televisaban a diario. La primera vez, cuando aún era chico, le hizo ilusión: alguien leyó el futuro en sus piernas y regates. Escuchar el elogio lo impulsó a salir con el ruido del trueno y el fulgor del rayo al campo de aquel club pobre donde la hierba raleaba y los topos asomaban la cabeza. Lo dijo un utillero jubilado mientras movía el palillo entre los dientes imaginando un rondo. Lo comentó para sí mismo, a media voz, ensartando la frase en el palillo: «Este chaval será el mejor jugador del mundo». Él se sabía bueno, lideraba el equipo, hacía esa clase de jugadas que solo aparecen en los sueños, pero jamás nadie –ni siquiera sus padres y hermanos mayores, que manifestaban una moderada visión anticipatoria– lo había ensalzado con el sintagma que años después tanto le pesaría. Al entrar en el campo, escuchó al viejo utillero mover el palillo y hablar para sí mismo como un oráculo y pisó la desgastada raya blanca como si se tratara de la frontera con el Olimpo.

Macaco. Durante los días de entrenamiento, siendo ya un deportista consagrado, antes de que las competiciones llegaran al tramo final, que era cuando se chiflaban las aficiones, era capaz de aislarse de las hipérboles, concentrarse en los ejercicios y chutar el balón con la inocencia de los primeros días. Después, si tenían bien encarada la Liga o la Champions y se acercaba el momento de beber de ambas copas, la enajenación se generalizaba y los hinchas con carnet de periodistas –en ninguna otra sección se permitían tanta parcialidad– avergonzaban al mundo con un comportamiento de macacos en celo. Eres el mejor jugador del mundo. Eres el mejor jugador de la Vía Láctea. Eres el mejor jugador más allá de Andrómeda. Si ese año, además, había mundial, lo comparaban con Dios, no con Jesucristo ni con un apóstol ni con un santo, sino con el mismísimo Dios, el creador de la pelota-mundo. Por fortuna no era creyente, pues habría temido la furia del Creador por usurpación.

Acúfeno. Al inicio del sonsonete pensó que no le afectaría, que sería capaz de vivir con el fragor disfrazado de alabanza. Aunque, tal como le dijo un sabio del club, era como los acúfenos, ese ruido en el oído, incurable, y con el que hay que aprender a vivir. La pregunta que le atormentaba era: «¿Qué espera la gente de mí?». De ese Dios al que debía suplantar, la salvación eterna. ¿Y de un jugador de fútbol que sanaba menos que un curandero? Nada. Diversión y poco más. Se consideraba un as del entretenimiento, capaz de mover las masas al ritmo de los talones. No comprendía la dimensión mística de algo que se hacía con los pies.

Panegirista. Cuando con la ayuda de la acupuntura, la meditación y los filetes rebozados de la infancia logró que esa idea no se le clavara en el cuerpo, recuperó la felicidad que tenía cuando jugaba en el campo de topos. Otros dioses menores se le acercaban, según el juicio de algunos especialistas, pero ninguno irradiaba el calor del Sol, al decir de otro de sus panegiristas. Sol, Dios, extraterrestre: todas las comparaciones se referían a algún ser solitario que habitaba el vacío espacial. El reinado duró años, se casó, tuvo un hijo al que no llamó Cristo, a pesar de las presiones del entorno.

Esférico. El día en el que dejó de comprender el balón y sus órbitas se retiró. Le asombró que, tras la pérdida del esférico, también se le escapó el control del cuerpo, con la consecuencia de que el atleta dejó pasó a la albóndiga. Pronto alguien lo sucedió en la galaxia y otro futbolista de una gran competición fue coreado como el mejor del mundo, la Vía Láctea, incluso de Andrómeda. Entonces se acordó de que era Dios y de que ningún mortal iba a disputarle el título.